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domingo, 13 de febrero de 2011

¿Madres tigres o madres elefantes? Por Peter Singer

Hace muchos años, mi esposa y yo nos dirigíamos hacia algún lugar con nuestras tres hijitas, cuando una de ellas preguntó: “¿Que prefieren, qué seamos inteligentes o que seamos felices?”

Me acordé de este momento el mes pasado cuando leí el artículo “Por qué las madres chinas son superiores” de Amy Chua (foto) en el Wall Street Journal, que generó más de 4.000 comentarios en www.wsj.com y más de 100.000 comentarios en Facebook. El artículo promocionaba el libro de Chua, Battle Hymn of the Tiger Mother (Himno de batalla de la madre tigre), que se convirtió en un éxito editorial al instante.

La tesis de Chua es que, cuando se los compara con sus pares norteamericanos, los chicos chinos tienden a ser más exitosos porque tienen “madres tigres”, mientras que las madres occidentales son gatitos, o peor. A Sophie y Louise, las hijas de Chua, nunca se les permitió mirar televisión, jugar juegos en la computadora, quedarse a dormir en la casa de alguna amiga o participar en una obra de teatro de la escuela. Tenían que pasar horas todos los días tocando el piano o el violín. Se esperaba que fueran las mejores alumnas en todas las materias excepto en gimnasia y en teatro.

Las madres chinas, según Chua, creen que los hijos, una vez que pasan los primeros años de vida, necesitan que les digan, en términos precisos, si no cumplieron con los niveles altos que sus padres esperan de ellos. (Chua dice conocer a madres coreanas, indias, jamaiquinas, irlandesas y ghanesas que son “chinas” en su enfoque, al igual que a algunas madres chinas étnicas que no lo son). Sus egos deben ser lo suficientemente fuertes como para soportarlo.

Pero Chua, profesora en la Facultad de Derecho de Yale (al igual que su marido), vive en una cultura en la que se considera que la autoestima de un chico es tan frágil que los equipos deportivos infantiles les dan el premio al “jugador más valioso” a todos los integrantes del equipo. Por eso no sorprende que muchos norteamericanos reaccionen con horror ante su estilo de crianza.

Un problema que se presenta al analizar la estrategia de criar a un hijo como una madre tigre es que no podemos separar su impacto del de los genes que los padres les transmiten a sus hijos. Si quiere que sus hijos sean los mejores de su clase, ayudaría si usted y su pareja tuvieran la inteligencia para convertirse en profesores de universidades de elite. No importa el esfuerzo que haga una madre tigre, no todos los alumnos pueden terminar primeros (excepto, claro, que dijéramos que todos son “los mejores de la clase”).

La crianza de madre tigre apunta a que los chicos maximicen las habilidades que poseen, y por ende pareciera inclinarse por la parte “inteligente” de la opción “inteligente o feliz”. También es ésa la visión de Betty Ming Liu, que escribió en un blog en respuesta al artículo de Chua: “Los padres como Amy Chua son la razón por la cual los norteamericanos de origen asiático como yo hacemos terapia”.

Stanley Sue, profesor de Psicología de la Universidad de California, Davis, ha estudiado el suicidio, que es particularmente común entre mujeres norteamericanas de origen asiático (en otros grupos étnicos, se suicidan más hombres que mujeres). El cree que la presión familiar es un factor importante.

Chua respondería que alcanzar un alto nivel de logros aporta una gran satisfacción y que la única manera de lograrlo es mediante el esfuerzo. Quizás, ¿pero no se puede alentar a los chicos a que hagan cosas porque intrínsecamente valen la pena, y no por temor a la desaprobación de los padres?

Coincido con Chua hasta este punto: Negarse a decirle a un chico qué hacer puede llegar demasiado lejos. Una de mis hijas, que ahora tiene sus propios hijos, me cuenta historias asombrosas sobre los estilos de crianza de sus amigos. Uno de ellos le permitió a su hija dejar tres jardines de infantes distintos porque no quería ir. Otra pareja cree en el “aprendizaje auto-dirigido” hasta tal punto que una noche se fueron a acostar a las 11 de la noche y dejaron a su hija de cinco años mirando su novena hora consecutiva de videos de Barbie.

La crianza de madre tigre puede parecer un contrapeso útil para semejante permisividad, pero ambos extremos dejan algo afuera. El enfoque de Chua es implacable en cuanto a las actividades solitarias en el hogar, sin ningún aliento de las actividades grupales, ni ninguna preocupación por los demás, ni en el colegio ni en la comunidad en general. Por lo tanto, parece pensar que las obras de teatro escolares son una pérdida de tiempo que se podría aprovechar mejor estudiando o tocando música.

Sin embargo, participar en una obra escolar implica contribuir al bien de la comunidad. Si los chicos talentosos se quedan afuera, la calidad de la producción se verá afectada, en detrimento de los otros que forman parte (y de la audiencia que la verá). Y todos los chicos cuyos padres les prohíben participar en estas actividades pierden la oportunidad de desarrollar habilidades sociales que son igualmente importantes y gratificantes --y cuyo dominio resulta igualmente demandante-- que aquellas que monopolizan la atención de Chua.

