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jueves, 12 de enero de 2012

Matar al euro. Por Paul Krugman

¿Se puede salvar al euro? No hace mucho, nos decían que el peor desenlace posible era una suspensión de pagos de Grecia. Ahora parece muy probable un desastre mucho más extendido.

Es cierto que la presión en los mercados se relajó un poco el miércoles después de que los bancos centrales hicieran el sensacional anuncio de una ampliación de las líneas de crédito (lo cual, a efectos prácticos, apenas supondrá una diferencia). Pero hasta los optimistas ven ahora que Europa se encamina hacia la recesión, mientras que los pesimistas advierten de que el euro podría convertirse en el epicentro de otra crisis financiera mundial.

¿Cómo se han torcido tanto las cosas? La respuesta que oímos todo el tiempo es que la crisis del euro fue provocada por la irresponsabilidad fiscal. Enciendan el televisor y muy probablemente encontrarán a algún lumbreras declarando que si Estados Unidos no recorta el gasto terminará como Grecia. ¡Greeeeeecia!

Pero lo cierto es casi lo opuesto. Aunque los líderes europeos siguen insistiendo en que el problema es un gasto demasiado elevado en las naciones deudoras, el auténtico problema es un gasto demasiado reducido en Europa en su conjunto. Y sus intentos de arreglar las cosas exigiendo una austeridad cada vez más severa han desempeñado un papel decisivo para empeorar la situación.

La historia hasta el momento: en los años que precedieron a la crisis de 2008, Europa, al igual que Estados Unidos, tenía un sistema bancario fuera de control y una deuda que aumentaba a toda velocidad. Sin embargo, en el caso de Europa, gran parte de los préstamos eran transfronterizos, ya que los fondos de Alemania fluían hacia el sur de Europa. Estos préstamos se consideraban de bajo riesgo. Todos los receptores estaban en el euro, así que, ¿qué podía ir mal?

La mayoría de estos préstamos, por cierto, fueron a parar al sector privado, no a los Gobiernos. Solo Grecia registraba grandes déficits presupuestarios durante los años de vacas gordas; España tenía de hecho un superávit justo antes de la crisis.

Entonces la burbuja estalló. El gasto privado en las naciones deudoras cayó drásticamente. Y la pregunta que los líderes europeos deberían haber estado haciendo era cómo mantener esos recortes del gasto sin causar una recesión en toda Europa.

En lugar de ello, sin embargo, respondieron al inevitable aumento del déficit, impulsado por la recesión, exigiendo que todos los Gobiernos -no solo los de las naciones deudoras- recortaran el gasto y aumentaran los impuestos. Desestimaban las advertencias de que esto profundizaría la recesión. "La idea de que las medidas de austeridad pueden provocar un estancamiento es errónea", declaraba Jean-Claude Trichet, en aquel entonces presidente del Banco Central Europeo. ¿Por qué? Porque "las políticas que inspiran confianza impulsarán la recuperación económica, no la obstaculizarán".

Pero el hada de la confianza no se presentó.

Y esperen, hay más. Durante los años del dinero fácil, los salarios y los precios en el sur de Europa aumentaron mucho más deprisa que en el norte de Europa. Esta divergencia debe corregirse ahora, bien mediante una bajada de los precios en el sur o mediante una subida de los precios en el norte. Y no da igual cuál de las dos: si el sur de Europa se ve obligado a recuperar la competitividad a través de la deflación, pagará un alto precio con el empleo y empeorará su problema de deuda. Las posibilidades de éxito serían mucho mayores si el desfase se corrigiera mediante un aumento de los precios en el norte.

Pero para corregir el desfase mediante un aumento de los precios en el norte, los responsables políticos tendrían que aceptar temporalmente una inflación más alta para la eurozona en su conjunto. Y ya han dejado claro que no piensan hacerlo. De hecho, el pasado abril, el Banco Central Europeo empezó a aumentar los tipos de interés, a pesar de que para la mayoría de los observadores era evidente que la inflación subyacente era, en todo caso, demasiado baja.

