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miércoles, 1 de febrero de 2012

Davos ve tres riesgos: el euro, Europa y la UE. Por Claudi Pérez

La confusión y el desconcierto sobre cómo salir de una crisis que va hacia su quinto año se apoderan del debate
Lamentamos sinceramente decirles que han vivido por encima de sus posibilidades y van a pasar años de penalidades. Lamentamos sinceramente reconocer que la banca es una de las grandes culpables de esta crisis, pero es intocable porque sin ella todo esto se viene abajo. Lamentamos sinceramente comunicarles que todos los problemas globales se resumen en uno, Europa, y que como las leyes de la economía son despiadadas Europa lo va a pagar caro. La edición de 2012 del Foro Económico Mundial se cierra hoy en Davos con esos tres lamentos a modo de resumen. La Gran Recesión se encamina hacia su quinto año y lo más probable es que ese no sea más que el ecuador de esta amarga travesía, especialmente en el viejo continente: el hombre de Davos, sea lo que sea el hombre de Davos, ve tres riesgos por delante. La santísima trinidad: Europa, el euro y la UE.

Los empresarios, los banqueros y ese poder fáctico oscuro e impersonal que son los mercados -que en Davos se materializan como en ningún otro lugar- saben qué hacer en las épocas de bonanza. Y saben qué hacer en medio de un crash. El problema es que en la coyuntura actual no hay ni lo uno ni lo otro: hay países que crecen a toda velocidad y áreas económicas sumidas en un letargo peligroso, con el Oeste estancado y el Este con ganas de comerse el mundo. En ese desconcierto, las brújulas no funcionan. Ese es el espíritu de Davos 2012, "una mezcla de resignación y perplejidad, de expectativas y de confusión", apunta el analista Moisés Naím. Con una víctima propiciatoria por encima de todas: Europa.

"Nunca había tenido tanto miedo como ahora de lo que está pasando en la eurozona. Hagan algo. Háganlo rápido. Sí, ya sé, no hay dinero: búsquenlo". Donald Tsang, presidente del Gobierno autónomo de Hong Kong, resumió ayer el sentir del foro en una sola frase. Pero Davos es un lugar de contrastes: la eurozona tiene un relato muy diferente.

Nunca los líderes europeos habían venido a Suiza con un mensaje tan nítido: una oleada de austeridad y reformas recorre el continente y empapa su ideario. Las medidas extraordinarias del Banco Central Europeo (BCE) han conseguido evitar una catástrofe y los dos últimos meses han sido un oasis de tranquilidad. A la pregunta de si ese paréntesis está aquí para quedarse, Europa cierra filas: son los recortes y las reformas lo que ha devuelto la credibilidad al euro, según la tesis de la canciller Angela Merkel, que repiten los demás países con una impavidez estupefaciente. "La UE es otro mundo respecto a hace solo unos meses", subraya el presidente del BCE, Mario Draghi.

Fuera de Europa las cosas se ven de otra manera. "Europa tiene la extraña costumbre de cantar victoria demasiado pronto", critica en los pasillos del Foro un extraordinario jugador de ajedrez, Ken Rogoff, que es además autor de uno de los libros de referencia de la crisis, Esta vez es diferente, irónico título para un relato acerca del parecido de las crisis en los últimos ocho siglos. Y no, esta vez tampoco es diferente: las crisis más duras, aquellas que se dan una vez en un siglo, suelen dejar profundas cicatrices, y en su desarrollo suelen combinar periodos de relativa tranquilidad (como este) con sacudidas inesperadas y violentas (como las que puede que estén por venir).

