martes, 21 de diciembre de 2010

Teoría del presidente gay. Por Lluís Bassets

La democracia americana siempre nos lleva unos cuantos cuerpos de delantera. Incluso sus arcaísmos suelen señalar al futuro, a pesar de la aparente superioridad con que los europeos solemos juzgarles. Los militares norteamericanos serán ahora los primeros del mundo en admitir a ciudadanos abiertamente homosexuales en sus filas, rompiendo la prohibición implantada hace 17 años que les impedía de salir del armario. Había homosexuales, como no podía ser de otro modo y como los hay en todos los ejércitos y en todas las instituciones del mundo, pero estaban obligados a seguir la regla de la discreción vergonzante sintetizada en las siglas DADT (Don’t ask don’t tell: no preguntes, no cuentes).

La legislación que permitía el ingreso de homosexuales en el ejército bajo la estricta condición de que no manifestaran su condición sexual fue aprobada durante el primer mandato de Clinton; e involuntariamente por culpa de Clinton. Es probable que esta ley, que ha permitido expulsar del ejército a 13.000 hombres y mujeres en sus años de vigencia, no se hubiera aprobado si en la primera rueda de prensa presidencial no le hubieran preguntado si mantendría su promesa electoral de que los homosexuales sirvieran abiertamente como tales en las fuerzas armadas.

Clinton dijo que sí, se armó la gran escandalera, y luego, gracias al Congreso, fue que no. Se presentó como un compromiso que superaba la situación anterior de exclusión abierta, pero se solventó de forma tan inconveniente que se convirtió en una prohibición más explícita. Fueron gajes de un presidente inexperto. Y quien lo ha podido corregir ahora, tantos años después, es otro presidente sin mucha experiencia que, habiendo fracasado en muchos puntos de su programa, se ha podido finalmente resarcir cumpliendo una promesa de su antecesor demócrata.

Nadie puede discutir que estamos ante un nuevo hito, que se apunta en la cuenta de Obama en el preciso momento en que sus cuentas se hallan bastante desequilibradas. Así se ha hecho Estados Unidos. Allí los combates políticos suelen cargarse de historia y de emoción, siempre siguiendo un guión dramático. Habrá películas y series sobre los nuevos militares gays, sus familias, sus sacrificios y su patriotismo.

Esta es una legislación que enriquece y actualiza el relato de la emancipación americana. Sus valores fundacionales salen reforzados y proyectados al mundo. Cabe interpretar incluso que este reconocimiento confirma el excepcionalismo americano, la idea de que Estados Unidos es una nación aparte, destinada siempre a convertir en realidad los sueños más ambiciosos de la humanidad. Pero la entrada de los gays en el ejército plantea también una pregunta, que la columnista del New York Times, Maureen Dowd ya ha lanzado: ¿Estamos preparados para un comandante en jefe gay?

El comandante en jefe es el presidente. Muchos ciudadanos estadounidenses todavía dudaban hace dos años de que su país estuviera preparado para tener un presidente afro americano. No fueron pocos los que interpretaron el resultado de las primarias como una expresión de los reflejos antifeministas, como si el país no estuviera preparado para una presidenta mujer. Nadie puede dudar de que lo está y sobradamente para uno y otra. Ahora la pregunta es si entre los próximos candidatos cabe pensar que aparezca ya un político que se confiese homosexual y que incluso nos presente a su pareja. Y luego la siguiente duda: ¿qué es mejor, matar dos pájaros de un tiro, y contar con una presidenta gay, o meramente con un presidente gay?

No son futilidades. En Europa ya tenemos alcaldes homosexuales en muchas grandes ciudades. Pero nadie ha osado todavía presentarse a una elección nacional con una identidad sexual distinta a la convencional. Es más: cada vez es más frecuente la utilización de la imagen de familia convencional como parte del bagaje personal del candidato a presidir un país. Hasta tal punto, que se hace difícil imaginar una campaña electoral que funcione de otra forma y no exalte, en el fondo y en la forma, los roles tradicionales y las formas de familia de siempre. Y por cierto, el único que escapa a esta convención y que cultiva una imagen sexual desordenada es alguien como Berlusconi, uno de los políticos más populistas y derechistas que Europa ha dado en años.




