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lunes, 7 de marzo de 2011

Maquiavelo y el Pueblo Elegido. Por José Álvarez Junco

Quien llega a primera potencia mundial, como EE UU ahora o hace 500 años los Reyes Católicos, ha hecho méritos. Pero yerra si cree que tiene una especial relación con Dios o una "superioridad natural"

El reverendo Fred Phelps, líder de la Iglesia Baptista de Westboro, Kansas, ha colgado en YouTube un vídeo en el que bendice el acto del pistolero que ha intentado matar a la congresista Gabrielle Giffords en Arizona. Esta representante se merecía su suerte, explica el predicador, porque había apoyado las leyes que permiten el aborto y las bodas gais, pecados que tienen irritado a Dios con Estados Unidos. Phelps era ya conocido por su irrupción en los funerales de los soldados muertos en las guerras de Irak y Afganistán, donde repite su tesis del enfado divino con el pueblo norteamericano.

Este predicador es un caso extremo de locura y odio. Pero su idea del destino providencial de la nación americana es bastante más común de lo que se cree fuera de aquel país. Según ella, los americanos son los continuadores del Pueblo Elegido, y por eso reciben una recompensa superior a las de otros si siguen los mandatos divinos (el dominio del mundo, nada menos) y sufren mayores castigos que los demás si los desobedecen.

La tesis no es nueva. Hace 500 años finalizaba en España el reinado de los Reyes Católicos, con un balance espectacular. Habían unido las coronas de Castilla y Aragón, conquistado Granada y dado fin al dominio musulmán sobre la Península, descubierto unos territorios inmensos al otro lado del océano, derrotado a la invencible caballería francesa en Italia y tomado diversas plazas en el norte de África. Francesco Guicciardini, gran observador político, decía que estos sucesos habían alterado el orden europeo de los siglos anteriores. Lo mismo hacía Maquiavelo, que por aquellos años intentaba ofrecer una explicación moderna de esos y otros cambios políticos a partir de factores como la fortuna, la virtù y la necesita; por lo que le acusaban de inmoral. Pero los pensadores peninsulares, deslumbrados por los recientes triunfos, seguían anclados en el providencialismo medieval. Dios era el agente de la historia; no había fortuna, en el sentido de azar o casualidad, como no había virtù, en el de habilidad política, porque hasta el menor acontecimiento era producto de la voluntad divina, aunque sus razones fueran con frecuencia inaccesibles a la mente humana. Los éxitos de los reyes solo podían deberse a la protección providencial, por su decidida defensa de la verdadera fe. Como explicó al rey Fernando el doctor Palacios Rubios, hablando de la conquista de Navarra: "por razones solo a Él reservadas, ha decretado Dios quitar su reino a los reyes de Navarra y otorgarlo a Vuestra Majestad. Porque es Dios quien transfiere los reinos de gente en gente, como dice la Sagrada Escritura".

El providencialismo llevaba, lógicamente, al profetismo. Si lo ocurrido en el pasado había sido producto de la voluntad divina, era fácil adivinar por dónde avanzaría el futuro. Tanto Alonso de Cartagena como Sánchez de Arévalo dedujeron de la protección providencial sobre la monarquía castellano-aragonesa que la grandiosa misión a la que estaba destinada aún no había concluido. En el horizonte se veía, para empezar, la absorción de Portugal. Diego de Valera decía al rey Fernando que "es profetizado de muchos siglos acá que habréis la monarquía de todas las Españas".

La manifestación del favor divino sobre los monarcas hispánicos significaba, como poco, que había comenzado una nueva era histórica, que había nacido un nuevo imperio, comparable al persa o al romano. Pero muchos creían que se estaba instalando la monarquía universal, destinada a conquistar Jerusalén y entregar la corona terrenal a un Cristo esplendoroso que descendería sobre el Monte de los Olivos, con lo que terminaría la historia humana. Los imperios, observaron estos profetas con una lógica aparentemente impecable, se movían de Levante a Poniente, de acuerdo con el curso del sol: nacidos en Asiria y Persia, y encarnados sucesivamente en Grecia y Roma, culminaban ahora en España, un Finis Terrae que sería también el Finis Historiae.

