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viernes, 16 de marzo de 2012

Wikileaks, epílogo. Por Bill Keller

Esta parece ser la venganza de Julian Assange: todos los que riñen con la estrella de las filtraciones están condenados a pasar la eternidad debatiendo el significado cósmico de Wikileaks. En mi calidad de director de The New York Times durante la publicación de numerosos artículos basados en el tesoro de secretos militares y diplomáticos, y por ser el afortunado a quien el fundador de Wikileaks designó como su Periodista Menos Preferido, he participado en media docena de mesas redondas y he declinado, al menos, otras tantas. No puedo quejarme de la que se celebró en Madrid, donde, después de hablar un buen rato en un auditorio lleno a rebosar, los directores estadounidense, británico, alemán, francés y español que habíamos dado las noticias basadas en Wikileaks conmemoramos la colaboración con una visita al Museo del Prado después del horario normal y una comida de 27 platos cocinada por el maestro de cocineros Ferrán Adriá (si Europa está muriéndose, pienso ir a España a celebrar el funeral).

Inolvidable también, en otro sentido, fue la retrospectiva en Berkeley, donde el propio Assange, que se encontraba, igual que hoy, en Inglaterra a la espera de conocer la decisión sobre su extradición, intervino a través de Skype en una pantalla gigante, como el gran Mago de Oz, para pontificar sobre la incompetencia de los medios de comunicación occidentales que no habían sido capaces de convertir los documentos en una especie de juicio de Nuremberg del imperialismo norteamericano. La mitad del público parecía a punto de tirar su ropa interior a la pantalla.

A eso hay que añadir los tres o cuatro documentales sobre la aventura de Wikileaks, la docena de libros —incluida, extrañamente, la autobiografía no autorizada de Assange— y un par de posibles proyectos en Hollywood, en los que tengo doble interés (1. la ligerísima posibilidad de que pueda cobrar algo de dinero por el pequeño trozo de la historia que me corresponde, y 2. la remotísima probabilidad de que un director acepte la brillante idea de mi esposa de que Tilda Swinton encarne a Assange).

Es asombroso que sigan invitándome a estas cosas, porque soy un poco aguafiestas. Mi respuesta habitual a la solemne pregunta de si WikiLeaks ha transformado nuestro mundo y cómo es: la verdad, no demasiado. Fue una historia fantástica y un increíble proyecto de colaboración, pero no fue el preludio, como les gustaría creer a los documentalistas, de una nueva era digital de transparencia. Es más, si ha tenido una consecuencia general, es más bien la contraria.

Dado que no parece que el tema vaya a desaparecer por ahora --el próximo mes se estrenará otro melodramático documental más sobre nuestra aventura con WikiLeaks en el festival South by Southwest--, he decidido examinar qué repercusiones quedan aún de la que tal vez haya sido la mayor cascada de secretos al descubierto en la historia de Estados Unidos. Assange, que dio a un puñado de periodistas acceso a los datos robados, se ha mudado de la mansión rural de un partidario a una vivienda mucho más modesta mientras combate el intento de extraditarle a Suecia por las acusaciones de delitos sexuales. Al parecer, en Estados Unidos, un gran jurado está todavía debatiendo la posibilidad de procesarle por su papel en las filtraciones. Llevó a cabo muchas horas de entrevistas para una autobiografía, pero luego se retiró del proyecto; sin embargo, su editor --con el espíritu anarquista propio de WikiLeaks-- la publicó pese a sus objeciones. (Por supuesto, no con ánimo de lucro. Ocupa el número 1.288.313 en la lista de libros más vendidos de Amazon.)

El último proyecto de Assange, anunciado el mes pasado, es un programa de entrevistas en televisión en el que hablará con "iconoclastas, visionarios y conocedores del poder". Eso dice la orgullosa cadena que ha comprado de su serie, RT (antes Russia Today), el brazo propagandístico en inglés del Kremlin y guardián del culto a Putin. No es broma.

Aparte de la televisión del Kremlin, Assange ha pasado de ser famoso a ser una celebridad de segunda categoría: no es lo suficientemente estrella para presentar un programa de Saturday Night Live, pero sí tuvo un cameo en el episodio del domingo de Los Simpson. Bart: "¿Cómo le va, señor Assange?" Julian: "Esa es información personal, y no tienes derecho a conocerla". ¡Tadá!

Está previsto que el soldado del ejército acusado de divulgar 750.000 documentos secretos a WikiLeaks, Bradley Manning --al que, al principio, mantuvieron preso en unas condiciones tan inhumanas que el portavoz del Departamento de Estado dimitió como protesta--, sea procesado el jueves por unos cargos que podrían implicar cadena perpetua. Sin disculpar su supuesto delito, es evidente que el verdadero pecado original de todo este drama es que esta alma atormentada tuviera acceso a tantos secretos.

Lo que no podemos saber con certeza es la suerte de los numerosos informadores, disidentes, activistas y testigos inocentes que aparecen mencionados en los cables estadounidenses. Assange publicó nombres de fuentes pese a las enérgicas protestas de los periodistas que habían tenido acceso a los datos (tuvimos cuidado de borrar los nombres en nuestros artículos) y para horror de los grupos de derechos humanos y algunos de sus colegas en WikiLeaks. Me han contado que algunos de los que quedaron expuestos huyeron de sus respectivos países con ayuda de Estados Unidos y a otros los detuvieron, y no se sabe que mataran a ninguno. ¿Pero acaso lo sabríamos? Cuando leo historias como la de Reuters de la semana pasada sobre los tres hombres decapitados en Yemen por dar informaciones a estadounidenses, no puedo evitar volver a preocuparme por los testigos inocentes que aparecían en los cables.

La publicación de tantas confidencias e indiscreciones no dio al traste con la política exterior de Estados Unidos. Pero sí complicó, al menos temporalmente, las vidas de los diplomáticos estadounidenses. Los funcionarios norteamericanos dicen que, ahora, sus homólogos de otros países se resisten más a hablar con franqueza, y que es más difícil contratar y retener a informadores en todo el mundo. Como materia prima para periodistas, el alijo de secretos ha tenido una vida larga y espléndida. Hace 10 meses que The Times, The Guardian, Der Spiegel y los demás socios del proyecto publicaron sus últimos extractos, Y todavía aparecen a diario, en algún lugar del mundo, historias basadas en los documentos, bien porque los medios locales se enteran ahora de algún escándalo que no había llamado la atención de los grandes periódicos o porque nuevos sucesos arrojan una luz más interesante sobre ciertos cables.

Los informes del Departamento de Estado sobre las vidas disolutas de los dictadores de Oriente Próximo contribuyeron a alimentar el fuego de las revueltas de la Primavera Árabe. Pero la idea de que se iban a abrir las compuertas e iba a producirse una gran inundación ha resultado completamente equivocada. Inmediatamente después de la brecha, varios medios (incluido The Times) pensaron en crear buzones seguros en internet para posibles filtraciones, imaginando que iban a surgir nuevos Gargantas Profundas de la era digital.

Pero parece evidente que la filtración de WikiLeaks fue un acontecimiento único, y que ahora resulta más difícil que nunca acceder incluso a filtraciones más pequeñas. Steven Aftergood, encargado de supervisar todo lo relacionado con la de seguridad para la Federación de Científicos Americanos, ha dicho que, desde WikiLeaks, el Gobierno ha elevado la "amenaza de las fuentes internas" a la categoría de prioridad y ha restringido el acceso al material clasificado. A instancias de un Congreso indignado, los servicios de inteligencia están trabajando en un programa de auditoría electrónica que, de funcionar, haría mucho más difícil la transferencia de secretos y mucho más fácil perseguir a quien la hiciera. "Se ha prestado mucha atención a WikiLeaks y sus pintorescos propietarios", me dice Aftergood. "Pero lo importante no son los que publican las informaciones, sino las fuentes. Y no hay muchas fuentes tan prolíficas ni tan temerarias como presuntamente lo fue Bradley Manning". No es extraño. El Gobierno de Obama ha sido mucho más agresivo que sus predecesores a la hora de perseguir y castigar a los autores de filtraciones. El caso más reciente, la detención el mes pasado de John Kiriakou, un antiguo agente de la CIA especializado en cazar terroristas, y acusado de decir a los periodistas los nombres de los colegas que participaron en la tortura con agua de sospechosos de Al Qaeda, es sintomático de la actitud al respecto. Es la sexta ocasión en que este Gobierno investiga a un funcionario por revelar secretos a los medios de comunicación, más que todos los presidente anteriores juntos.

