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viernes, 15 de julio de 2011

El mundo vira sin nadie al volante. Por Lluís Bassets

El sueño de un Gobierno multilateral deriva en la pesadilla de una globalidad volcánica y sin dirección, en manos de los mercados y la comunicación viral

Solo ha transcurrido medio año, pero ya es suficiente para que las cifras de 2011 marquen sólidamente las piedras sobre las que se escribe la historia. Como 1989 (caída del muro de Berlín) o 1968 (mayo en París), si las comparamos con los acontecimientos más cercanos. Incluso con 1917 (revolución rusa), 1871 (Comuna de París), 1848 (revoluciones democráticas en Europa) o 1789 (Revolución Francesa) si nos remontamos más atrás.

Ya es una cosecha gloriosa. Para los árabes, sin duda. Dos tiranos derrocados (Ben Ali y Mubarak), tres más en el despeñadero (Gadafi, Saleh y El Asad) y todas las monarquías en alerta máxima, apresuradas ahora en apañar unas reformas plausibles tras decenios de despótico inmovilismo. Mientras tanto, los avalistas de todos estos regímenes (Washington, Londres y París principalmente) abandonan con un volantazo la realpolitik practicada con cinismo durante décadas e improvisan una nueva política árabe, basada esta vez en la democratización, las libertades y los derechos de los ciudadanos y no en los duros y crudos intereses económicos y geoestratégicos.

También es una cosecha de sangre y de incertidumbre. El pacifismo de los manifestantes tunecinos y egipcios no fue óbice para la represión violenta con que se despidieron sus respectivos dictadores. Y tras la virulencia mitigada con que cayeron los dos primeros, la oleada revolucionaria se ha convertido rápidamente en un rosario de intervenciones militares, matanzas y guerras civiles en un horizonte inabarcable de inestabilidad y desasosiego estratégico.

La geometría de las relaciones internacionales ha virado súbitamente cuando se ha quebrado el eje que formaban las dictaduras árabes con Estados Unidos, Europa e Israel. Este último país ha perdido a un aliado fiel y obediente como era Mubarak, mientras la perspectiva de una apertura democrática en la zona suscita reacciones urticantes en el búnker del sionismo extremista. A su Gobierno, más solitario y aislado que nunca, solo le preocupa que de la revolución árabe pudiera salir el reconocimiento internacional de Palestina sobre los territorios de Gaza y Cisjordania, donde los colonos reclaman derechos bíblicos para justificar una ocupación a todas luces ilegal. Todas sus energías las va a dedicar a impedirlo, en una gesticulación que en nada favorece a la imagen internacional de Israel, país salido a fin de cuentas del reconocimiento internacional por Naciones Unidas.

A la vez, las otras potencias regionales han visto ampliado un terreno de juego en el que pueden pujar para afianzar o ampliar su influencia. Es el caso de la emergente Turquía, que jugó sus fichas por adelantado con una política exterior neo-otomana con un radio de acción sobre los territorios que pertenecieron en el pasado parte al desaparecido imperio de la Sublime Puerta.

Dos modelos compiten en esta geografía islámica: el del triunfante partido turco Justicia y Desarrollo (AKP) y el de las opulentas monarquías del golfo Pérsico; el primero quiere hacer compatible la democracia y la modernidad con la conservación de la identidad islámica, mientras que el segundo utiliza el islam y el petróleo para evitar cualquier democratización y preservar el poder de las oligarquías familiares.

También Irán observa los movimientos con peligrosa avidez geopolítica. Tiene sus buenos tentáculos en el mismo Irak organizado por Estados Unidos y confía en sacar tajada de la agitación entre la extensa población chiíta de la península Arábiga. Cuenta con mejorar sus relaciones con Egipto después de haberlo hecho con Turquía y cultiva los secretos de su proyecto nuclear como expresión de su soberana voluntad hegemónica en la zona. Y también se angustia ante la primavera árabe, que puede sembrar de nuevo la revuelta entre sus jóvenes, pero de momento amenaza con sustraerle al principal aliado de la zona que es Siria.