"Las presiones se han relajado porque el BCE se ha puesto a imprimir dinero a toda velocidad. Perfecto: eso le da al sistema financiero tres, cuatro años de tranquilidad. Pero eso es menos de la mitad de la solución: los latigazos en los mercados van a volver. La UE necesita una nueva constitución, necesita convertirse en los Estados Unidos de Europa, necesita un salto adelante político que puede requerir 40, 50 años. Pero lo necesita ahora", sostiene Rogoff. Y añade: "La crisis empieza a tomar dimensiones existenciales: Grecia y probablemente Portugal están desahuciados; España e Italia son las líneas rojas. Esto ha dejado de ser un problema económico: esta es ya una crisis política y la solución política, de momento, es inadecuada: se impone austeridad y nada más, y el Sur no puede aguantar tres, cuatro años de recesión".

Tampoco esta vez los casandras se dan un respiro. "La situación es ahora más potencialmente peligrosa que la previa a la caída de Lehman Brothers", según el gurú George Soros. Para Stephen Roach, presidente de Morgan Stanley en Asia, "el panorama va a ser más frágil de lo que ahora parece en cuanto aparezcan los primeros datos de la recesión que se avecina o ya está aquí".

La veda de críticas está abierta, y puede que Europa lo tenga merecido. Washington y Londres han pasado por aquí despotricando contra la UE. En los foros latinoamericanos se reprocha la altivez de los europeos, incapaces de aprender algo de su crisis en los ochenta. El miedo ha calado tanto en Asia que países como China están dispuestos a poner dinero. El mundo al revés: los emergentes al rescate, los anglosajones (epicentro de la crisis) dando lecciones. Pero ideas, pocas. Una de las más lúcidas fue ayer la de la directora gerente del FMI, Christine Lagarde: "Reducir deudas es un maratón, no un sprint". "Hace tres años fue un error que el FMI recetara estímulos generalizados para países con problemas distintos, y ahora es un error esa oleada de austeridad que no tiene en cuenta las especificidades de cada caso". ¿Recado para Merkel?

Lo más interesante de Davos son sus pasillos, ver cómo revolotean los buitres. Los hedge funds preguntan a diestro y siniestro, manejan cantidades ingentes de información y de vez en cuando descerrajan uno de esos análisis que suenan como navajazos: "Alemania echó a Berlusconi, condenó a los socialistas en España, ha conseguido imponer recortes salvajes a toda Europa", dice un tipo de unos 30 años que devora panecillos en uno de los bares del centro de congresos. "Pero Alemania aún no ha hecho nada a cambio. El tren de la crisis europea se mueve ahora a cámara lenta, pero se mueve, y solo puede ir en dos direcciones: o el euro se rompe después de toda esta tortura de austeridad, y el zarandeo sería increíble, o los alemanes aceptan los eurobonos y el coste político que acarrean". "Un lío", apostilla.






Fuente: ElPais.com
Autor: Claudi Pérez es periodista en la sección de economía del diario El País, España. Enviado especial a Davos.
Fotografía: BusinessWeek.com






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jueves, 12 de enero de 2012

Matar al euro. Por Paul Krugman

¿Se puede salvar al euro? No hace mucho, nos decían que el peor desenlace posible era una suspensión de pagos de Grecia. Ahora parece muy probable un desastre mucho más extendido.

Es cierto que la presión en los mercados se relajó un poco el miércoles después de que los bancos centrales hicieran el sensacional anuncio de una ampliación de las líneas de crédito (lo cual, a efectos prácticos, apenas supondrá una diferencia). Pero hasta los optimistas ven ahora que Europa se encamina hacia la recesión, mientras que los pesimistas advierten de que el euro podría convertirse en el epicentro de otra crisis financiera mundial.

¿Cómo se han torcido tanto las cosas? La respuesta que oímos todo el tiempo es que la crisis del euro fue provocada por la irresponsabilidad fiscal. Enciendan el televisor y muy probablemente encontrarán a algún lumbreras declarando que si Estados Unidos no recorta el gasto terminará como Grecia. ¡Greeeeeecia!