El mensaje es escalofriante tanto para los que tienen la responsabilidad de guardar secretos legítimos como para los que piensen en hacer denuncias o los funcionarios que pretendan hacer saber a la población si nuestra seguridad nacional está o no protegida. Esta es la paradoja que, hasta ahora, los documentales han pasado por alto: el legado más tangible de la campaña de WikiLeaks para lograr más transparencia es que el Gobierno de Estados Unidos se ha vuelto más hermético que nunca.





Fuente: ElPais.com
Autor: Bill Keller (EEUU, 1949-) periodista ganador del Premio Pulitzer (1989). Fue Director (Executive Editor) de The New York Times entre julio de 2003 y septiembre de 2011.
Traducción: María Luisa Rodríguez Tapia






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miércoles, 25 de enero de 2012

Los peligros de 2012. Por Joseph E. Stiglitz

El año 2011 será recordado como la época en que muchos estadounidenses que siempre habían sido optimistas comenzaron a renunciar a la esperanza. El presidente John F. Kennedy dijo una vez que la marea alta eleva todos los botes. Pero ahora, con la marea baja, los estadounidenses no solo comienzan a ver que quienes tienen mástiles más altos han sido elevados mucho más, sino que muchos de los botes más pequeños han sido destrozados por el agua.

En ese breve momento en que la marea creciente estaba, efectivamente, subiendo, millones de personas creyeron que tenían buenas probabilidades de cumplir su "sueño americano". Ahora también esos sueños están retirándose. En 2011, los ahorros de quienes habían perdido sus empleos en 2008 o 2009 ya se habían gastado. El seguro de desempleo se había terminado. Los titulares que anunciaban nuevas contrataciones -aún insuficientes para incorporar a quienes habitualmente se suman a la fuerza laboral- significaban poco para cincuentones con pocas ilusiones de volver a tener un empleo.

De hecho, las personas de mediana edad que pensaron que estarían desempleadas por unos pocos meses se han dado cuenta a esta altura de que, en realidad, fueron jubiladas a la fuerza. Los jóvenes graduados universitarios con decenas de miles de dólares de deuda en créditos educativos no podían encontrar ningún empleo. La gente se mudó a las casas de sus amigos y los parientes se han convertido en sin techo. Las casas compradas durante la burbuja inmobiliaria aún están en el mercado, o han sido vendidas con pérdidas. Más de siete millones de familias estadounidenses han perdido sus hogares.

El oscuro punto vulnerable de la burbuja financiera de las décadas anteriores también ha quedado completamente expuesto en Europa. Los titubeos por Grecia y la devoción de los Gobiernos nacionales por la austeridad comenzaron a implicar una pesada carga el año pasado. Italia se contagió. El desempleo español, que se había mantenido cerca del 20% desde el comienzo de la recesión, trepó aún más. Lo impensable -el fin del euro- comenzó a verse como una posibilidad real.

Este año parece encaminado a ser aún peor. Es posible, por supuesto, que Estados Unidos solucione sus problemas políticos y adopte finalmente las medidas de estímulo que necesita para reducir el desempleo al 6% o al 7% (el nivel previo a la crisis del 4% o el 5% es demasiado pedir). Pero esto es tan poco probable como que Europa se dé cuenta de que la austeridad por sí misma no resolverá sus problemas. Por el contrario, la austeridad solo exacerbará la desaceleración económica. Sin crecimiento, la crisis de la deuda -y la crisis del euro- solo empeorará. Y la larga crisis que comenzó con el colapso de la burbuja inmobiliaria en 2007 y la recesión que la siguió continuarán.

Además, es posible que los países con los mercados emergentes más importantes, que capearon exitosamente las tormentas de 2008 y 2009, no sobrelleven tan bien los problemas que se perciben en el horizonte. El crecimiento brasileño ya se ha detenido, y eso genera ansiedad entre sus vecinos latinoamericanos.

Mientras tanto, los problemas de largo plazo -incluidos el cambio climático y otras amenazas ambientales, y la creciente desigualdad en la mayoría de los países del mundo- continúan allí. Algunos, incluso, han empeorado. Por ejemplo, el alto desempleo ha deprimido los salarios y aumentado la pobreza.

La buena noticia es que solucionar estos problemas de largo plazo ayudaría a resolver los de corto plazo. Una mayor inversión para adaptar la economía al calentamiento global ayudaría a estimular la actividad económica, el crecimiento y la creación de empleo. Impuestos más progresivos, que redistribuyan desde los ingresos altos hacia los medios y bajos, simultáneamente, reducirían la desigualdad y aumentarían el empleo al impulsar la demanda total. Los impuestos más elevados a los ricos podrían generar ingresos para financiar la necesaria inversión pública, y proporcionar cierta protección social para quienes menos tienen, incluidos los desempleados.

Incluso, sin ampliar el déficit fiscal, esos aumentos de "presupuesto equilibrado" en los impuestos y el gasto reducirían el desempleo y aumentarían el producto. Lo que preocupa, sin embargo, es que la política y la ideología en ambos lados del Atlántico, pero especialmente en Estados Unidos, no permitirá que nada de esto ocurra. La fijación en el déficit inducirá recortes en el gasto social, empeorando la desigualdad. De igual manera, la persistente atracción hacia la economía de oferta, a pesar de toda la evidencia en su contra (especialmente en periodos de alto desempleo), evitará que se aumenten los impuestos a quienes más tienen.

Incluso, antes de la crisis hubo un reordenamiento del poder económico -de hecho, una corrección de una anomalía con 200 años de historia, en la que la participación asiática del PIB global cayó desde cerca del 50% hasta, en cierto punto, menos del 10%-. El compromiso pragmático con el crecimiento que se percibe actualmente en Asia y en otros mercados emergentes destaca frente a las equivocadas políticas occidentales, que, impulsadas por una combinación de ideología e intereses creados, parecen casi reflejar un compromiso para evitar el crecimiento.

Como resultado, la reestructuración económica global probablemente se acelere. Y casi inevitablemente dará lugar a tensiones políticas. Con todos los problemas que enfrenta la economía global, seremos afortunados si estas presiones no comienzan a manifestarse dentro de los próximos 12 meses.






Fuente: ElPais.com / Project Syndicate, 2012.
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001. Autor de Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial.
Traducción: Leopoldo Gurman.
Fotografía: Montaje Menesez Filipov / Ojo Adventista






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jueves, 12 de enero de 2012

Matar al euro. Por Paul Krugman

¿Se puede salvar al euro? No hace mucho, nos decían que el peor desenlace posible era una suspensión de pagos de Grecia. Ahora parece muy probable un desastre mucho más extendido.

Es cierto que la presión en los mercados se relajó un poco el miércoles después de que los bancos centrales hicieran el sensacional anuncio de una ampliación de las líneas de crédito (lo cual, a efectos prácticos, apenas supondrá una diferencia). Pero hasta los optimistas ven ahora que Europa se encamina hacia la recesión, mientras que los pesimistas advierten de que el euro podría convertirse en el epicentro de otra crisis financiera mundial.

¿Cómo se han torcido tanto las cosas? La respuesta que oímos todo el tiempo es que la crisis del euro fue provocada por la irresponsabilidad fiscal. Enciendan el televisor y muy probablemente encontrarán a algún lumbreras declarando que si Estados Unidos no recorta el gasto terminará como Grecia. ¡Greeeeeecia!