La libertad es indeterminación e incertidumbre. Todo se mueve, pero la dirección es dudosa. Sobre todo porque ya se ha visto que no hay nadie al volante de este vehículo lanzado por una pista llena de peligrosos virajes. Sin líderes y sin mapas. Con la geometría de las instituciones internacionales todavía amoldadas al mundo de la guerra fría. El vendaval financiero desatado en 2007 por las hipotecas subprime en Estados Unidos apenas ha permitido reformar al G-20 e incorporar a las nuevas potencias emergentes, la parte del mundo donde la economía crece, aunque con mediocres resultados a la hora de avanzar en la domesticación del desorden económico del mundo.

Inutilizado el G-8 por la fuerza de los hechos y sin capacidad de cuajo el G-20, siguen siendo las instituciones salidas de la victoria sobre Alemania y Japón en 1945 las únicas que de verdad cuentan, empezando por el Fondo Monetario Internacional, de crucial papel en la resolución de la crisis de las deudas soberanas europeas y del propio euro. Solo faltaba la caída en los infiernos de su director gerente, Dominique Strauss-Kahn, para que los europeos aparecieran en toda su fragilidad defendiendo su sustitución por otro europeo en vez de una personalidad de un país emergente.

La incapacidad del mundo para gobernarse es la foto ampliada de una incapacidad más próxima, la de los europeos para enfrentar los retos de la crisis, adaptarse a los desplazamientos de poder y adoptar políticas comunes coherentes en algunos capítulos imprescindibles, entre los que sobresalen sus políticas económica y monetaria, energética y medioambiental y exterior y de defensa. No sirve la Unión Europea, obligadamente ensimismada en la salvación de las deudas soberanas de los países del sur, y se halla asimismo averiada la Alianza Atlántica, escurridiza en Afganistán e irresolutiva en Libia.

Los inservibles soberanismos nacionales regresan de la mano de los populismos y las xenofobias, el miedo al inmigrante y la exclusión del extraño, que han hecho ya entrada en Parlamentos y Gobiernos. Al retorno de los brujos o de sus fantasmas le acompaña el derrumbe de la socialdemocracia, la fuerza política que más ha hecho por el Estado social en Europa, obligada ahora a desaparecer por el foro, después de rendirse y de recortarlo. Como en la década de los noventa en los Balcanes, la intervención militar en Libia ha revelado de nuevo la incapacidad ejecutiva de los europeos para resolver por sí solos los problemas de su entorno si no hay un claro y enérgico liderazgo de Washington. En aquel entonces, Bill Clinton se puso al frente, pero esta vez Barack Obama ha preferido acogerse a la paradoja de "liderar desde atrás". Después de las experiencias de Irak y Afganistán, con las montañas de una deuda que hipoteca el futuro, no hay recursos ni energías políticas para hacer otra cosa.

París y Washington han sido muy activos, junto a Londres, para obtener la resolución de Naciones Unidas que autoriza al uso de la fuerza para proteger a la población libia atacada por su déspota en jefe Muamar el Gadafi. La aprobación de la resolución en el Consejo de Seguridad, gracias a la abstención de Rusia y China, que no quisieron utilizar su derecho de veto, aportó dos sorpresas calificables de históricas y de largas consecuencias políticas: una mala, que Alemania también se abstuvo, en disonancia con Londres y París y como nueva demostración de la deriva que conduce a Berlín a políticas y decisiones cada vez menos europeístas; y otra buena, como ha sido la resurrección del deber de proteger a las poblaciones en riesgo de genocidio, del que se desprende el derecho de injerencia de la comunidad internacional en la soberanía de quienes ataquen o desprotejan a sus poblaciones.