Fuente: "Del alfiler al elefante" / El País.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".


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jueves, 2 de diciembre de 2010

Un festín de secretos. Por Timothy Garton Ash

Los documentos de Wikileaks muestran lo graves que son las amenazas y el escaso control que tiene Occidente. Pero queda por responder una pregunta: ¿Cómo ejercer la labor diplomática en estas condiciones?
Es el sueño del historiador. Es la pesadilla del diplomático. Aquí están, al alcance de todo el mundo, las confidencias de amigos, aliados y rivales, aderezadas con las opiniones francas, a veces brillantes, de diplomáticos estadounidenses. Durante las dos próximas semanas, los lectores de periódicos de todo el mundo van a disfrutar de un banquete con numerosos platos sacados de la historia del presente.

Lo normal es que el historiador tenga que esperar 20 o 30 años para encontrar esos tesoros. En este caso, los cables más recientes tienen poco más de 30 semanas de antigüedad. Y en conjunto forman un auténtico tesoro. Son más de 250.000 documentos. La mayoría de los que he visto, en mis incursiones en una base de datos que ha creado The Guardian para buscarlos, tienen más de 1.000 palabras de extensión. Si esa muestra es representativa, debe de haber un total de al menos 250 millones de palabras, tal vez hasta 500 millones. Como saben bien los acostumbrados a investigar en archivos, cuando se tiene acceso a un gran volumen de documentos -ya sean cartas de un novelista, papeles de un ministerio o cables diplomáticos, aunque gran parte de ese material sea rutinario e incluso, en parte, por eso-, es más fácil comprender a fondo al sujeto de nuestra investigación. Con una inmersión prolongada, uno se hace una idea bastante clara de sus prioridades, su carácter y sus pautas de pensamiento.

Este material consiste, en su mayor parte, en informes políticos de nivel medio y alto enviados desde todo el mundo, además de las instrucciones de Washington. Es importante recordar que no figuran secretos de las máximas categorías: NODIS (acceso exclusivo para el presidente, secretario de Estado, jefe de misión), ROGER, EXDIS, DOCKLAMP (mensajes secretos entre los consejeros de Defensa y el Servicio de Inteligencia de la Defensa). Aun así, lo que tenemos es un verdadero festín.

No es extraño que el Departamento de Estado haya puesto el grito en el cielo. Sin embargo, por lo que he visto, los profesionales del servicio exterior de Estados Unidos tienen pocas cosas de las que avergonzarse. Es verdad que se perciben ciertos tejemanejes marginales, sobre todo en los años de Bush y la "guerra contra el terror". Necesitamos preguntas y respuestas concretas. Ahora bien, en su mayor parte, lo que nos encontramos aquí es a unos diplomáticos que hacen el trabajo que les corresponde: averiguar qué está ocurriendo en los lugares en los que están destinados y trabajar para promover los intereses de su país y las políticas de su Gobierno.

Es más, mi opinión del Departamento de Estado ha mejorado bastante. En los últimos años, he tenido la impresión de que el servicio exterior estadounidense dejaba bastante que desear, me parecía casposo y decepcionante, en especial al compararlo con otras ramas de la Administración más sólidas como el Pentágono y el Tesoro. Pero lo que tenemos ahora ante nosotros es un trabajo de primera categoría.

El hombre que en la actualidad ocupa el máximo puesto de la carrera diplomática estadounidense, William Burns, aportó desde Rusia un relato de lo más entretenido -casi digno de Evelyn Waugh- sobre una enloquecida boda daguestaní a la que asistió el mafioso presidente de Chechenia, que bailó en ella "con su pistola automática chapada en oro metida en la parte posterior de sus vaqueros".