Pero lo cierto es casi lo opuesto. Aunque los líderes europeos siguen insistiendo en que el problema es un gasto demasiado elevado en las naciones deudoras, el auténtico problema es un gasto demasiado reducido en Europa en su conjunto. Y sus intentos de arreglar las cosas exigiendo una austeridad cada vez más severa han desempeñado un papel decisivo para empeorar la situación.

La historia hasta el momento: en los años que precedieron a la crisis de 2008, Europa, al igual que Estados Unidos, tenía un sistema bancario fuera de control y una deuda que aumentaba a toda velocidad. Sin embargo, en el caso de Europa, gran parte de los préstamos eran transfronterizos, ya que los fondos de Alemania fluían hacia el sur de Europa. Estos préstamos se consideraban de bajo riesgo. Todos los receptores estaban en el euro, así que, ¿qué podía ir mal?

La mayoría de estos préstamos, por cierto, fueron a parar al sector privado, no a los Gobiernos. Solo Grecia registraba grandes déficits presupuestarios durante los años de vacas gordas; España tenía de hecho un superávit justo antes de la crisis.

Entonces la burbuja estalló. El gasto privado en las naciones deudoras cayó drásticamente. Y la pregunta que los líderes europeos deberían haber estado haciendo era cómo mantener esos recortes del gasto sin causar una recesión en toda Europa.

En lugar de ello, sin embargo, respondieron al inevitable aumento del déficit, impulsado por la recesión, exigiendo que todos los Gobiernos -no solo los de las naciones deudoras- recortaran el gasto y aumentaran los impuestos. Desestimaban las advertencias de que esto profundizaría la recesión. "La idea de que las medidas de austeridad pueden provocar un estancamiento es errónea", declaraba Jean-Claude Trichet, en aquel entonces presidente del Banco Central Europeo. ¿Por qué? Porque "las políticas que inspiran confianza impulsarán la recuperación económica, no la obstaculizarán".

Pero el hada de la confianza no se presentó.

Y esperen, hay más. Durante los años del dinero fácil, los salarios y los precios en el sur de Europa aumentaron mucho más deprisa que en el norte de Europa. Esta divergencia debe corregirse ahora, bien mediante una bajada de los precios en el sur o mediante una subida de los precios en el norte. Y no da igual cuál de las dos: si el sur de Europa se ve obligado a recuperar la competitividad a través de la deflación, pagará un alto precio con el empleo y empeorará su problema de deuda. Las posibilidades de éxito serían mucho mayores si el desfase se corrigiera mediante un aumento de los precios en el norte.

Pero para corregir el desfase mediante un aumento de los precios en el norte, los responsables políticos tendrían que aceptar temporalmente una inflación más alta para la eurozona en su conjunto. Y ya han dejado claro que no piensan hacerlo. De hecho, el pasado abril, el Banco Central Europeo empezó a aumentar los tipos de interés, a pesar de que para la mayoría de los observadores era evidente que la inflación subyacente era, en todo caso, demasiado baja.

Y probablemente no sea una coincidencia que abril fuera también el mes en que la crisis del euro entró en una nueva fase, más grave. Olvídense de Grecia, cuya economía tiene para Europa aproximadamente la misma importancia que la de Miami para Estados Unidos. A estas alturas, los mercados han perdido fe en el euro en su conjunto, lo cual ha hecho que los tipos de interés suban todavía más para países como Austria y Finlandia, que no se distinguen precisamente por ser derrochadores. Y no es difícil ver por qué. La combinación de austeridad para todos y un banco central enfermizamente obsesionado con la inflación hace que sea básicamente imposible para los países endeudados escapar de la trampa de la deuda y, por consiguiente, es la fórmula para multiplicar las suspensiones de pagos, los pánicos bancarios y el desplome financiero.

Espero, por nuestro bien y por el de los europeos, que estos cambien de rumbo antes de que sea demasiado tarde. Pero, para ser sincero, no creo que vayan a hacerlo. De hecho, es mucho más probable que Estados Unidos les siga por el camino hacia la ruina.

Y es que en Estados Unidos, al igual que en Europa, la economía se ve debilitada por deudores en apuros (en nuestro caso, los propietarios de viviendas fundamentalmente). Y en Estados Unidos también necesitamos desesperadamente políticas fiscales y monetarias expansionistas para sostener la economía mientras estos deudores tratan de recuperar la salud financiera. Así y todo, al igual que en Europa, la retórica pública está dominada por los cascarrabias del déficit y los obsesos de la inflación.

De modo que la próxima vez que oigan a alguien afirmar que si no recortamos el gasto nos convertiremos en Grecia, su respuesta debería ser que si en efecto recortamos el gasto mientras la economía sigue deprimida, nos convertiremos en Europa. De hecho, ya llevamos hecha gran parte del camino.






Fuente: ElPais.com
Autor: Paul Krugman (EEUU, 1953-) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Actualmente profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times.
Traducción: News Clips






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domingo, 8 de enero de 2012

¿Estallará China? Por Paul Krugman

Plantéense el siguiente panorama: últimamente, el crecimiento se ha basado en un fuerte auge de la construcción, impulsado por una escalada de los precios inmobiliarios, y muestra todos los signos clásicos de una burbuja. El crédito ha crecido rápidamente, pero gran parte de ese crecimiento no ha venido a través de la banca tradicional, sino más bien a través de una banca en la sombra, no regulada, que no está sometida a la supervisión del Gobierno ni está apoyada por avales oficiales. Ahora, la burbuja se está pinchando, y hay verdaderas razones para temer una crisis financiera y económica.

¿Estoy describiendo Japón a finales de la década de 1980? ¿O estoy describiendo EE UU en 2007? Podría ser. Pero ahora estoy hablando de China, que asoma como otro punto de peligro en una economía mundial que verdaderamente no lo necesita en estos momentos.

He sido reacio a criticar la situación china, en parte porque es muy difícil saber qué está pasando verdaderamente. Lo mejor es considerar todas las estadísticas económicas como una forma particularmente aburrida de ciencia-ficción, pero las cifras de China son más ficticias que la mayoría. Recurriría a verdaderos expertos en China para que me orienten, pero no parece que haya dos expertos que cuenten la misma historia.

Aun así, incluso los datos oficiales son inquietantes, y las últimas noticias son suficientemente dramáticas como para disparar las alarmas.

Lo que más llama la atención sobre la economía china a lo largo de la última década es la forma en que el consumo de las familias, a pesar de ir en aumento, iba a la zaga del crecimiento general. En estos momentos, el gasto del consumidor apenas representa el 35% del PIB (aproximadamente, la mitad del nivel de EE UU).

Entonces, ¿quién está comprando los bienes y servicios que produce China? Parte de la respuesta es, bueno, nosotros: a medida que la parte de la economía que corresponde al consumidor se reducía, China empezó a depender más de los superávits comerciales para mantener a flote la fabricación. Pero lo más importante desde el punto de vista de China es el gasto de inversión, que se ha disparado hasta alcanzar casi la mitad del PIB.

La pregunta evidente es qué ha motivado toda esa inversión, teniendo en cuenta que la demanda del consumidor es relativamente débil. Y la respuesta, en buena medida, es que dependía de una burbuja inmobiliaria que no paraba de inflarse. La inversión inmobiliaria como porcentaje del PIB se ha duplicado, aproximadamente, desde 2000, lo cual representa directamente más de la mitad del aumento total de la inversión. Y seguramente gran parte del resto del aumento corresponde a empresas que se han ampliado para vender al próspero sector de la construcción.

¿Tenemos la certeza de que hay una burbuja inmobiliaria? Muestra todos los signos: no solo los precios en aumento, sino también la clase de fiebre especulativa que todos conocemos bien por nuestra propia experiencia hace solo unos años; piensen en la zona costera de Florida.