Para Francia y Estados Unidos la intervención en Libia ha sido también un cierto lavado de cara después de su dudoso comportamiento con Túnez y Egipto. Ben Ali y Mubarak consiguieron consolidar e incluso prolongar sus dictaduras gracias, respectivamente, a las complicidades, en algunos casos con corrupción económica incluida, con políticos y gobernantes franceses, y a los intereses geoestratégicos de Estados Unidos e Israel en la estabilidad del entorno inmediato del canal de Suez, el Sinaí y la franja de Gaza.

Las dificultades y los virajes ante la primavera árabe son solo un reflejo del desorden del mundo. El cambio afecta a todos, incluso a los países democráticos y a las relaciones de vecindad entre las distintas potencias de la zona. Estados Unidos ya no está al mando, pero tampoco hay sustitutos. El secretario de Defensa saliente, Robert Gates, ha puesto dramáticamente el dedo en la llaga a propósito de los ataques de la OTAN contra el coronel Gadafi: si los europeos no se comprometen en su seguridad, el futuro de la Alianza está en peligro. Nunca las relaciones transatlánticas habían llegado a un punto más bajo.

A la salida del sueño del mundo gobernado multilateralmente sucedió el espejismo del planeta unipolar que debía calificar como definitivamente americano al siglo XXI. Pero el estallido multipolar que corona el primer decenio del siglo se está convirtiendo en la pesadilla de una globalidad volcánica, sin modelos ni dirección, en manos de los mercados y de la comunicación viral. En el mejor de los casos, un G-2, es decir, el mundo gobernado por dos, China y Estados Unidos. Y en el peor, en expresión de los expertos Ian Bremmer y David Gordon, un G-0, la silla del conductor vacía.

Las revoluciones árabes son un avatar de la globalización y su más violento coletazo. También son una forma de emergencia. Turquía, con un buen asiento en la mesa de juego, es un país emergente o si se quiere reemergente. A poco que salgan bien las cosas, también lo puede ser Egipto, aunque tiene un trecho enorme por recorrer. Pero donde mejor se expresa el carácter de las revueltas es en las ansias por vivir, trabajar y disfrutar de la libertad por parte de las nuevas generaciones árabes, unos jóvenes tan bien adaptados a las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación como lo están las gentes de la misma edad del resto del mundo, y más específicamente los indignados que han ocupado las plazas españolas en protesta por las deficiencias de su sistema político ante la crisis y el paro. Es por tanto la emergencia de una generación global, que no se resigna a permanecer impávida en la mera aceptación del mundo en el que viven.

Así es como este terremoto geopolítico que ha hecho cambiar la geometría de las relaciones internacionales en apenas medio año no es más que una réplica, quizás la más intensa y concentrada, del movimiento sísmico que está desplazando el poder, la riqueza e incluso las ideas y valores desde el Occidente donde se asentaron durante los dos últimos siglos en dirección al sur y a oriente y también en el interior mismo de las sociedades, desde las zonas y clases hegemónicas hacia nuevas generaciones y grupos sociales.

La fuerza de este cambio viene también determinada por su velocidad. Todo sucede aceleradamente. Los acontecimientos de lo que llevamos de 2011 se amontonan: la primavera árabe, la exhibición de poderío militar de Obama frente a Osama, la catástrofe nuclear de Fukushima, los indignados en las plazas españolas, todo ello en un fondo de crisis europea que afecta a la gobernanza económica, a la estabilidad del euro y al mantenimiento del modelo social que ha caracterizado históricamente al continente.