Los análisis de Burns sobre la política rusa son perspicaces. Como lo son los informes de sus colegas en Berlín, París y Londres. En un cable enviado en 2008 desde Berlín, se compara el Gobierno de la gran coalición de democristianos y socialdemócratas con "la típica pareja que se odia pero permanece casada por los hijos". Desde París se envía una divertidísima descripción de los numeritos de Nicolas (y Carla) Sarkozy. Y a los británicos nos vendría bien examinar nuestra obsesión neurótica por la llamada "relación especial" con Washington con la misma frialdad y la misma falta de sentimentalismo que se advierten en los cables confidenciales de la Embajada de Estados Unidos en Londres.

Por suerte, también encontramos indicios ocasionales de que el Foreign Office (Ministerio de Exteriores británico) defiende nuestros valores. Según un informe de 2008, un alto diplomático británico, Mariot Leslie, "dijo con gran franqueza que HMG [el Gobierno de su Majestad] se oponía a algunas de las cosas que hace el USG [el Gobierno de Estados Unidos] (por ejemplo, las rendiciones) y que, por consiguiente, tiene algunos límites".

Es muy preocupante encontrar cables con la firma de Hillary Clinton que parecen indicar que se pide a los diplomáticos normales y corrientes que hagan cosas que parecen más propias de espías de base, como rebuscar hasta descubrir los datos biométricos y de tarjetas de crédito de altos funcionarios de la ONU. Es urgente que Foggy Bottom (la sede del Departamento de Estado) aclare exactamente quién recibía instrucciones de hacer qué de acuerdo con estas Directivas sobre espionaje personal.

Más en general, lo que se observa en este tráfico de mensajes diplomáticos es hasta qué punto la seguridad y la lucha antiterrorista han penetrado en todos los aspectos de la política exterior estadounidense en los últimos 10 años. Pero también se ve lo graves que son las amenazas y el escaso control que tiene Occidente. Hay informaciones demoledoras sobre el programa nuclear iraní y el grado de miedo que provoca, no solo en Israel, sino sobre todo entre los árabes ("Cortad la cabeza de la serpiente", instó el rey saudí a los estadounidenses, según un embajador suyo); la vulnerabilidad del arsenal nuclear paquistaní frente a islamistas descontrolados; la inmensidad de la anarquía y la corrupción en Afganistán (un dirigente afgano saca millones de dólares del país en efectivo); Al Qaeda en Yemen; e historias reales del poder de las mafias rusas junto a las que la última novela de John Le Carré parece casi tímida.

Existe un genuino interés del público por conocer estas cosas. The Guardian, The New York Times, EL PAÍS y otros medios de comunicación responsables se han esforzado al máximo para intentar garantizar que los datos que publiquen no supongan un riesgo para nadie. Deberíamos exigir a Wikileaks que haga lo mismo.

Sin embargo, queda por responder una pregunta. ¿Cómo es posible ejercer la labor diplomática en estas condiciones? No cabe duda de que tiene razón el portavoz del Departamento de Estado al decir que las revelaciones "van a crear tensión en las relaciones entre nuestros diplomáticos y nuestros amigos de todo el mundo". El temor a las filtraciones ya está haciendo que sea más difícil gobernar. Un profesor amigo mío que trabajó en el Departamento de Estado durante el mandato de Bush me ha contado que en una ocasión sugirió escribir una nota en la que hacía preguntas fundamentales sobre la política de Estados Unidos en Irak. "Ni se te ocurra", le advirtieron, porque seguro que aparecía en The New York Times del día siguiente.

La gente está interesada en comprender cómo funciona el mundo y qué cosas se hacen en nuestro nombre. La gente está interesada por los manejos confidenciales de la política exterior. Y los dos intereses se contraponen.

De una cosa estoy seguro: el Gobierno de Estados Unidos debe de estar lamentando y revisando con urgencia su extraña decisión de colocar todo ese volumen de correspondencia diplomática reciente en un sistema de ordenadores militares tan seguro que un chico de 22 años podría descargarlo y pasarlo a un CD de Lady Gaga. ¿No les parece gagá?