Y existe otra similitud con la experiencia de EE UU: a medida que el crédito se expandía, gran parte de él procedía no de los bancos, sino de un sistema de banca en la sombra sin supervisión ni protección. Hay grandes diferencias en cuanto a los detalles: la banca en la sombra al estilo americano tendía a implicar a prestigiosas empresas de Wall Street e instrumentos financieros complejos, mientras que la versión china tiende a extenderse mediante bancos clandestinos e incluso casas de empeño. Pero las consecuencias son similares: en China, como en EE UU hace unos años, el sistema financiero puede ser mucho más vulnerable de lo que revelan los datos sobre la banca convencional.

Ahora es evidente que la burbuja está pinchándose. ¿Cuánto daño hará a la economía china y al mundo?

Algunos analistas dicen que no nos preocupemos, que China tiene líderes fuertes e inteligentes que harán lo que sea necesario para hacer frente a una recesión. La idea implícita, aunque no se suela expresar, es que China puede hacer lo que haga falta, porque no tiene que preocuparse de exquisiteces democráticas.

Sin embargo, a mí me parece que del dicho al hecho hay mucho trecho. Después de todo, recuerdo muy bien haber oído declaraciones similares sobre Japón en la década de los ochenta, cuando los brillantes burócratas del Ministerio de Finanzas, supuestamente, tenían todo bajo control. Y más tarde oímos afirmaciones de que EE UU no repetiría jamás los errores que llevaron a la década perdida de Japón, cuando, en realidad, estamos haciéndolo incluso peor que Japón.

Por si sirve de algo, las declaraciones sobre la política económica de las autoridades chinas no me parecen especialmente lúcidas. En concreto, la forma en que China ha estado agrediendo a los extranjeros -entre otras cosas, imponiendo una tarifa punitiva a las importaciones de automóviles fabricados en EE UU que no va a hacer nada para ayudar a su economía, pero que servirá para envenenar las relaciones comerciales- no es propia de un Gobierno maduro que sabe lo que hace.

Y los casos de los que se tiene conocimiento dan a entender que aunque el Gobierno de China no esté constreñido por el Estado de derecho, sí lo está por la omnipresente corrupción, que significa que lo que sucede de hecho en el plano local puede tener poco que ver con lo que se ordena en Pekín.

Ojalá esté siendo innecesariamente alarmista. Pero es imposible no preocuparse: la historia de China se parece demasiado a las crisis que ya hemos visto en otros sitios. Y una economía mundial que ya padece el desastre en Europa, verdaderamente no necesita un nuevo epicentro de crisis.






Fuente: ElPais.com
Autor: Paul Krugman (EEUU, 1953-) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Actualmente profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times.
Traducción: News Clips






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domingo, 4 de diciembre de 2011

La larga vida del dólar. Por Sanjeev Sanyal

La actual crisis económica y los constantes déficits de los Estados Unidos hacen que cada vez más se ponga en duda el papel del dólar como divisa de referencia mundial. Las medidas que se han hecho recientemente para internacionalizar el renminbi chino han conducido a una anticipación del cambio inminente en el sistema monetario global. Muchos economistas destacados, incluidos los miembros de un panel de las Naciones Unidas, que encabeza el economista galardonado con el Premio Nobel, Joseph Stiglitz, están aconsejando un “sistema mundial de reservas” para sustituir la hegemonía del dólar. Sin embargo, la larga historia de divisas de referencia globales sugiere que los días del dólar como moneda líder no van acabar pronto.

En tiempos antiguos, India tuvo un gran superávit comercial con el imperio romano. Como escribió Plinio en el Siglo I, “No hubo un solo año en el que India no se llevara de Roma 50 millones de sestercios.” Ese desequilibrio comercial implicaba una fuga constante de moneda de plata y oro, lo que provocó escasez de estos metales en Roma. En vocabulario moderno, los romanos se enfrentaron a una restricción monetaria.

Roma respondió reduciendo el contenido de plata y oro (el antiguo equivalente de la monetización), que condujo a una inflación sostenida en el imperio. Sin embargo, el descubrimiento frecuente de monedas romanas en la India sugiere que la moneda romana se siguió aceptando internacionalmente mucho tiempo después de que resultara obvio que su contenido de oro o plata había disminuido.

En el siglo XVI, España emergió como superpotencia tras su conquista de América del Sur. Entre 1501 y 1600, 17 millones de kilogramos de plata pura y 181,000 kilogramos de oro puro salieron de América Latina hacia España, que gastó el dinero en guerras con los Países Bajos y otros lugares. Este aumento de liquidez provocó auge económico e inflación en toda Europa.

A pesar de esta riqueza, España se endeudó cada vez más, lo que en última instancia la llevó al impago tres veces –en 1607, 1627 y 1649- y sufrió una dramática decadencia geopolítica. Con todo, las monedas de plata españolas (conocidas como “real de a ocho” o dólares españoles) continuaron siendo la principal divisa usada en el comercio mundial hasta la guerra revolucionaria estadounidense. De hecho, la moneda española siguió siendo de curso legal en los Estados Unidos hasta 1857 –mucho tiempo después de que la propia España dejara de ser una de las principales potencias.

Para mediados del siglo XIX, el mundo operaba con un sistema de dos metales basado en el oro y la plata. No obstante, imitando el ejemplo británico, la mayoría de los países más grandes habían cambiado al sistema oro para la década de 1870.

El Banco de Inglaterra estuvo dispuesto a convertir una libra esterlina en una onza de (11/122) de oro fino a petición previa. La Primera Guerra Mundial trastocó ese sistema, pero Gran Bretaña retomó la vinculación con el oro en 1925. Sin embargo, a medida que la Gran Depresión se afianzó, el Banco de Inglaterra se vio obligado a elegir entre la oferta de liquidez a los bancos y mantener la vinculación con el oro. Optó por la primera en 1931.

Con todo, la libra esterlina siguió siendo la principal divisa mundial incluso hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Todavía en 1950 –más de medio siglo después de que los Estados Unidos sustituyera a Gran Bretaña como la potencia industrial más grande del mundo- 55% de las reservas de divisas se mantenían en libras esterlinas, y muchos países continuaron vinculando sus monedas a la libra.

Se deben notar tres aspectos de esta historia. Primero, un sistema monetario mundial basado en metales preciosos no resuelve los desequilibrios fundamentales de un sistema económico global. Segundo, los metales preciosos no son la solución al problema de la inflación. Finalmente, la divisa de referencia y el ecosistema de comercio mundial subyacente resisten a menudo el declive geopolítico del país de referencia durante décadas.

Un nuevo orden económico se estableció después de la Segunda Guerra Mundial cuyo país de referencia fue los Estados Unidos. El sistema de Bretton Woods vinculó el dólar estadounidense con el oro en 35 dólares por onza, y con otras monedas vinculadas al dólar (aunque en ocasiones permitía hacer ajustes).

La falla del sistema es que solo servía de apoyo a la expansión económica global mientras los Estados Unidos estuviera dispuesto a suministrar dólares mediante déficits –los mismos déficits que en última instancia debilitarían la capacidad de ese país de mantener el precio de la onza de oro en 35 dólares. En 1961, los Estados Unidos respondió con la creación de la Bolsa de Oro de Londres, que obligaba a otros países a pagar a los Estados Unidos la mitad de sus pérdidas de oro. Sin embargo, este acuerdo pronto creó descontento, y Francia salió de la Bolsa en 1967. El sistema de Bretton Woods se derrumbó cuatro años después.

¿O no? A pesar de los problemas de los años setenta, el dólar siguió siendo la divisa dominante en el mundo, a la que generaciones sucesivas de países asiáticos vincularon sus tipos de cambio. Al igual que con el sistema de Bretton Woods, una economía periférica (por ejemplo, China), podía crecer muy rápidamente y al mismo tiempo la economía principal (los Estados Unidos) se beneficiaba de un financiamiento asequible. El relativo auge de China no debilitó el papel del dólar –y puede haberlo fortalecido. En efecto, al igual que los japoneses durante su período de rápido crecimiento, los chinos habían resistido, hasta hace poco, la internacionalización del renminbi.