La aceleración puede observarse también en el adelanto que llevan las previsiones sobre el sorpasso que está sufriendo Occidente de la mano de estos emergentes: según el FMI, la China que ya está en cabeza de la producción manufacturera mundial y del consumo de energía, igualará a Estados Unidos dentro de cinco años en PIB, mucho antes de lo que rezaban las anteriores previsiones. También India superará a Japón y se convertirá en la tercera economía mundial ya en 2016. Unas nuevas clases medias globales, surgidas de lo que hasta ahora eran los suburbios pobres del mundo, empujan con fuerza en todos los ámbitos: consumen más, quieren más oportunidades para estudiar y trabajar, exigen derechos y aspiran legítimamente a sus cuotas de poder en su país y en la gobernanza mundial. Todavía tardarán muchos años en atrapar a las clases medias europeas y americanas en nivel de renta y en capacidad adquisitiva, pero ya han conseguido hacerlo con su empuje demográfico y en su actitud eufórica ante el mundo cambiante. Unos se comportan de conformidad con quienes aspiran tan solo a mantener lo que tienen y los otros con el vitalismo de quienes se hallan en plena ascensión.

Las nuevas potencias ascendentes, en todo caso, van a lo suyo, a su interés y a su provecho. Es del todo lógico y nada puede reprochárseles en este capítulo. Ellos son los que menos sufren o se preocupan de las tres averías de la globalización: la medioambiental, la geopolítica y la económica. La que se ha declarado en Fukushima y nos ha proporcionado la ecuación irresoluble de unos costes energéticos que no cuadran con nuestros recursos, la que se ha abierto en el mundo árabe descomponiendo el sistema de alianzas que ha funcionado durante 70 años y la que se ha declarado con las cuentas de los países occidentales, obligados a recortar sus déficits públicos y a reformar sus sistemas de salud y de pensiones si no quieren terminar devorados por sus deudas.

Los emergentes ya tendrán tiempo más adelante, cuando termine su actual etapa de crecimiento acelerado, para preocuparse por estas y otras averías. Ahora son países optimistas que han transferido el sufrimiento y el victimismo a las clases medias europeas azotadas por la crisis. También el vértigo y la sensación de vacío son percepciones occidentales, que apenas sirve para países de potente demografía, economía boyante e incluso Gobiernos en nada ajenos a la peripecia del mundo global, pero ante todo asidos firmemente al volante de su propio automóvil y atentos a su carretera ascendente.




Fuente: ElPaís.com
Autor: Lluís Bassets, periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".





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miércoles, 23 de febrero de 2011

Vergüenza. Por Lluís Bassets

Ha sucedido en tantas ocasiones que no vamos a escandalizarnos por una más. Recordemos los Balcanes o Ruanda. Nunca más. En cada ocasión hemos recorrido los mismos penosos caminos. En cada ocasión los europeos hemos dado un bochornoso espectáculo de inhibición e indiferencia y luego, cuando ya no tenía remedio, entonado el mea culpa. Y, como si nada, de vuelta a las andadas. Ahora mismo. Justo cuando los pueblos del sur del Mediterráneo se levantan, nuestros gobiernos, la Unión Europea, el conjunto de las instituciones internacionales, demuestran que están en otras cosas. Aquella fosa mediterránea que nos separaba en desarrollo, rentas y demografía se hace estos días más ancha y más profunda. Ahora es un abismo de ignorancia y desinterés.

En todos y cada uno de los pasos, zancadas más bien, que está dando la revolución democrática en el mundo árabe, hemos reaccionado tarde y mal. Lastrados al principio por nuestras estrechas relaciones con los dictadores y reyezuelos. Después, por las malas excusas sobre la estabilidad y los peligros del islamismo. Y, finalmente, por una política exterior europea ya difunta. El colmo insoportable lo han facilitado los últimos acontecimientos de Libia, donde corre la sangre a raudales, vertida criminalmente por un protegido de occidente.