Pero lo cierto es casi lo opuesto. Aunque los líderes europeos siguen insistiendo en que el problema es un gasto demasiado elevado en las naciones deudoras, el auténtico problema es un gasto demasiado reducido en Europa en su conjunto. Y sus intentos de arreglar las cosas exigiendo una austeridad cada vez más severa han desempeñado un papel decisivo para empeorar la situación.

La historia hasta el momento: en los años que precedieron a la crisis de 2008, Europa, al igual que Estados Unidos, tenía un sistema bancario fuera de control y una deuda que aumentaba a toda velocidad. Sin embargo, en el caso de Europa, gran parte de los préstamos eran transfronterizos, ya que los fondos de Alemania fluían hacia el sur de Europa. Estos préstamos se consideraban de bajo riesgo. Todos los receptores estaban en el euro, así que, ¿qué podía ir mal?

La mayoría de estos préstamos, por cierto, fueron a parar al sector privado, no a los Gobiernos. Solo Grecia registraba grandes déficits presupuestarios durante los años de vacas gordas; España tenía de hecho un superávit justo antes de la crisis.

Entonces la burbuja estalló. El gasto privado en las naciones deudoras cayó drásticamente. Y la pregunta que los líderes europeos deberían haber estado haciendo era cómo mantener esos recortes del gasto sin causar una recesión en toda Europa.

En lugar de ello, sin embargo, respondieron al inevitable aumento del déficit, impulsado por la recesión, exigiendo que todos los Gobiernos -no solo los de las naciones deudoras- recortaran el gasto y aumentaran los impuestos. Desestimaban las advertencias de que esto profundizaría la recesión. "La idea de que las medidas de austeridad pueden provocar un estancamiento es errónea", declaraba Jean-Claude Trichet, en aquel entonces presidente del Banco Central Europeo. ¿Por qué? Porque "las políticas que inspiran confianza impulsarán la recuperación económica, no la obstaculizarán".

Pero el hada de la confianza no se presentó.

Y esperen, hay más. Durante los años del dinero fácil, los salarios y los precios en el sur de Europa aumentaron mucho más deprisa que en el norte de Europa. Esta divergencia debe corregirse ahora, bien mediante una bajada de los precios en el sur o mediante una subida de los precios en el norte. Y no da igual cuál de las dos: si el sur de Europa se ve obligado a recuperar la competitividad a través de la deflación, pagará un alto precio con el empleo y empeorará su problema de deuda. Las posibilidades de éxito serían mucho mayores si el desfase se corrigiera mediante un aumento de los precios en el norte.

Pero para corregir el desfase mediante un aumento de los precios en el norte, los responsables políticos tendrían que aceptar temporalmente una inflación más alta para la eurozona en su conjunto. Y ya han dejado claro que no piensan hacerlo. De hecho, el pasado abril, el Banco Central Europeo empezó a aumentar los tipos de interés, a pesar de que para la mayoría de los observadores era evidente que la inflación subyacente era, en todo caso, demasiado baja.

Y probablemente no sea una coincidencia que abril fuera también el mes en que la crisis del euro entró en una nueva fase, más grave. Olvídense de Grecia, cuya economía tiene para Europa aproximadamente la misma importancia que la de Miami para Estados Unidos. A estas alturas, los mercados han perdido fe en el euro en su conjunto, lo cual ha hecho que los tipos de interés suban todavía más para países como Austria y Finlandia, que no se distinguen precisamente por ser derrochadores. Y no es difícil ver por qué. La combinación de austeridad para todos y un banco central enfermizamente obsesionado con la inflación hace que sea básicamente imposible para los países endeudados escapar de la trampa de la deuda y, por consiguiente, es la fórmula para multiplicar las suspensiones de pagos, los pánicos bancarios y el desplome financiero.

Espero, por nuestro bien y por el de los europeos, que estos cambien de rumbo antes de que sea demasiado tarde. Pero, para ser sincero, no creo que vayan a hacerlo. De hecho, es mucho más probable que Estados Unidos les siga por el camino hacia la ruina.

