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domingo, 4 de diciembre de 2011

La larga vida del dólar. Por Sanjeev Sanyal

La actual crisis económica y los constantes déficits de los Estados Unidos hacen que cada vez más se ponga en duda el papel del dólar como divisa de referencia mundial. Las medidas que se han hecho recientemente para internacionalizar el renminbi chino han conducido a una anticipación del cambio inminente en el sistema monetario global. Muchos economistas destacados, incluidos los miembros de un panel de las Naciones Unidas, que encabeza el economista galardonado con el Premio Nobel, Joseph Stiglitz, están aconsejando un “sistema mundial de reservas” para sustituir la hegemonía del dólar. Sin embargo, la larga historia de divisas de referencia globales sugiere que los días del dólar como moneda líder no van acabar pronto.

En tiempos antiguos, India tuvo un gran superávit comercial con el imperio romano. Como escribió Plinio en el Siglo I, “No hubo un solo año en el que India no se llevara de Roma 50 millones de sestercios.” Ese desequilibrio comercial implicaba una fuga constante de moneda de plata y oro, lo que provocó escasez de estos metales en Roma. En vocabulario moderno, los romanos se enfrentaron a una restricción monetaria.

Roma respondió reduciendo el contenido de plata y oro (el antiguo equivalente de la monetización), que condujo a una inflación sostenida en el imperio. Sin embargo, el descubrimiento frecuente de monedas romanas en la India sugiere que la moneda romana se siguió aceptando internacionalmente mucho tiempo después de que resultara obvio que su contenido de oro o plata había disminuido.

En el siglo XVI, España emergió como superpotencia tras su conquista de América del Sur. Entre 1501 y 1600, 17 millones de kilogramos de plata pura y 181,000 kilogramos de oro puro salieron de América Latina hacia España, que gastó el dinero en guerras con los Países Bajos y otros lugares. Este aumento de liquidez provocó auge económico e inflación en toda Europa.

A pesar de esta riqueza, España se endeudó cada vez más, lo que en última instancia la llevó al impago tres veces –en 1607, 1627 y 1649- y sufrió una dramática decadencia geopolítica. Con todo, las monedas de plata españolas (conocidas como real de a ocho o dólares españoles) continuaron siendo la principal divisa usada en el comercio mundial hasta la guerra revolucionaria estadounidense. De hecho, la moneda española siguió siendo de curso legal en los Estados Unidos hasta 1857 –mucho tiempo después de que la propia España dejara de ser una de las principales potencias.

Para mediados del siglo XIX, el mundo operaba con un sistema de dos metales basado en el oro y la plata. No obstante, imitando el ejemplo británico, la mayoría de los países más grandes habían cambiado al sistema oro para la década de 1870.

El Banco de Inglaterra estuvo dispuesto a convertir una libra esterlina en una onza de (11/122) de oro fino a petición previa. La Primera Guerra Mundial trastocó ese sistema, pero Gran Bretaña retomó la vinculación con el oro en 1925. Sin embargo, a medida que la Gran Depresión se afianzó, el Banco de Inglaterra se vio obligado a elegir entre la oferta de liquidez a los bancos y mantener la vinculación con el oro. Optó por la primera en 1931.

Con todo, la libra esterlina siguió siendo la principal divisa mundial incluso hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Todavía en 1950 –más de medio siglo después de que los Estados Unidos sustituyera a Gran Bretaña como la potencia industrial más grande del mundo- 55% de las reservas de divisas se mantenían en libras esterlinas, y muchos países continuaron vinculando sus monedas a la libra.

Se deben notar tres aspectos de esta historia. Primero, un sistema monetario mundial basado en metales preciosos no resuelve los desequilibrios fundamentales de un sistema económico global. Segundo, los metales preciosos no son la solución al problema de la inflación. Finalmente, la divisa de referencia y el ecosistema de comercio mundial subyacente resisten a menudo el declive geopolítico del país de referencia durante décadas.

Un nuevo orden económico se estableció después de la Segunda Guerra Mundial cuyo país de referencia fue los Estados Unidos. El sistema de Bretton Woods vinculó el dólar estadounidense con el oro en 35 dólares por onza, y con otras monedas vinculadas al dólar (aunque en ocasiones permitía hacer ajustes).