Un siglo y pico más tarde, al comenzar el reinado de Felipe IV, aquel optimismo había flaqueado mucho. Fernando e Isabel no habían sido sucedidos por su hijo, el príncipe don Juan, que murió joven -quién sabe si por designio divino o golpe de la ciega fortuna-, sino por los Habsburgo, que habían construido, a partir de sus éxitos, un poderosísimo imperio. Pero, quizás porque se habían tomado en serio su destino de dueños del mundo, se habían embarcado en tantas empresas que estaban desbordados. A la altura de 1620-30, la monarquía española estaba en guerra con más de media Europa. En lugar de prolongar la tregua firmada por Felipe III con los holandeses, su sucesor optó por reanudar las actividades bélicas; y los rebeldes no solo dominaban el norte de Flandes, sino que habían ocupado territorios en Brasil, lo que irritaba a los portugueses, que veían su imperio mal protegido por sus nuevos dueños, los Habsburgo españoles. Felipe IV participaba también en la Guerra de los Treinta Años, en apoyo de sus primos austriacos frente a los belicosos luteranos daneses y suecos. A favor de estos acabaría por entrar igualmente Francia, pese a estar regida por el católico cardenal Richelieu. Hasta por la sucesión del ducado de Mantua se metió Olivares en una guerra absurda, que perdió.

Pese a que la monarquía recibía de América unas remesas de plata que le permitían mantener unos ejércitos muy superiores a los de cualquiera de sus rivales europeos, los recursos no daban para cubrir tantos frentes. La flota de Tierra Firme, además, se fue a pique en 1621 con grandes mermas para el tesoro real; al año siguiente sufrió pérdidas la de Nueva España; y el desastre fue completo en 1628, cuando todo el convoy mexicano fue capturado por el holandés Piet Heyn. Subir los impuestos sobre Castilla, principal proveedor de hombres y recursos para los tercios, era ya imposible, porque la voracidad del fisco real había arruinado y despoblado este reino desde hacía tiempo. El conde-duque decidió entonces presionar a portugueses y catalanes, que se aferraban comprensiblemente a sus privilegios para evitar que se repitiera allí el desastre castellano, y provocó las dos rebeliones de 1640, que acabaron en largas guerras internas y la independencia de Portugal.

En uno de los momentos de aquel catastrófico proceso, los consejeros del rey idearon convocar una Junta de Reformación para estudiar cómo resolver la situación. Y, tras mucha cavilación, se aprobó un plan que mezclaba medidas económicas, destinadas a incrementar la recaudación, con otras contra el lujo en la vestimenta y el consumo suntuario en la corte, que tenían un contenido más moral que económico; uno de los artículos, muy significativo, disponía, sin más, el cierre de burdeles. Como el propio Felipe IV confesó, había comprendido que Dios estaba enfadado con él, y con su pueblo, por sus pecados. La mejor manera de enfrentarse con los fracasos militares y las penurias económicas era, por eso, aplacarle purificando las costumbres del reino.

No hay que exagerar el paralelismo. El reverendo Phelps no es Felipe IV, ni por su poder ni por la representatividad de su discurso. Pero hay algo común en sus lógicas. Quien llega a primera potencia del mundo ha hecho, sin duda, muchos méritos. El error está en creerse que tiene una especial relación con la divinidad o una "superioridad natural" sobre los otros. Porque, a la hora de los fracasos, cuando alguna operación, por ejemplo militar, salga mal, no tendrá manera de explicarlo, salvo que piense que ha disgustado de algún modo a la Divina Providencia. Y la solución no será rectificar su política, mejorar sus técnicas militares o abandonar alguna empresa por su excesivo riesgo o coste, sino, por ejemplo, cerrar prostíbulos, como hizo Felipe IV; o castigar con dureza la homosexualidad, como propone Phelps.