Entonces, ¿estamos entrando en una era post dólar? A pesar de todos los problemas causados por la Gran Recesión, no hay señales de que el mundo lo esté abandonando. Los inversionistas siguen dispuestos a financiar a los Estados Unidos a tasas de interés mínimas, y el índice nominal del dólar ponderado en función del comercio no se ha derrumbado.

Aunque China sustituyera a los Estados Unidos como la economía más grande del mundo en una década, una divisa de referencia puede ser más resistente que el dominio geopolítico y económico de su país de origen. Es por ello que el dólar probablemente siga siendo la divisa dominante global durante mucho tiempo, aún cuando los Estados Unidos haya sido rebasado.






Fuente: Project-Syndicate.org / Copyright: Project Syndicate, 2011.
Autor: Sanjeev Sanyal, economista indio, ambientalistas y teórico en urbanismo. Es estratega global del Deutsche Bank, y fue nombrado "Joven Líder Global 2010" por el Foro Económico Mundial en Davos. Autor del libro The Indian Renaissance: India’s Rise after a Thousand Years of Decline (El Renacimiento India: La Rebelión de la India después de mil años de decadencia).
Traducción: Kena Nequiz





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martes, 8 de noviembre de 2011

La globalización de la protesta. Por Joseph E. Stiglitz

El movimiento de protesta que nació en enero en Túnez, para luego extenderse a Egipto y de allí a España, ya es global: la marea de protestas llegó a Wall Street y a diversas ciudades de Estados Unidos. La globalización y la tecnología moderna ahora permiten a los movimientos sociales trascender las fronteras tan velozmente como las ideas. Y la protesta social halló en todas partes terreno fértil: hay una sensación de que el “sistema” fracasó, sumada a la convicción de que, incluso en una democracia, el proceso electoral no resuelve las cosas, o por lo menos, no las resuelve si no hay de por medio una fuerte presión en las calles.

En mayo visité el escenario de las protestas tunecinas; en julio, hablé con los indignados españoles; de allí partí para reunirme con los jóvenes revolucionarios egipcios en la plaza Tahrir de El Cairo; y hace unas pocas semanas, conversé en Nueva York con los manifestantes del movimiento Ocupar Wall Street. Hay una misma idea que se repite en todos los casos, y que el movimiento OWS expresa en una frase muy sencilla: “Somos el 99%”.

Este eslogan remite al título de un artículo que publiqué hace poco. El artículo se titula “Del 1%, por el 1% y para el 1%”, y en él describo el enorme aumento de la desigualdad en los Estados Unidos: el 1% de la población controla más del 40% de la riqueza y recibe más del 20% de los ingresos. Y los miembros de este selecto estrato no siempre reciben estas generosas gratificaciones porque hayan contribuido más a la sociedad (esta justificación de la desigualdad quedó totalmente vaciada de sentido a la vista de las bonificaciones y de los rescates); sino que a menudo las reciben porque, hablando mal y pronto, son exitosos (y en ocasiones corruptos) buscadores de rentas.

No voy a negar que dentro de ese 1% hay algunas personas que dieron mucho de sí. De hecho, los beneficios sociales de muchas innovaciones reales (por contraposición a los novedosos “productos” financieros que terminaron provocando un desastre en la economía mundial) suelen superar con creces lo que reciben por ellas sus creadores.

Pero, en todo el mundo, la influencia política y las prácticas anticompetitivas (que a menudo se sostienen gracias a la política) fueron un factor central del aumento de la desigualdad económica. Una tendencia reforzada por sistemas tributarios en los que un multimillonario como Warren Buffett paga menos impuestos que su secretaria (como porcentaje de sus respectivos ingresos) o donde los especuladores que contribuyeron a colapsar la economía global tributan a tasas menores que quienes ganan sus ingresos trabajando.

Se han publicado en estos últimos años diversas investigaciones que muestran lo importantes que son las ideas de justicia y lo arraigadas que están en las personas. Los manifestantes de España y de otros países tienen derecho a estar indignados: tenemos un sistema donde a los banqueros se los rescató, y a sus víctimas se las abandonó para que se las arreglen como puedan. Para peor, los banqueros están otra vez en sus escritorios, ganando bonificaciones que superan lo que la mayoría de los trabajadores esperan ganar en toda una vida, mientras que muchos jóvenes que estudiaron con esfuerzo y respetaron todas las reglas ahora están sin perspectivas de encontrar un empleo gratificante.

El aumento de la desigualdad es producto de una espiral viciosa: los ricos rentistas usan su riqueza para impulsar leyes que protegen y aumentan su riqueza (y su influencia). En la famosa sentencia del caso Citizens United, la Corte Suprema de los Estados Unidos dio a las corporaciones rienda suelta para influir con su dinero en el rumbo de la política. Pero mientras los ricos pueden usar sus fortunas para hacer oír sus opiniones, en la protesta callejera la policía no me dejó usar un megáfono para dirigirme a los manifestantes del OWS.

A nadie se le escapó este contraste: por un lado, una democracia hiperregulada, por el otro, la banca desregulada. Pero los manifestantes son ingeniosos: para que todos pudieran oírme, la multitud repetía lo que yo decía; y para no interrumpir con aplausos este “diálogo”, expresaban su acuerdo haciendo gestos elocuentes con las manos.

Tienen razón los manifestantes cuando dicen que algo está mal en nuestro “sistema”. En todas partes del mundo tenemos recursos subutilizados (personas que desean trabajar, máquinas ociosas, edificios vacíos) y enormes necesidades insatisfechas: combatir la pobreza, fomentar el desarrollo, readaptar la economía para enfrentar el calentamiento global (y esta lista es incompleta). En los Estados Unidos, en los últimos años se ejecutaron más de siete millones de hipotecas, y ahora tenemos hogares vacíos y personas sin hogar.

Una crítica que se les hace a los manifestantes es que no tienen un programa. Pero eso supone olvidar cuál es el sentido de los movimientos de protesta. Son ellos una expresión de frustración con el proceso electoral. Son una alarma.

Las protestas globalifóbicas de 1999 en Seattle, en lo que estaba previsto como la inauguración de una nueva ronda de conversaciones comerciales, llamaron la atención sobre las fallas de la globalización y de las instituciones y los acuerdos internacionales que la gobiernan. Cuando los medios de prensa examinaron los reclamos de los manifestantes, vieron que contenían mucho más que una pizca de verdad. Las negociaciones comerciales subsiguientes fueron diferentes (al menos en principio, se dio por sentado que serían una ronda de desarrollo y que buscarían compensar algunas de las deficiencias señaladas por los manifestantes) y el Fondo Monetario Internacional encaró después de eso algunas reformas significativas.

Es similar a lo que ocurrió en la década de 1960, cuando en Estados Unidos los manifestantes por los derechos civiles llamaron la atención sobre un racismo omnipresente e institucionalizado en la sociedad estadounidense. Aunque todavía no nos hemos librado de esa herencia, la elección del presidente Barack Obama muestra hasta qué punto esas protestas fueron capaces de cambiar a los Estados Unidos.

En un nivel básico, los manifestantes actuales piden muy poco: oportunidades para emplear sus habilidades, el derecho a un trabajo decente a cambio de un salario decente, una economía y una sociedad más justas. Sus esperanzas son evolucionarias, no revolucionarias. Pero en un nivel más amplio, están pidiendo mucho: una democracia donde lo que importe sean las personas en vez del dinero, y un mercado que cumpla con lo que se espera de él.

Ambos objetivos están vinculados: ya hemos visto cómo la desregulación de los mercados lleva a crisis económicas y políticas. Los mercados solo funcionan como es debido cuando lo hacen dentro de un marco adecuado de regulaciones públicas; y ese marco solamente puede construirse en una democracia que refleje los intereses de todos, no los intereses del 1%. El mejor gobierno que el dinero puede comprar ya no es suficiente.