Y es que en Estados Unidos, al igual que en Europa, la economía se ve debilitada por deudores en apuros (en nuestro caso, los propietarios de viviendas fundamentalmente). Y en Estados Unidos también necesitamos desesperadamente políticas fiscales y monetarias expansionistas para sostener la economía mientras estos deudores tratan de recuperar la salud financiera. Así y todo, al igual que en Europa, la retórica pública está dominada por los cascarrabias del déficit y los obsesos de la inflación.

De modo que la próxima vez que oigan a alguien afirmar que si no recortamos el gasto nos convertiremos en Grecia, su respuesta debería ser que si en efecto recortamos el gasto mientras la economía sigue deprimida, nos convertiremos en Europa. De hecho, ya llevamos hecha gran parte del camino.






Fuente: ElPais.com
Autor: Paul Krugman (EEUU, 1953-) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Actualmente profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times.
Traducción: News Clips






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viernes, 12 de agosto de 2011

Un fantasma europeo nuevo, Por Miguel Á. Bastenier

Explosión social en Reino Unido
Un nuevo fantasma recorre Europa. Una protesta masiva, que apenas puede tener algún parentesco distante con la legítima y pacífica indignación de los congregados en la Puerta del Sol, ha degenerado en Reino Unido en varias jornadas de vandalismo y saqueo. Y lo más curioso de este "grave desorden social" como lo ha calificado con pudor de clase la terminología oficial, ha sido como un salto atrás en el tiempo, precisamente hasta esa época del siglo XIX en la que Marx predecía la aparición del fantasma originario. Londres, como otras capitales de Europa, era entonces una aglomeración urbana sumamente peligrosa, en la que imperaba la ley del más fuerte, y tan solo en la madura fase maquinista de la revolución industrial pudieron la ciudad y el país contar con una policía capaz de pacificar las calles.

El deterioro de las condiciones de vida y de oportunidades de progreso social, tras el drástico plan de recortes del Gobierno conservador de David Cameron, en el contexto de la crisis económica mundial, explican en lo inmediato el estallido de los guetos de Londres y otras ciudades inglesas, pero en el horizonte figuran también, obstinados, los años de neoliberalismo y dejación de Estado durante el mandato de la señora Thatcher, la primera ministra cuyo mayor placer era decir que no a Europa. Hoy, ante el desmadejamiento de la Europa del euro, la dama de hierro podría incluso pensar cuánta razón tenía en reducir al mínimo practicable para mantener a Europa como cliente, la integración británica en la UE. Pero se equivocaría. Ese déficit político, que sufre la UE a causa de líderes como Margaret Thatcher, se encuentra en la base misma de la incapacidad comunitaria para combatir o, mejor aún, prevenir la crisis. Más Europa y no menos es lo que hace falta para combatir la desarticulación social. Pero, a medida que se amplía el enfoque del problema, aparecen nuevos factores que nutren el conflicto.

El racismo es condenable, venga de donde venga. Pero no todo él es siempre uno y lo mismo. El factor étnico ha sido central en el estallido de la protesta. La muerte inexplicada de un ciudadano negro a manos de la policía en Tottenham, uno de los barrios más pobres de la capital, dio lugar primero a una protesta pacífica de la comunidad, casi toda de color, ante la comisaría del barrio, pero al día siguiente era ya una orgía de salteadores de comercios y prácticas de la guerrilla urbana contra la fuerza pública.

Las grandes nacionalidades occidentales han sufrido -a semejanza de los autores de la Biblia- una morbilidad recurrente, que podría llamarse síndrome del pueblo elegido, lo que también es una forma de racismo. La Castilla imperial la padeció en su siglo: "El español es la lengua para hablar con Dios"; un puñado de intelectuales y revolucionarios franceses pudieron sentir que solo un pueblo excepcional podía darle al mundo la declaración de los derechos del hombre; y la Gran Bretaña se inoculó asimismo el virus, quizá, con el triunfo de la Reforma. Véase el God's Englishman, de Christopher Hill, el gran historiador marxista del mesianismo puritano inglés en el siglo XVII.