Navegar por las páginas en Internet de las instituciones internacionales y europeas es un ejercicio aleccionador sobre esta fosa y sobre la parsimonia con que unos y otros reaccionan ante la matanza que está perpetrando el coronel Gadafi entre su población. La presidencia semestral de la UE, a cargo ahora de Hungría, se ocupa de cualquier cosa menos de la revuelta árabe y de los centenares de víctimas de la represión que se están produciendo. El presidente del Consejo Herman van Rompuy todavía tiene el reloj en la hora en que Mubarak estaba tambaleándose. La representante europea para Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, va un poco más adelantada: le pide a las autoridades de Bahrein que hagan el favor de evitar actuaciones violentas y viaja esta semana próxima a El Cairo.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se ha quedado en el voto mayoritario y el veto estadounidense sobre los asentamientos israelíes en territorio palestino. Fue el viernes por la noche y estamos en fin de semana. La diplomacia tiene naturalmente derecho al descanso. No entremos en las comedidas reacciones de la Conferencia Islámica y de la Liga Arabe. ¿Y nuestra querida Unión para el Mediterráneo, con sede en Barcelona, presidida todavía por el depuesto Mubarak y por Nicolas Sarkozy? Sin secretario general, dimitido, y con esta copresidencia sonrojante, lleva dos años largos desde su fundación sin hacer nada. ¿No hay nadie en Bruselas o en Pedralbes para hacer un simple comunicado que tape un poco nuestra vergüenza? ¿Nadie en ningún organismo internacional que convoque una reunión de urgencia para evitar que siga la matanza?

Los ministros de Exteriores de los 27 que se reúnen hoy en Bruselas en su consejo mensual tienen la oportunidad de demostrar que por una vez saben estar a la altura de las circunstancias. ¿Harán algo más que encargar a sus funcionarios la redacción de un sentido e inútil comunicado sobre la sangrienta represión en Libia? La UE debiera convocar una cumbre extraordinaria para frenar la matanza y preparar los planes de ayuda a las transiciones democráticas. Estamos dirigidos por lo que se ve por cansinos comentaristas de la actualidad (que no aciertan ni siquiera a llegar a tiempo en sus comentarios) y no por personas dispuestas a tomar decisiones, auxiliar a las poblaciones y enfrentarse a las dificultades que plantea el mayor acontecimiento histórico que se produce a nuestras puertas desde 1989.




Fuente: ElPaís.com / Del alfiler al elefante
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".



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lunes, 7 de febrero de 2011

¿Dónde han ido a parar los islamistas? Por Oliver Roy

El joven vendedor ambulante tunecino que desencadenó la revuelta al quemarse en público nos recuerda a los monjes budistas vietnamitas en 1963 o a Jan Palach en Checoslovaquia en 1969, unos actos de naturaleza precisamente opuesta a la de las bombas suicidas que son la marca registrada del actual terrorismo islámico.

Incluso en este acto sacrificial no ha habido nada de religioso: ningún turbante verde o negro, ninguna túnica blanca, nada de ¡Alá Akbar!, nada de llamamientos a la yihad. Se ha tratado, por el contrario, de una protesta individual, desesperada y absoluta, sin una palabra sobre el paraíso o la salvación. En este caso el suicidio era el último acto de libertad dirigido a avergonzar al dictador y a instar a la gente a reaccionar. Era un llamamiento a la vida, no a la muerte.

En las sucesivas manifestaciones en las calles, no se invocó un Estado islamista, ni los manifestantes se pusieron sudarios blancos frente a las bayonetas, como en Teherán en 1978. Ninguna referencia a la sharía ni a la ley islámica. Y, lo más sorprendente, ningún "¡abajo el imperialismo de Estados Unidos!". El odiado régimen era percibido como indígena, como el resultado del miedo y de la pasividad, y no como la marioneta del neocolonialismo francés o norteamericano, a pesar del refrendo que había obtenido por parte de la élite política francesa.

En vez de ello, los manifestantes pedían libertad, democracia y elecciones con pluralidad de partidos. Dicho sencillamente, querían verse libres de la cleptocrática familia gobernante ("¡dégage!", o sea "¡despeja!", ha sido la popular expresión francesa utilizada como consigna).