Deberíamos apuntar a que nuestros hijos sean buenas personas, y que vivan vidas éticas que manifiesten preocupación por los demás así como por sí mismos. Este enfoque de crianza de los hijos está relacionado con la felicidad: Existe abundante evidencia de que aquellos que son generosos y amables están más contentos con sus vidas que aquellos que no lo son. Pero también es un objetivo importante en sí mismo. Los tigres viven vidas solitarias, excepto por las madres con sus cachorros. Nosotros, por el contrario, somos animales sociales como los elefantes. Las madres elefantes no se focalizan solamente en el bienestar de sus propias crías. Juntas, protegen y cuidan a todos los jóvenes de su manada, creando una especie de guardería infantil.
Si todos pensamos solamente en nuestros propios intereses, vamos camino al desastre colectivo --sólo basta mirar lo que le estamos haciendo al clima de nuestro planeta--. Cuando se trata de criar a nuestros hijos, necesitamos menos tigres y más elefantes.




Fuente: TheJapanTimes.co.jp / The world needs more elephant mothers
Autor: Peter Singer (Australia, 1946-) filosofo. Profesor de bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Su libro más reciente es The Life you Can Save.
Traducción: LosTiempos.com


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martes, 21 de diciembre de 2010

Teoría del presidente gay. Por Lluís Bassets

La democracia americana siempre nos lleva unos cuantos cuerpos de delantera. Incluso sus arcaísmos suelen señalar al futuro, a pesar de la aparente superioridad con que los europeos solemos juzgarles. Los militares norteamericanos serán ahora los primeros del mundo en admitir a ciudadanos abiertamente homosexuales en sus filas, rompiendo la prohibición implantada hace 17 años que les impedía de salir del armario. Había homosexuales, como no podía ser de otro modo y como los hay en todos los ejércitos y en todas las instituciones del mundo, pero estaban obligados a seguir la regla de la discreción vergonzante sintetizada en las siglas DADT (Don’t ask don’t tell: no preguntes, no cuentes).

La legislación que permitía el ingreso de homosexuales en el ejército bajo la estricta condición de que no manifestaran su condición sexual fue aprobada durante el primer mandato de Clinton; e involuntariamente por culpa de Clinton. Es probable que esta ley, que ha permitido expulsar del ejército a 13.000 hombres y mujeres en sus años de vigencia, no se hubiera aprobado si en la primera rueda de prensa presidencial no le hubieran preguntado si mantendría su promesa electoral de que los homosexuales sirvieran abiertamente como tales en las fuerzas armadas.

Clinton dijo que sí, se armó la gran escandalera, y luego, gracias al Congreso, fue que no. Se presentó como un compromiso que superaba la situación anterior de exclusión abierta, pero se solventó de forma tan inconveniente que se convirtió en una prohibición más explícita. Fueron gajes de un presidente inexperto. Y quien lo ha podido corregir ahora, tantos años después, es otro presidente sin mucha experiencia que, habiendo fracasado en muchos puntos de su programa, se ha podido finalmente resarcir cumpliendo una promesa de su antecesor demócrata.

Nadie puede discutir que estamos ante un nuevo hito, que se apunta en la cuenta de Obama en el preciso momento en que sus cuentas se hallan bastante desequilibradas. Así se ha hecho Estados Unidos. Allí los combates políticos suelen cargarse de historia y de emoción, siempre siguiendo un guión dramático. Habrá películas y series sobre los nuevos militares gays, sus familias, sus sacrificios y su patriotismo.

Esta es una legislación que enriquece y actualiza el relato de la emancipación americana. Sus valores fundacionales salen reforzados y proyectados al mundo. Cabe interpretar incluso que este reconocimiento confirma el excepcionalismo americano, la idea de que Estados Unidos es una nación aparte, destinada siempre a convertir en realidad los sueños más ambiciosos de la humanidad. Pero la entrada de los gays en el ejército plantea también una pregunta, que la columnista del New York Times, Maureen Dowd ya ha lanzado: ¿Estamos preparados para un comandante en jefe gay?

El comandante en jefe es el presidente. Muchos ciudadanos estadounidenses todavía dudaban hace dos años de que su país estuviera preparado para tener un presidente afro americano. No fueron pocos los que interpretaron el resultado de las primarias como una expresión de los reflejos antifeministas, como si el país no estuviera preparado para una presidenta mujer. Nadie puede dudar de que lo está y sobradamente para uno y otra. Ahora la pregunta es si entre los próximos candidatos cabe pensar que aparezca ya un político que se confiese homosexual y que incluso nos presente a su pareja. Y luego la siguiente duda: ¿qué es mejor, matar dos pájaros de un tiro, y contar con una presidenta gay, o meramente con un presidente gay?

No son futilidades. En Europa ya tenemos alcaldes homosexuales en muchas grandes ciudades. Pero nadie ha osado todavía presentarse a una elección nacional con una identidad sexual distinta a la convencional. Es más: cada vez es más frecuente la utilización de la imagen de familia convencional como parte del bagaje personal del candidato a presidir un país. Hasta tal punto, que se hace difícil imaginar una campaña electoral que funcione de otra forma y no exalte, en el fondo y en la forma, los roles tradicionales y las formas de familia de siempre. Y por cierto, el único que escapa a esta convención y que cultiva una imagen sexual desordenada es alguien como Berlusconi, uno de los políticos más populistas y derechistas que Europa ha dado en años.




Fuente: "Del alfiler al elefante" / El País.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".


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