Cuando reventaron hace unos años los bidonvilles de París y otras ciudades francesas, sus protagonistas, mayormente de origen norteafricano, protestaban porque siendo muchos de ellos ya naturales del país, no creían recibir los beneficios acreditados a esa condición. La tumultuaria refriega inglesa va más allá: separados, bueno, pero iguales. Las clases rectoras británicas tienen interiorizada la convicción de una superioridad innata que en Francia y en España es obvia, folclórica y declamatoria, como sus respectivos racismos. La superioridad anglosajona no es exhibicionista, pero igualmente crea guetos. Francia, glotona de legalidad, prohíbe el velo islámico en las escuelas, porque quiere regular hasta el último detalle de la grandeza de la nación. Reino Unido, en cambio, contempla con indiferencia la prenda como si fuera únicamente de vestir. Pero esa falta de fe británica en el poder de la ley para reformar la realidad es la gran aliada del statu quo. Son los llamados usos y costumbres.

Europa va a salir muy desmejorada de esta crisis, que ya puede calificarse de depresión, tanto material como moral. Los indignados son en España una justísima manifestación ciudadana, muy diferente de la premier league antidemocrática de Inglaterra. Pero que nadie dé por sentado que la enfermedad no puede declararse en ningún otro lugar.





Fuente: ElPais.com
Autor: Miguel Á. Bastenier, licenciado en Historia y Derecho de la Universidad de Barcelona y en Lengua y Literatura inglesa de la Universidad de Cambridge. Graduado en periodismo de la Escuela Oficial de Madrid y experto en temas de política internacional. Actualmente es el subdirector de Relaciones Internacionales del diario El País de España, donde trabaja desde 1982, así como es profesor de la maestría de Reporterismo y Géneros Periodísticos en la Escuela de Periodismo del diario español, fundada en 1988. E investigador y Maestro Consejero de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano. Ha publicado numerosos artículos en la prensa europea (Libération, Le Monde, The European, Le Point, Le Soir, The Irish Times) y en la mayoría de los periódicos más importantes de América Latina: El Espectador y Semana (Colombia), Folha de Sao Paulo (Brasil), Público (México), Búsqueda (Uruguay) entre otros. En 2001 publicó El Blanco Móvil (Editorial Aguilar-El País 2001), en 1999 publicó La Guerra de Siempre (Editorial Península), en 2002 Israel-Palestina: La Casa de la Guerra, y en 2010 ‘Cómo escribir un periódico’. También ha dirigido varios libros colectivos, entre ellos Grandes Protagonistas del siglo XX (2000).
Fotografía: Forbes.com




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lunes, 11 de julio de 2011

Epidemia de malas ideas. Por Moisés Naím

¿Caerá Grecia? ¿Se llevará consigo al euro? ¿Qué sucede si Pakistán entra en un caos político, o si las revueltas árabes producen incontenibles oleadas de refugiados hacia Europa? ¿Qué es más amenazante para la estabilidad de la economía mundial: un eventual estancamiento de China o la explosión de la deuda pública en Estados Unidos? El mundo está lleno de fragilidades y las noticias nos lo recuerdan a diario. Pero también hay otro tipo de fragilidad que, aunque menos visible, puede ser igual de peligrosa: la fragilidad intelectual.

Me refiero a la creciente frecuencia con la que las malas ideas se transforman en decisiones que nos afectan a todos.