Fuente: Project Syndicate, 2011 / The Globalization of Protest
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001. Autor de Caída libre: Estados Unidos, el libre mercado y el hundimiento de la economía mundial.
Traducción: Esteban Flamini.
Fotografía: Montaje Menesez Filipov / Ojo Adventista






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domingo, 2 de octubre de 2011

Cómo prevenir una depresión. Por Nouriel Roubini

Los últimos datos económicos sugieren que la recesión está regresando a las economías más avanzadas, con los mercados financieros llegando a niveles de estrés no se veían desde el colapso de Lehman Brothers en 2008. Son significativos los riesgos de una crisis económica y financiera aún peor que la anterior - ya que ahora involucra no sólo al sector privado, sino también la cuasi insolvencia de bonos soberanos. ¿Qué se puede hacer para reducir las posibilidades de caer en otra contracción de la economía y evitar una depresión y una crisis financiera más profundas?

En primer lugar, debemos aceptar que las medidas de austeridad, necesarias para evitar una caída fiscal en cadena, tienen efectos recesivos. Por lo tanto, si los países de la periferia de la eurozona se ven obligados a adoptar medidas de austeridad fiscal, los países capaces de ofrecer estímulos a corto plazo deben hacerlo, y posponer sus esfuerzos de austeridad propios. Entre ellos se encuentran Estados Unidos, el Reino Unido, Alemania, el núcleo de la eurozona y Japón. Además, se hace necesaria la creación de bancos que apunten a financiar la infraestructura pública.

En segundo lugar, si bien la política monetaria tiene un impacto limitado cuando los problemas son la deuda excesiva y la insolvencia en lugar de la falta de liquidez, puede ser útil la flexibilización del crédito, en lugar de una distensión sólo cuantitativa. El Banco Central Europeo debe revertir su decisión equivocada de elevar las tasas de interés. Un mayor nivel de flexibilización monetaria y del crédito también es necesario para la Reserva Federal de EE.UU., el Banco de Japón, el Banco de Inglaterra y el Banco Nacional Suizo. La inflación pronto será el último problema que los bancos centrales deban temer, a medida que nuevamente una menor actividad en los mercados de bienes, trabajo, vivienda, materias primas y alimentos genere presiones antiinflacionarias.

En tercer lugar, para restaurar el crecimiento del crédito, los bancos y sistemas bancarios de la eurozona que no están suficientemente capitalizados se deben reforzar con financiamiento público en un programa que abarque a toda la Unión Europea. Para evitar una crisis del crédito adicional a medida que los bancos de desapalancan, deberían contar con una cierta indulgencia de corto plazo en cuanto a exigencias de capital y liquidez. Además, dado que sigue siendo poco probable que los sistemas financieros de EE.UU. y la UE proporcionen crédito a las pequeñas y medianas empresas, es esencial la prestación directa de créditos a las PYME solventes pero sin liquidez.

En cuarto lugar, es necesaria la prestación a gran escala de liquidez a los gobiernos solventes para evitar un repunte de los diferenciales y una pérdida de acceso al mercado que termine por convertir la falta de liquidez en insolvencia. Incluso con cambios de políticas, se necesita tiempo para que los gobiernos restablezcan su credibilidad. Hasta entonces, los mercados mantendrán la presión sobre los diferenciales soberanos, haciendo probable que se produzca una crisis autoinfligida.

Hoy en día, España e Italia están en riesgo de perder acceso al mercado. Se deben triplicar los recursos oficiales -a través de un mayor Fondo Europeo de Estabilidad Financiera, Eurobonos, o medidas masivas del BC - para evitar un segundo y desastroso ataque sobre estos bonos soberanos.

En quinto lugar, la carga de deuda que no se pueda mitigar mediante el crecimiento, el ahorro o la inflación se debe hacer sostenible a través de su reestructuración ordenada, su reducción y su conversión en capital. Esto debe llevarse a cabo del mismo modo para los gobiernos insolventes, los hogares y las instituciones financieras.

En sexto lugar, incluso si Grecia y otros países periféricos de la eurozona reciben ayudas importantes para paliar su deuda, el crecimiento económico no se reanudará hasta que se restablezca la competitividad. Y, sin un rápido retorno al crecimiento, será imposible evitar más impagos y un mayor nivel de agitación social.

Hay tres opciones para restablecer la competitividad dentro de la eurozona; todos requieren una depreciación real... y ninguno de ellos es viable:

• Un fuerte debilitamiento del euro, apuntando a una paridad con el dólar estadounidense, lo cual es improbable, ya que EE.UU. se encuentra también en una posición débil.

• Tampoco es probable una reducción rápida de los costes laborales unitarios, mediante la aceleración de la reforma estructural y crecimiento de la productividad en relación con el crecimiento de los salarios, ya que fueron necesarios 15 años para que ese proceso restableciera la competitividad de Alemania.

• Una deflación acumulada del 30% a cinco años en los precios y los salarios -en Grecia, por ejemplo- lo que significaría cinco años de profundización de una depresión socialmente inaceptable; incluso si fuese posible, este nivel de deflación agravaría la insolvencia, dado un aumento del 30% en el valor real de la deuda.

Debido a que ninguna de estas opciones puede funcionar, la única alternativa es que Grecia y algunos otros miembros actuales abandonen la eurozona. Sólo la vuelta a una moneda nacional -y una fuerte depreciación de la misma- puede recuperar la competitividad y el crecimiento.

Por supuesto, el abandono de la moneda común podría causar daños colaterales para el país que lo haga y aumentar el riesgo de contagio para otros miembros débiles de la eurozona. Por consiguiente, los efectos sobre la hoja de balance de las deudas en euros causados por la depreciación de la nueva moneda nacional se tendrían que manejar a través de una conversión ordenada y negociada de los pasivos en euros a las nuevas monedas nacionales. Se necesitaría un uso adecuado de los recursos oficiales, lo que incluye la recapitalización de bancos de la eurozona, para limitar los daños colaterales y el contagio.

En séptimo lugar, las razones que explican el alto desempleo y el anémico crecimiento de las economías avanzadas son estructurales, y entre ellas se encuentra el aumento de la competitividad de los mercados emergentes. La respuesta adecuada a tales cambios masivos no es el proteccionismo. En cambio, las economías avanzadas necesitan un plan de mediano plazo para restaurar la competitividad y el empleo a través de nuevas inversiones masivas en educación de alta calidad, capacitación laboral y la mejora del capital humano, infraestructura, y energías alternativas/renovables. Sólo un programa así puede proporcionar a los trabajadores de las economías avanzadas las herramientas necesarias para competir a nivel mundial.

En octavo lugar, las economías de mercado emergentes cuentan con más herramientas de políticas que las economías avanzadas, y deben flexibilizar la política monetaria y fiscal. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial pueden servir como fuentes de crédito de último recurso para los mercados emergentes en riesgo de perder acceso al mercado, condicionado a reformas políticas adecuadas. Y los países que, como China, dependen excesivamente de las exportaciones netas para el crecimiento deben acelerar las reformas, incluida una apreciación más rápida de la moneda, con el fin de impulsar la demanda y el consumo internos.

Los riesgos por delante no son solo de una leve recaída en la recesión, sino de una severa contracción que podría convertirse en una Gran Depresión II, especialmente si la crisis de la eurozona se convierte en desorden y conduce a un colapso financiero global. Las políticas erróneas durante la primera Gran Depresión generaron guerras comerciales y monetarias, impagos desordenados de la deuda, deflación, un aumento de la desigualdad del ingreso y la riqueza, pobreza, desesperación y una inestabilidad social y política que condujo a la aparición de regímenes autoritarios y la Segunda Guerra Mundial. La mejor manera de evitar el riesgo de repetir una secuencia así es adoptar hoy mismo medidas audaces y proactivas de políticas globales.