Los discursos elaborados para consumo interno, a la mañana siguiente del triunfo, en plena euforia autocomplaciente, no deben tomarse en serio. Porque lleva a obcecarse en empresas imposibles y ruinosas. Más razonable sería estudiar situaciones precedentes que pudieran enseñar algo sobre la actual y aplicarse la lección. Un adulto debería ser capaz de prescindir de la idea de excepcionalidad, reconocer que su caso no es único, compararse con otros y pensar en términos terrenales, prácticos, de simple eficacia. Es lo que proponía Maquiavelo.



Fuente: ElPais.com
Autor: José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Entre 1992 y 2000 ocupó la cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad Tufts (Boston), y dirigió el seminario de Estudios Ibéricos del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard. Fue también director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales hasta mayo de 2008 y por virtud de ese cargo, Consejero de Estado. En 2002 recibió el Premio Nacional de Ensayo que concede el Ministerio de Cultura de España.
Fotografía: Detalle de un billete de dolar. "In God we trust" o "En Dios confiamos"

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lunes, 8 de noviembre de 2010

La xenofobia en países europeos


El crecimiento electoral de partidos y figuras de extrema derecha inquieta a las sociedad europeas al afectar principios y valores de la organización social que fueron una de sus mayores conquistas desde la última posguerra. La crisis económica, el aumento del desempleo, la aplicación de drásticas medidas de ajuste y recortes en la seguridad social son fuentes de este malestar cultural que impacta sobre los comportamientos políticos.

Quienes sacan mayor rédito de la crisis son figuras demagógicas y mensajes reactivos, con respuestas simplistas o falaces. Estas prédicas apuntan a las minorías musulmanas y los inmigrantes como responsables de la inseguridad. Se presentan como defensores de valores y conquistas que ven peligrar y no dudan en reclamar la expulsión de residentes extranjeros y leyes restrictivas contra la inmigración. La propia canciller alemana Angela Merkel se hizo eco de este discurso al señalar que el modelo multicultural ha fracasado.

Esto pone en serio entredicho pilares de la Unión Europea, como la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la libertad religiosa y la universalidad de los derechos humanos. Existe una crisis social que atraviesa a los países europeos de distinta manera pero con un mismo hilo conductor. Los partidos de extrema derecha que han ingresado al Parlamento en países como Holanda, Suecia, Bélgica y Austria, en algunos casos definiendo la mayoría y el sostén de los gobiernos, expresan un serio llamado de atención y una señal de alarma.

El crecimiento de una nueva ultraderecha xenófoba, protagonizada por figuras demagógicas y mensajes reactivos, pone en entredicho pilares de las sociedades europeas.



Fuente: Clarin.com / Columna editorial del 25 de octubre de 2010
Fotografia: LaVozDelMigrante.com


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domingo, 22 de agosto de 2010

La mezquita en NY, ¿sacrilegio o derecho? Por Concepción Badillo

Para unos fue una opinión valiente y admirable, para otros habló de más. El caso es que el presidente Barack Obama se metió por completo en un asunto del que había dicho se mantendría al margen y lo convirtió en debate nacional, al reafirmar el derecho de una organización islámica a construir una mezquita en un terreno cerca de la llamada Zona Cero en Nueva York (ver Obama se la juega por la libertad de culto).

El presidente rompió su silencio sobre este controversial tema que tiene dividido al país y ha sacado a relucir una vez más sentimientos antiislámicos a lo largo y ancho de Estados Unidos. Dijo que “los musulmanes tienen el mismo derecho de practicar su religión como cualquier otra persona en este país... y eso incluye el derecho a construir un lugar de oración en el bajo Manhattan”.