La falla del sistema es que solo servía de apoyo a la expansión económica global mientras los Estados Unidos estuviera dispuesto a suministrar dólares mediante déficits –los mismos déficits que en última instancia debilitarían la capacidad de ese país de mantener el precio de la onza de oro en 35 dólares. En 1961, los Estados Unidos respondió con la creación de la Bolsa de Oro de Londres, que obligaba a otros países a pagar a los Estados Unidos la mitad de sus pérdidas de oro. Sin embargo, este acuerdo pronto creó descontento, y Francia salió de la Bolsa en 1967. El sistema de Bretton Woods se derrumbó cuatro años después.

¿O no? A pesar de los problemas de los años setenta, el dólar siguió siendo la divisa dominante en el mundo, a la que generaciones sucesivas de países asiáticos vincularon sus tipos de cambio. Al igual que con el sistema de Bretton Woods, una economía periférica (por ejemplo, China), podía crecer muy rápidamente y al mismo tiempo la economía principal (los Estados Unidos) se beneficiaba de un financiamiento asequible. El relativo auge de China no debilitó el papel del dólar –y puede haberlo fortalecido. En efecto, al igual que los japoneses durante su período de rápido crecimiento, los chinos habían resistido, hasta hace poco, la internacionalización del renminbi.

Entonces, ¿estamos entrando en una era post dólar? A pesar de todos los problemas causados por la Gran Recesión, no hay señales de que el mundo lo esté abandonando. Los inversionistas siguen dispuestos a financiar a los Estados Unidos a tasas de interés mínimas, y el índice nominal del dólar ponderado en función del comercio no se ha derrumbado.

Aunque China sustituyera a los Estados Unidos como la economía más grande del mundo en una década, una divisa de referencia puede ser más resistente que el dominio geopolítico y económico de su país de origen. Es por ello que el dólar probablemente siga siendo la divisa dominante global durante mucho tiempo, aún cuando los Estados Unidos haya sido rebasado.






Fuente: Project-Syndicate.org / Copyright: Project Syndicate, 2011.
Autor: Sanjeev Sanyal, economista indio, ambientalistas y teórico en urbanismo. Es estratega global del Deutsche Bank, y fue nombrado "Joven Líder Global 2010" por el Foro Económico Mundial en Davos. Autor del libro The Indian Renaissance: India’s Rise after a Thousand Years of Decline (El Renacimiento India: La Rebelión de la India después de mil años de decadencia).
Traducción: Kena Nequiz





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viernes, 12 de agosto de 2011

Un fantasma europeo nuevo, Por Miguel Á. Bastenier

Explosión social en Reino Unido
Un nuevo fantasma recorre Europa. Una protesta masiva, que apenas puede tener algún parentesco distante con la legítima y pacífica indignación de los congregados en la Puerta del Sol, ha degenerado en Reino Unido en varias jornadas de vandalismo y saqueo. Y lo más curioso de este "grave desorden social" como lo ha calificado con pudor de clase la terminología oficial, ha sido como un salto atrás en el tiempo, precisamente hasta esa época del siglo XIX en la que Marx predecía la aparición del fantasma originario. Londres, como otras capitales de Europa, era entonces una aglomeración urbana sumamente peligrosa, en la que imperaba la ley del más fuerte, y tan solo en la madura fase maquinista de la revolución industrial pudieron la ciudad y el país contar con una policía capaz de pacificar las calles.

El deterioro de las condiciones de vida y de oportunidades de progreso social, tras el drástico plan de recortes del Gobierno conservador de David Cameron, en el contexto de la crisis económica mundial, explican en lo inmediato el estallido de los guetos de Londres y otras ciudades inglesas, pero en el horizonte figuran también, obstinados, los años de neoliberalismo y dejación de Estado durante el mandato de la señora Thatcher, la primera ministra cuyo mayor placer era decir que no a Europa. Hoy, ante el desmadejamiento de la Europa del euro, la dama de hierro podría incluso pensar cuánta razón tenía en reducir al mínimo practicable para mantener a Europa como cliente, la integración británica en la UE. Pero se equivocaría. Ese déficit político, que sufre la UE a causa de líderes como Margaret Thatcher, se encuentra en la base misma de la incapacidad comunitaria para combatir o, mejor aún, prevenir la crisis. Más Europa y no menos es lo que hace falta para combatir la desarticulación social. Pero, a medida que se amplía el enfoque del problema, aparecen nuevos factores que nutren el conflicto.