Y probablemente no sea una coincidencia que abril fuera también el mes en que la crisis del euro entró en una nueva fase, más grave. Olvídense de Grecia, cuya economía tiene para Europa aproximadamente la misma importancia que la de Miami para Estados Unidos. A estas alturas, los mercados han perdido fe en el euro en su conjunto, lo cual ha hecho que los tipos de interés suban todavía más para países como Austria y Finlandia, que no se distinguen precisamente por ser derrochadores. Y no es difícil ver por qué. La combinación de austeridad para todos y un banco central enfermizamente obsesionado con la inflación hace que sea básicamente imposible para los países endeudados escapar de la trampa de la deuda y, por consiguiente, es la fórmula para multiplicar las suspensiones de pagos, los pánicos bancarios y el desplome financiero.

Espero, por nuestro bien y por el de los europeos, que estos cambien de rumbo antes de que sea demasiado tarde. Pero, para ser sincero, no creo que vayan a hacerlo. De hecho, es mucho más probable que Estados Unidos les siga por el camino hacia la ruina.

Y es que en Estados Unidos, al igual que en Europa, la economía se ve debilitada por deudores en apuros (en nuestro caso, los propietarios de viviendas fundamentalmente). Y en Estados Unidos también necesitamos desesperadamente políticas fiscales y monetarias expansionistas para sostener la economía mientras estos deudores tratan de recuperar la salud financiera. Así y todo, al igual que en Europa, la retórica pública está dominada por los cascarrabias del déficit y los obsesos de la inflación.

De modo que la próxima vez que oigan a alguien afirmar que si no recortamos el gasto nos convertiremos en Grecia, su respuesta debería ser que si en efecto recortamos el gasto mientras la economía sigue deprimida, nos convertiremos en Europa. De hecho, ya llevamos hecha gran parte del camino.






Fuente: ElPais.com
Autor: Paul Krugman (EEUU, 1953-) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Actualmente profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times.
Traducción: News Clips






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domingo, 4 de diciembre de 2011

La larga vida del dólar. Por Sanjeev Sanyal

La actual crisis económica y los constantes déficits de los Estados Unidos hacen que cada vez más se ponga en duda el papel del dólar como divisa de referencia mundial. Las medidas que se han hecho recientemente para internacionalizar el renminbi chino han conducido a una anticipación del cambio inminente en el sistema monetario global. Muchos economistas destacados, incluidos los miembros de un panel de las Naciones Unidas, que encabeza el economista galardonado con el Premio Nobel, Joseph Stiglitz, están aconsejando un “sistema mundial de reservas” para sustituir la hegemonía del dólar. Sin embargo, la larga historia de divisas de referencia globales sugiere que los días del dólar como moneda líder no van acabar pronto.

En tiempos antiguos, India tuvo un gran superávit comercial con el imperio romano. Como escribió Plinio en el Siglo I, “No hubo un solo año en el que India no se llevara de Roma 50 millones de sestercios.” Ese desequilibrio comercial implicaba una fuga constante de moneda de plata y oro, lo que provocó escasez de estos metales en Roma. En vocabulario moderno, los romanos se enfrentaron a una restricción monetaria.

Roma respondió reduciendo el contenido de plata y oro (el antiguo equivalente de la monetización), que condujo a una inflación sostenida en el imperio. Sin embargo, el descubrimiento frecuente de monedas romanas en la India sugiere que la moneda romana se siguió aceptando internacionalmente mucho tiempo después de que resultara obvio que su contenido de oro o plata había disminuido.

En el siglo XVI, España emergió como superpotencia tras su conquista de América del Sur. Entre 1501 y 1600, 17 millones de kilogramos de plata pura y 181,000 kilogramos de oro puro salieron de América Latina hacia España, que gastó el dinero en guerras con los Países Bajos y otros lugares. Este aumento de liquidez provocó auge económico e inflación en toda Europa.

A pesar de esta riqueza, España se endeudó cada vez más, lo que en última instancia la llevó al impago tres veces –en 1607, 1627 y 1649- y sufrió una dramática decadencia geopolítica. Con todo, las monedas de plata españolas (conocidas como real de a ocho o dólares españoles) continuaron siendo la principal divisa usada en el comercio mundial hasta la guerra revolucionaria estadounidense. De hecho, la moneda española siguió siendo de curso legal en los Estados Unidos hasta 1857 –mucho tiempo después de que la propia España dejara de ser una de las principales potencias.