Fuente: Project-Syndicate.org / Copyright: Project Syndicate, 2011.
Autor: Nouriel Roubini también conocido como Dr. Doom debido a que en el año 2005 proyectó que habría una crisis en el sector hipotecario de Estados Unidos. Presidente de Roubini Global Economics, profesor en la Escuela Stern de Administración de Empresas de la Universidad de Nueva York y coautor del libro Crisis Economics [Cómo salimos de ésta, Ediciones Destino, Barcelona, 2010] entre otros.
Traducción: David Meléndez Tormen




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domingo, 25 de septiembre de 2011

Golpe de Estado en EEUU. Por Norman Birnbaum

Se ha escrito mucho sobre la crisis de Estados Unidos. Se ha aludido a la complacencia y el fracaso de nuestras élites, a la ignorante furia de un segmento de la ciudadanía espiritualmente plebeyo, a la impotencia intelectual y política de buena parte del resto, a la ausencia de una conexión entre una intelligentsia crítica y los movimientos sociales que en el pasado aportaron sus ideas a la esfera pública, al quebrantamiento de la propia esfera pública y a la consiguiente atomización de la nación. Esos diagnósticos son correctos. Lo que a veces se pasa por alto en nuestra situación es el factor propósito: lo que ha sufrido la democracia estadounidense ha sido un golpe de Estado encubierto. Sus autores ocupan los puestos más altos de los negocios y las finanzas, sus leales servidores dirigen las universidades, los medios de comunicación y gran parte de la cultura, e igualmente monopolizan el conocimiento profesional científico y técnico.

Sus dispuestos seguidores se encuentran por doquier, especialmente entre quienes sienten que son ignorados, incluso despreciados, y experimentan una desesperada necesidad de compensación íntima. Incapaces de actuar de forma autónoma, niegan en voz alta que estén dominados y explotados. Identifican como enemigos a los grupos sociales al servicio del bien público, cuya existencia rechazan como principio. Su hostilidad al Gobierno es tan grande como su falta de conocimiento de cómo funciona este realmente, o la historia de su propio país.

Por supuesto que hay una sustancial coincidencia entre quienes han dado su aquiescencia al golpe de Estado y los muchos que pretenden la recristianización de la nación, que creen que el aborto y la homosexualidad son delitos civiles al tiempo que pecados religiosos, que responden a la inmigración con xenofobia. Esos son los blancos, principalmente en el sur y en el oeste, y en las ciudades más pequeñas, que se quedaron escandalizados por la elección de un presidente afroamericano y que se creyeron (y todavía se creen) muchas de las falsedades sobre su persona, desde su nacimiento en Kenia hasta su adhesión al islam.

Los iniciadores del golpe de Estado son, por lo general, demasiado sofisticados para esas vulgaridades, aunque indudablemente no son demasiado escrupulosos a la hora de utilizarlas para conseguir el respaldo a sus objetivos primarios. Que no son otros que reducir las funciones y poderes redistributivos y reguladores del Estado norteamericano, revocando, privatizando o, al menos, limitando importantes componentes de nuestro Estado de bienestar: Seguridad Social (pensiones universales), Medicare (seguro sanitario público para los mayores de 65) y todo un espectro de beneficios y servicios en los campos de la educación, el empleo, la salud y el mantenimiento de ingresos. La posibilidad de una regulación medioambiental a gran escala, o de un proyecto para reconstruir toda la infraestructura de modo que sea más compatible con un futuro benévolo con el medio ambiente, provoca igualmente su sistemática oposición. Los obstáculos administrativos y legales a la actividad sindical son otra parte del programa.

Los esfuerzos del capital políticamente organizado para mantener el control del sistema político son tan viejos como la república estadounidense. En modo alguno excluyeron utilizar al Gobierno en muchas ocasiones de todas las épocas de nuestra historia. Lo que distingue a la reciente situación es la propagación explícita y resuelta de una ideología que declara al mercado como superior al Estado, que busca transferir al sector privado funciones gubernamentales hasta ahora reservadas al Estado, y que no permite que la consideración de un mayor interés nacional (como en el comercio con otras naciones) interfiera en los intereses inmediatos del capital.

La obra de innumerables economistas, las simplificaciones de un gran número de comentaristas y periodistas, la intromisión en los sistemas escolares y su manipulación, y, sobre todo, el que los medios de comunicación y lo que tenemos de discurso público queden excluidos de la discusión seria de alternativas, han culminado en la fervorosa obsesión con la que los congresistas republicanos han hecho suya la creencia de que los déficits presupuestarios son una amenaza para la nación.

En 1952, John Kenneth Galbraith publicó su primera obra maestra El capitalismo americano: el concepto del poder compensatorio. En ella sostenía que la búsqueda del beneficio sin límite, la ceguera cortoplacista del capitalismo, había sido corregida por el Gobierno, apoyado por una ciudadanía consciente de sus distintos intereses, por grupos de interés público, por sindicatos y por un Congreso (y Gobiernos estatales) con un grado notable de independencia política.

En 1961, Galbraith pidió al presidente Kennedy que no le nombrara jefe del Consejo de Asesores Económicos: era un blanco demasiado visible. Durante algunos años el punto de vista de Galbraith siguió siendo convincente. Sin embargo, también se fue produciendo un gradual debilitamiento de las fuerzas compensatorias con las que Galbraith contaba para hacer permanente el new deal; y un debilitamiento, asimismo, de las élites capitalistas con mayor formación y visión a largo plazo, dispuestas a aceptar un contrato social.

Las razones de este doble declive siguen siendo objeto de discusión para los historiadores. La absorción de los recursos materiales y morales de la nación por la guerra fría, que se convirtió en un fin en sí misma, desempeñó ciertamente un papel. Se hizo mucho más difícil desarrollar programas de reconstrucción social a gran escala por la composición racial de los pobres en Estados Unidos, incluso aunque los blancos -por lo general, blancos sureños- fueran una mayoría entre ellos. La propia prosperidad aportada por el contrato social de la posguerra socavó la combatividad y militancia de la fuerza de trabajo sindicalizada, que quedó relativamente indefensa ante la competencia de la industria extranjera y la huida del capital norteamericano a otros países.

Los efectos que tuvieron esos cambios estructurales fueron magnificados a medida que el capital financiero (el reino del pillaje y liquidación de firmas productivas, de los derivados, de los hedge funds y de la especulación arcana) se hizo cuantitativa y cualitativamente dominante.

Este tipo de capitalismo, especialmente, requería la abstinencia política del Estado, que solamente podía obtenerse si poco a poco se compraba al Estado. El nuevo capitalismo hizo serios avances en el Partido Demócrata, reduciendo a una insistente actitud defensiva a los herederos del new deal que había en su seno. Cuando en 2008 el presidente Obama movilizó a millones de afroamericanos, a latinos, a jóvenes y viejos, a mujeres y a los restos del movimiento sindical, no fue menos solícito con el nuevo capitalismo, que tenía muchos menos votos pero mucho más dinero. La singular insignificancia de las iniciativas de la Casa Blanca en 2009, 2010 y este año en materia de estímulo económico, empleo y reconstrucción nacional podrían explicarse como un reflejo del real equilibrio de fuerzas políticas de la nación.

Dejando aparte el furor provocado por el Tea Party y el límite de la deuda, la explicación también podría estar en esa quinta columna constituida por los agentes ideológicos y políticos del nuevo capitalismo, que está ocupando la propia Casa Blanca. Desde este punto de vista, la extraordinaria buena disposición del presidente al acuerdo mutuo no es el resultado de un nuevo alineamiento de la política estadounidense, sino una parte previsible del mismo.