Los gobernantes siempre se han mostrado vulnerables a la seducción de las malas ideas, muchas veces potenciadas por intelectuales, periodistas y otros actores influyentes. Pero ahora, las nuevas tecnologías, la globalización y la creciente presión para responder con rapidez y audacia a los problemas -muchos de ellos sin precedentes- han acentuado esta fragilidad. Las malas ideas se popularizan y se esparcen rápidamente por el mundo, antes de que aparezcan sus defectos. Y lo que es peor: enfrentados a las crisis (políticas, económicas, militares), los líderes se ven cada vez más tentados a apostar en grande -vidas, dinero, capital político- basados en ideas espurias. La invasión de Irak es un buen ejemplo, como lo son también la reacción inicial a la crisis económica mundial o, más recientemente, a la de Grecia.

Esto no es nuevo. La historia está salpicada de teorías que se ponen de moda e inspiran políticas, para terminar siendo refutadas o reemplazadas por otras. Algunas, como el comunismo o el fascismo, son construcciones ambiciosas, que proponen Enlaceuna visión total del mundo. Otras son más modestas en su alcance. La teoría de la dependencia, la curva de Laffer popularizada por Ronald Reagan, la presunta superioridad de la cultura gerencial japonesa o la idea de que es inteligente invertir grandes sumas en compañías de Internet sin ingresos fueron conceptos populares, luego demolidos por la realidad.

Igualmente hay buenas ideas que, después de ganar cierta notoriedad, son ignoradas porque resultan políticamente onerosas. La crisis económica puso sobre la mesa la necesidad de dotar al mundo de una "nueva arquitectura financiera". Hoy la necesidad sigue en pie, pero la propuesta ha pasado de moda y ya no cuenta con el apoyo que tenía durante el clímax del pánico financiero.

Si bien el ciclo nacimiento, apogeo y descarte (algunas veces incluso resurrección) ha sido una constante histórica de las ideas que influyen sobre grandes decisiones, su duración se ha abreviado. Esta aceleración se traduce en la volatilidad de las políticas, en detrimento de la adopción de alternativas más sólidas y duraderas.

La creciente necesidad de respuestas para problemas tan nuevos como amenazantes aumenta la probabilidad de que malas ideas se transformen en decisiones. A los jefes de empresa se les exige más resultados y más rápido; los dirigentes políticos se enfrentan a electorados cada vez más impacientes, los funcionarios están obligados a improvisar respuestas a emergencias sin precedentes... Así, las "soluciones milagrosas" e instantáneas se imponen a buenas propuestas que tardan en dar frutos. Aunque tarde o temprano las malas ideas quedan en evidencia y son descartadas, algunas duran lo suficiente como para causar grandes daños. Y cabe el riesgo de que sean sustituidas por una nueva "buena" idea igualmente engañosa y efímera. Un círculo vicioso.

Esta volatilidad intelectual es amplificada por las nuevas tecnologías de la información. Si bien la rapidez y la comodidad con las que nos comunicamos facilitan el escrutinio y la crítica de ideas y propuestas, no es menos cierto que el volumen y la velocidad de la información que circula por estos canales superan nuestra capacidad de discernimiento, aprendizaje, ponderación y reacción. En medio de un flujo continuo de datos, es imposible discriminar el ruido de todo lo demás. Qué idea es válida y qué crítica es ilegítima, tendenciosa o errónea. En este caso, a menudo, más es menos: cuanto más debate, menos claridad. Tanta información aumenta los costes de averiguar a qué y a quién creer.

Como pasa con muchos problemas, la fragilidad intelectual de estos tiempos no tiene remedios simples. Es inevitable que nuestros dirigentes sigan siendo seducidos por imposturas intelectuales, con los consabidos resultados indeseables. Pero, como lo han demostrado tanto los ataques terroristas como la crisis financiera, el primer paso para ser menos vulnerables a los encantos de las malas ideas es reconocer nuestra preocupante propensión a adoptarlas. Es tan prioritario estar alerta a la creciente influencia de las malas ideas como a los terroristas suicidas o a las letales innovaciones financieras.





Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.


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