El racismo es condenable, venga de donde venga. Pero no todo él es siempre uno y lo mismo. El factor étnico ha sido central en el estallido de la protesta. La muerte inexplicada de un ciudadano negro a manos de la policía en Tottenham, uno de los barrios más pobres de la capital, dio lugar primero a una protesta pacífica de la comunidad, casi toda de color, ante la comisaría del barrio, pero al día siguiente era ya una orgía de salteadores de comercios y prácticas de la guerrilla urbana contra la fuerza pública.

Las grandes nacionalidades occidentales han sufrido -a semejanza de los autores de la Biblia- una morbilidad recurrente, que podría llamarse síndrome del pueblo elegido, lo que también es una forma de racismo. La Castilla imperial la padeció en su siglo: "El español es la lengua para hablar con Dios"; un puñado de intelectuales y revolucionarios franceses pudieron sentir que solo un pueblo excepcional podía darle al mundo la declaración de los derechos del hombre; y la Gran Bretaña se inoculó asimismo el virus, quizá, con el triunfo de la Reforma. Véase el God's Englishman, de Christopher Hill, el gran historiador marxista del mesianismo puritano inglés en el siglo XVII.

Cuando reventaron hace unos años los bidonvilles de París y otras ciudades francesas, sus protagonistas, mayormente de origen norteafricano, protestaban porque siendo muchos de ellos ya naturales del país, no creían recibir los beneficios acreditados a esa condición. La tumultuaria refriega inglesa va más allá: separados, bueno, pero iguales. Las clases rectoras británicas tienen interiorizada la convicción de una superioridad innata que en Francia y en España es obvia, folclórica y declamatoria, como sus respectivos racismos. La superioridad anglosajona no es exhibicionista, pero igualmente crea guetos. Francia, glotona de legalidad, prohíbe el velo islámico en las escuelas, porque quiere regular hasta el último detalle de la grandeza de la nación. Reino Unido, en cambio, contempla con indiferencia la prenda como si fuera únicamente de vestir. Pero esa falta de fe británica en el poder de la ley para reformar la realidad es la gran aliada del statu quo. Son los llamados usos y costumbres.

Europa va a salir muy desmejorada de esta crisis, que ya puede calificarse de depresión, tanto material como moral. Los indignados son en España una justísima manifestación ciudadana, muy diferente de la premier league antidemocrática de Inglaterra. Pero que nadie dé por sentado que la enfermedad no puede declararse en ningún otro lugar.





Fuente: ElPais.com
Autor: Miguel Á. Bastenier, licenciado en Historia y Derecho de la Universidad de Barcelona y en Lengua y Literatura inglesa de la Universidad de Cambridge. Graduado en periodismo de la Escuela Oficial de Madrid y experto en temas de política internacional. Actualmente es el subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País de España, donde trabaja desde 1982, así como es profesor de la maestría de Reporterismo y Géneros Periodísticos en la Escuela de Periodismo del diario español, fundada en 1988. E investigador y Maestro Consejero de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado numerosos artículos en la prensa europea (Libération, Le Monde, The European, Le Point, Le Soir, The Irish Times) y en la mayoría de los periódicos más importantes de América Latina: El Espectador y Semana (Colombia), Folha de Sao Paulo (Brasil), Público (México), Búsqueda (Uruguay) entre otros. En 2001 publicó El Blanco Móvil (Editorial Aguilar-El País 2001), en 1999 publicó La Guerra de Siempre (Editorial Península), en 2002 Israel-Palestina: La Casa de la Guerra, y en 2010 ‘Cómo escribir un periódico’. También ha dirigido varios libros colectivos, entre ellos Grandes Protagonistas del siglo XX (2000).
Fotografía: Forbes.com




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