Los comentarios del mandatario, que habló durante una cena para celebrar el inicio del Ramadán, el mes durante el cual los musulmanes no comen ni beben durante el día, muestran, según sus seguidores, su respeto a la libertad de creencias y el conocimiento que Obama tiene por la Constitución de su país.

Sin embargo, las palabras del presidente no sólo sirvieron para agitar a sus opositores, sino que cayeron como un regalo, munición que el jefe de la Casa Blanca les dio a los republicanos para atacarlo y atacar a sus contrincantes demócratas antes de las elecciones de noviembre.

Y es que el asunto de la construcción de un centro de culto islámico cerca del lugar donde cayeron las Torres Gemelas en el ataque terrorista de 2001 se ha convertido en una discusión recargada de emociones, identidad, creencias y religión, mezcladas con el recuerdo de lo que sin duda es el incidente más trágico y traumatizante en la historia reciente de este país.

Obama había aclarado que la causa de Al Qaeda “no es el islam, sino una gran distorsión del islam”.

Pero, aún antes de su intervención, ya eran motivo de gran polémica los planes de una organización sin fines lucrativos de nombre Iniciativa Córdoba, integrada por musulmanes de tendencia moderada, que pretenden construir un centro cultural comunitario de 13 pisos donde antes estuvo una tienda de departamentos, unas dos cuadras al norte de donde estuvo el Centro de Comercio Mundial, una área que sin embargo no se alcanza a ver desde ahí.

La inversión de cien millones de dólares incluiría un auditorio, salones para clases, galerías de arte, un restaurant, un monumento conmemorativo al 11 de Septiembre, una alberca, un gimnasio y sí, un gran salón islámico para rezar que sería la mezquita, motivo de la controversia.

Quienes se oponen a su construcción sostienen que sería un insulto a la memoria de las más de tres mil víctimas de los ataques. Quienes están porque se lleve a cabo, claman que el centro promovería el entendimiento entre culturas y la tolerancia religiosa. Analistas conservadores dicen que sería un sacrilegio. Políticos de derecha sostienen que constituiría “un símbolo de triunfo musulmán”, mientras el alcade de la ciudad Michael Bloomberg apoya abiertamente el proyecto.

Las últimas encuestas señalan que un 68 por ciento de los estadounidenses no quieren que se construya, y aún el más alto demócrata en el senado, Harry Reid, ha manifestado públicamente su oposición, mientras que un influyente ex congresista de ultra derecha ha dicho que “sería como permitirle a los Nazis poner una manta junto al museo del Holocausto” en esta capital.

Qué tanto influirán las declaraciones de Obama en las elecciones de medio término, eso sólo en noviembre se sabrá.

Sin embargo, la controversia ha llegado a tal grado que hay quienes acusan al presidente de ser musulmán en secreto, pero más que nada el asunto ha servido para que activistas de derecha acusen a la religión musulmana de estar en contra de Estados Unidos, a tal grado que una iglesia en Florida anunció una quema pública del Corán para oponerse a la mezquita. Protestas similares se han dado ya en Tennessee y Wisconsin.

Aunque se sabe que las concentraciones más grandes están en California, Nueva York, Illinois, Nueva Jersey, Indiana, Michigan, Virginia, Texas y Ohio, en realidad se desconoce el número de estadounidenses que son musulmanes porque el censo no pregunta afiliación religiosa, pero se estima que son cerca de siete millones, es decir, dos por ciento de la población.

A la vez, existen menos de dos mil mezquitas en todo el país, en su mayoría simples cuartos de oración, cerca de cien ubicadas justo en la ciudad de Nueva York, dos de ellas a unos pasos de la construcción en cuestión, en el área conocida como Park 51, donde por cierto, hay florecientes negocios pornográficos y al menos un centro nocturno de striptease, pero sin ninguna oposición.




Fuente: Cronica.com.mx / Carta de Washington
Autor: Concepción Badillo / Washington, D.C.
Fotografia: Wavis.com.mx

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