Fuente: El País.com
Autor: Norman Birnbaum,(1926-) es un sociólogo, doctorado en la Harvard University. Es catedrático emérito de la Georgetown University Law Center, y miembro del consejo editorial de La Nación. Ha enseñado en la London School of Economics and Political Science, Oxford University: y la Strasbourg University, Amherst College. Tambien ha servido en la Facultad de Posgrado de la New School for Social Research. Un miembro del consejo editorial de la fundación de la New Left Review, ha sido activo en la política a ambos lados del Atlántico. Ha sido asesor de los sindicatos de América y miembros del Congreso, así como a una serie de movimientos sociales y partidos políticos en Europa. Contribuye regularmente a una serie de publicaciones, entre ellas la Open Democracy, El País de España, y el diario alemán Tageszeitung.
Traducción: Juan Ramón Azaola.




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lunes, 19 de septiembre de 2011

El precio del 11 de septiembre. Por Joseph E. Stiglitz

Los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2011 realizados por Al Qaeda tenían la intención de dañar a Estados Unidos, y lo consiguieron, pero en formas que Osama Bin Laden probablemente nunca se imaginó. La respuesta del presidente George W. Bush a los ataques puso en riesgo los principios básicos de Estados Unidos, socavando su economía y debilitando su seguridad.

El ataque a Afganistán posterior a los ataques del 11 de septiembre fue comprensible, pero la posterior invasión de Irak fue totalmente ajena a Al Qaeda, a pesar de que Bush trató de establecer un vínculo. Aquella guerra que se eligió llevar a cabo se convirtió de manera rápida en muy costosa, alcanzando órdenes de magnitud que fueron más allá de los $60 mil millones que se afirmaron al principio, ya que una colosal incompetencia se encontró con tergiversaciones deshonestas.

De hecho, cuando Linda Bilmes y yo calculamos los costos de la guerra de Estados Unidos hace tres años, la cifra conservadora alcanzo entre $3 a $5 billones de dólares. Desde aquel entonces, los costos se han elevado aún más. Debido a que casi el 50% de las tropas que regresan cumplen los requisitos para recibir algún tipo de pago por incapacidad, y hasta el momento más de 600.000 de ellos han sido atendidos en instalaciones médicas para veteranos, ahora estimamos que los pagos por incapacidad y asistencia médica en el futuro alcanzarán en total una cifra que se encuentra entre los $600 a 900 billones. Sin embargo, los costos sociales, que se refleja en los suicidios de veteranos (que han superado los 18 por día en los últimos años) y las desintegraciones familiares, son incalculables.

Aún en caso de que Bush fuese perdonando por llevar a Estados Unidos, y a gran parte del resto del mundo, a la guerra con pretextos falsos, y se le perdonara tergiversar el costo de dicho emprendimiento, no hay excusa para la forma en la eligió financiarla. La suya fue la primera guerra en la historia pagada enteramente con créditos. Mientras que Estados Unidos entraba en batalla, teniendo déficits que ya estaban muy elevados por su recorte de impuestos del año 2001, Bush decidió lanzar una nueva ronda de “alivio” tributario para los ricos.

Hoy en día, Estados Unidos centra su atención en el desempleo y el déficit. Estas dos amenazas al futuro de Estados Unido pueden ser remontadas, y no en poca medida, a las guerras en Afganistán e Irak. El aumento en los gastos de defensa, junto con los recortes tributarios de Bush, forman la razón clave por la que Estados Unidos pasó de un superávit fiscal de 2% del PIB cuando Bush fue elegido a su lamentable déficit y situación de deuda de hoy en día. El gasto público directo en dichas guerras, hasta el momento, asciende a aproximadamente $2 billones de dólares, lo que significa $17.000 por cada hogar estadounidense, y existen gastos cuyas facturas aún no se reciben que aumentarán dicha cifra en más del 50%.

Es más, como Bilmes y mi persona argumentamos en nuestro libro La Guerra de los Tres Billones de Dólares, las guerras han contribuido a la debilidad macroeconómica de Estados Unidos, lo que exacerbó su déficit y deuda. En aquel entonces, como es el caso ahora, la agitación en el Oriente Medio condujo a precios del petróleo más elevados, lo que obligó a los estadounidenses a gastar dinero en importaciones de petróleo que de otra manera podría haber sido gastado en la compra de bienes producidos en EE.UU.

Pero en aquel entonces, la Reserva Federal de EE.UU. escondió estas debilidades creando una burbuja inmobiliaria que condujo a un boom de consumo. Se necesitarán años para superar el excesivo endeudamiento y sobreendeudamiento en bienes raíces resultantes.

Irónicamente, las guerras han debilitado la seguridad de Estados Unidos (y del mundo), una vez más en formas que Bin Laden no se hubiera podido imaginar. Una guerra impopular hubiera dificultado el reclutamiento militar bajo cualquier circunstancia. Pero como Bush trató de engañar a Estados Unidos sobre los costos de guerra, financió insuficientemente a las tropas, inclusive negándose a realizar gastos básicos; por ejemplo, fondos para vehículos blindados y resistentes a minas que son necesarios para proteger vidas estadounidenses o fondos para la adecuada asistencia médica de los veteranos que regresan. Un tribunal de EE.UU. dictaminó recientemente que los derechos de los veteranos habían sido violados. (¡Sorprendentemente, el gobierno de Obama afirma que se debe restringir el derecho de los veteranos a apelar ante los tribunales!)

La extralimitación militar de manera predecible a dado lugar a nerviosismo sobre el uso de la fuerza militar, y el conocimiento de otros tienen sobre la existencia ha debilitado también la seguridad de Estados Unidos. Pero la verdadera fuerza de Estados Unidos, en vez de encontrarse en su poder militar y económico, se encuentra en su "poder blando", en su autoridad moral. Y dicho poder también se debilitó, ya que EE.UU. violó derechos humanos básicos como el habeas corpus y el derecho a no ser torturado, lo que puso en duda su compromiso de larga data con el respeto al derecho internacional.

En Afganistán e Irak, los EE.UU. y sus aliados sabían que para alcanzar la victoria a largo plazo se necesita ganar corazones y opiniones. Pero los errores cometidos en los primeros años de dichas guerras complicaron la ya difícil batalla. El daño colateral de la guerra ha sido masivo: según algunas versiones, más de un millón de iraquíes han muerto, ya sea de manera directa o indirecta, a causa de la guerra. Según algunos estudios, por lo menos 137.000 civiles han muerto violentamente en Afganistán e Irak en los últimos diez años; sólo entre los iraquíes, hay 1,8 millones de refugiados y 1,7 millones de personas desplazadas dentro del mismo país.

No todas las consecuencias fueron desastrosas. Los déficits a los cuales las guerras estadounidenses financiadas con deuda han contribuido tan poderosamente han forzado ahora a que EE.UU. enfrente la realidad de sus restricciones presupuestarias. El gasto militar de Estados Unidos sigue siendo casi igual al gasto que hace todo el resto del mundo en su conjunto, dos décadas después del fin de la Guerra Fría. Algunos de los gastos que se aumentaron fueron destinados a las costosas guerras en Irak y Afganistán y a la más amplia Guerra Global contra el Terrorismo, pero la mayor parte se desperdició en armas que no funcionan contra enemigos que no existen. Ahora, por fin, esos recursos serán reubicados, y EE.UU. probablemente obtenga mayor seguridad pagando menos.

Al Qaeda, no obstante que no ha sido derrotado, ya no parece ser la amenaza que surgía de manera tan importante tras los ataques del 11 de septiembre. Pero el precio pagado para llegar a este punto, en los EE.UU. y en los demás países, ha sido enorme, y en su mayoría evitable. El legado estará con nosotros durante mucho tiempo. Vale la pena pensar antes de actuar.






Fuente: Project Syndicate, 2011 / The Price of 9/11
Autor: Joseph E. Stiglitz, catedrático de Economía de la Universidad de Columbia y premio Nobel de Economía en 2001. Autor de Freefall: Free Markets and the Sinking of the Global Economy.
Traducción: Rocío L. Barrientos.
Fotografía: La foto del 11-S que conmovió al mundo Robert Peraza perdió a su hijo en el atentado y su imagen fue tapa de la mayoría de los medios del globo / Perfil.com






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