En esta sociedad musulmana nada se ha puesto de manifiesto acerca de "un excepcionalismo islámico". Y, al final, cuando los líderes islamistas reales han vuelto de su exilio en Occidente (sí, estaban en Occidente, no en Afganistán ni en Arabia Saudí) estos, como Rachid Ghanuchi, han hablado de elecciones, Gobierno de coalición y de estabilidad, al tiempo que mantenían un bajo perfil.


¿Han desaparecido los islamistas?

No. Pero, al menos en África del Norte, muchos de ellos se han convertido en demócratas. Es verdad que grupos marginales han seguido la senda de una yihad global y nómada, y que vagabundean por el Sahel en busca de rehenes, pero no cuentan con el apoyo real de la población. Esa es la razón por la que se han ido al desierto.

Sin embargo, esos salteadores de caminos siguen estando considerados por los Gobiernos occidentales como una amenaza estratégica que dificulta el diseño de una política a largo plazo. Otros islamistas sencillamente han dejado la política y se han encerrado en casa para seguir un piadoso y conservador, aunque apolítico, estilo de vida. Al igual que a sus mujeres, le han puesto un burka a sus vidas.

Pero el grueso de los antiguos islamistas ha llegado a la misma conclusión que la generación que fundó el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en Turquía: no hay tercera vía entre democracia y dictadura. Solamente hay dictadura y democracia.

Este reconocimiento del fracaso del islam político ha coincidido con el talante de esa nueva generación de manifestantes en Túnez. La nueva generación árabe no está motivada por la religión o la ideología, sino por la aspiración a una transición pacífica hacia un Gobierno decente, democrático y "normal". Tan solo quieren ser como los demás.

La revuelta tunecina ayuda a aclarar una realidad respecto del mundo árabe: el terrorismo que hemos contemplado estos últimos años, que es un milenarismo utópico, no proviene de las sociedades reales de Oriente Próximo. Es mucho más fácil encontrar radicales islámicos en Occidente que en estos países.

Naturalmente, el cuadro difiere entre un país y otro. La generación posislamista es más visible en el norte de África que en Egipto o Yemen, por no hablar de Pakistán, que es un país que se derrumba. Pero en todo el Oriente Próximo árabe, la generación que está liderando la protesta contra la dictadura no tiene un carácter islámico.

Eso no quiere decir que no queden grandes desafíos a los que enfrentarse. De hecho, son muchos: cómo encontrar líderes políticos que puedan estar a la altura de las expectativas populares; cómo evitar los escollos de la anarquía; cómo reconstruir los vínculos políticos y sociales que han sido deliberadamente destruidos por los regímenes dictatoriales y reconstruir una sociedad civil.

Pero hay al menos una cuestión inmediatamente suscitada por la revolución tunecina.

¿Por qué sigue apoyando Occidente a la mayoría de las dictaduras de Oriente Próximo incluso cuando esta oleada democrática agita la región? En el pasado, por supuesto, la respuesta ha sido que Occidente ha visto en los regímenes autoritarios el mejor baluarte contra el islamismo.

Esa fue la razón oculta de su apoyo a la cancelación de las elecciones de Argelia en 1990, de que se hiciera la vista gorda con el tinglado de las elecciones egipcias y de que se ignorara lo que los palestinos eligieron en Gaza.

A la luz de la experiencia tunecina ese planteamiento tiene que volver a ser evaluado. En primer lugar, porque esos regímenes ya no constituyen un baluarte fiable. Podrían simplemente desmoronarse en cualquier momento. En segundo lugar, ¿contra qué son un baluarte si la nueva generación es posislamista y prodemocrática?

Del mismo modo que Túnez ha supuesto un momento decisivo para el mundo árabe tiene también que suponer un momento decisivo en la política occidental respecto a la región. La realpolitik de hoy significa apoyar la democratización de Oriente Próximo.




Fuente: ElPais.com
Autor: Olivier Roy, profesor en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, es autor de Holy Ignorance y The Failure of Political Islam.
Traducción: Juan Ramón Azaola.



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