Para mediados del siglo XIX, el mundo operaba con un sistema de dos metales basado en el oro y la plata. No obstante, imitando el ejemplo británico, la mayoría de los países más grandes habían cambiado al sistema oro para la década de 1870.

El Banco de Inglaterra estuvo dispuesto a convertir una libra esterlina en una onza de (11/122) de oro fino a petición previa. La Primera Guerra Mundial trastocó ese sistema, pero Gran Bretaña retomó la vinculación con el oro en 1925. Sin embargo, a medida que la Gran Depresión se afianzó, el Banco de Inglaterra se vio obligado a elegir entre la oferta de liquidez a los bancos y mantener la vinculación con el oro. Optó por la primera en 1931.

Con todo, la libra esterlina siguió siendo la principal divisa mundial incluso hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Todavía en 1950 –más de medio siglo después de que los Estados Unidos sustituyera a Gran Bretaña como la potencia industrial más grande del mundo- 55% de las reservas de divisas se mantenían en libras esterlinas, y muchos países continuaron vinculando sus monedas a la libra.

Se deben notar tres aspectos de esta historia. Primero, un sistema monetario mundial basado en metales preciosos no resuelve los desequilibrios fundamentales de un sistema económico global. Segundo, los metales preciosos no son la solución al problema de la inflación. Finalmente, la divisa de referencia y el ecosistema de comercio mundial subyacente resisten a menudo el declive geopolítico del país de referencia durante décadas.

Un nuevo orden económico se estableció después de la Segunda Guerra Mundial cuyo país de referencia fue los Estados Unidos. El sistema de Bretton Woods vinculó el dólar estadounidense con el oro en 35 dólares por onza, y con otras monedas vinculadas al dólar (aunque en ocasiones permitía hacer ajustes).

La falla del sistema es que solo servía de apoyo a la expansión económica global mientras los Estados Unidos estuviera dispuesto a suministrar dólares mediante déficits –los mismos déficits que en última instancia debilitarían la capacidad de ese país de mantener el precio de la onza de oro en 35 dólares. En 1961, los Estados Unidos respondió con la creación de la Bolsa de Oro de Londres, que obligaba a otros países a pagar a los Estados Unidos la mitad de sus pérdidas de oro. Sin embargo, este acuerdo pronto creó descontento, y Francia salió de la Bolsa en 1967. El sistema de Bretton Woods se derrumbó cuatro años después.

¿O no? A pesar de los problemas de los años setenta, el dólar siguió siendo la divisa dominante en el mundo, a la que generaciones sucesivas de países asiáticos vincularon sus tipos de cambio. Al igual que con el sistema de Bretton Woods, una economía periférica (por ejemplo, China), podía crecer muy rápidamente y al mismo tiempo la economía principal (los Estados Unidos) se beneficiaba de un financiamiento asequible. El relativo auge de China no debilitó el papel del dólar –y puede haberlo fortalecido. En efecto, al igual que los japoneses durante su período de rápido crecimiento, los chinos habían resistido, hasta hace poco, la internacionalización del renminbi.

Entonces, ¿estamos entrando en una era post dólar? A pesar de todos los problemas causados por la Gran Recesión, no hay señales de que el mundo lo esté abandonando. Los inversionistas siguen dispuestos a financiar a los Estados Unidos a tasas de interés mínimas, y el índice nominal del dólar ponderado en función del comercio no se ha derrumbado.

Aunque China sustituyera a los Estados Unidos como la economía más grande del mundo en una década, una divisa de referencia puede ser más resistente que el dominio geopolítico y económico de su país de origen. Es por ello que el dólar probablemente siga siendo la divisa dominante global durante mucho tiempo, aún cuando los Estados Unidos haya sido rebasado.






Fuente: Project-Syndicate.org / Copyright: Project Syndicate, 2011.
Autor: Sanjeev Sanyal, economista indio, ambientalistas y teórico en urbanismo. Es estratega global del Deutsche Bank, y fue nombrado "Joven Líder Global 2010" por el Foro Económico Mundial en Davos. Autor del libro The Indian Renaissance: India’s Rise after a Thousand Years of Decline (El Renacimiento India: La Rebelión de la India después de mil años de decadencia).
Traducción: Kena Nequiz





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