Fuente: ElPais.com / TheGuardian.co.uk - "US embassy cables: A banquet of secrets"
Autor: Timothy Garton Ash (1955-) es un escritor, editorialista y periodista británico, autor de ocho libros como analista político,documentando la transformación de Europa durante el último cuarto de siglo. Es profesor de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford y Senior Fellow del Instituto Hoover, en la Universidad de Stanford. Sus ensayos aparecen regularmente en el New York Review of Books, y escribe una columna semanal en The Guardian que se distribuye por multitud de publicaciones en Europa (en España, el diario El País), Asia y América. También escribe con frecuencia en el New York Times, el Washington Post o el Wall Street Journal.




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lunes, 22 de noviembre de 2010

La rebelión de las clases medias. Por Lluís Bassets

Hay una rebelión en marcha. De las clases medias contra los poderes establecidos. Su enemigo es el nuevo mundo incubado por la globalización, que acaba de romper la cáscara con la crisis económica. La caída de rentas, el desempleo, la pérdida de ventajas sociales y el horizonte de un bienestar decreciente que sufren europeos y norteamericanos se corresponde con la aparición de unas nuevas clases medias globales en los países emergentes, con una voracidad consumidora y una actitud ante el futuro tan ambiciosa como sus homólogas occidentales en el momento de su ascensión.

El desplazamiento del centro de gravedad del planeta transfiere poder económico y político, pero también capacidad para imponer pautas y valores. Las clases medias chinas están más ocupadas en el glorioso enriquecimiento que les prometió Deng Xiaoping que en la defensa de los derechos humanos y las libertades públicas. Las de los países islámicos, incluidas democracias como Indonesia y Turquía, sienten más preocupación por la llamada difamación de la religión, que identifican con la libertad de expresión occidental, que con la discriminación, e incluso, el maltrato de la mujer que todavía practican en sus familias patriarcales, apoyándose en muchas ocasiones en textos religiosos.

Ya no cuenta aquella clase obrera que inspiró a Marx. Las clases medias urbanas son ahora los sujetos de la historia. Los regímenes que quieren asegurar su estabilidad se basan en un pacto que garantiza la prosperidad de estas clases que ahora marcan el paso del mundo. Este pacto se está agrietando en las sociedades europeas y norteamericana, donde los partidos e ideologías que lo han cementado durante los últimos 60 años no consiguen hacer pasar sus mensajes y encuadrar a sus antiguas clientelas. Lo expresa el populismo rampante, que se moviliza en la contención de la inmigración, la lucha ideológica contra el islam y la protesta contra los partidos e instituciones que hasta hace bien poco habían asegurado la prosperidad y el futuro.

Las clases medias occidentales se rebelan contra una pérdida de poder que sufren directamente. Pero su actitud tiene algo de suicida. No quieren inmigrantes, cuando necesitan mano de obra cualificada y abundante para asegurar el futuro de sus economías y sistemas sociales. No quieren musulmanes, cuando la única posibilidad de organizar sociedades plurales en paz y democracia es aislar a los violentos y a los ultras de la gran masa de creyentes. No tienen apego a lo público, cuando han sido el mercado y la desregulación los que las han dejado a la intemperie. En Europa reniegan de la unidad europea y en Estados Unidos coquetean con el aislacionismo o el belicismo, pero su única salida es una fuerte alianza transatlántica que compense el naciente desequilibrio del mundo sin caer en una nueva guerra fría.




Fuente: "Del alfiler al elefante" / El País.com
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".






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lunes, 8 de noviembre de 2010

La xenofobia en países europeos


El crecimiento electoral de partidos y figuras de extrema derecha inquieta a las sociedad europeas al afectar principios y valores de la organización social que fueron una de sus mayores conquistas desde la última posguerra. La crisis económica, el aumento del desempleo, la aplicación de drásticas medidas de ajuste y recortes en la seguridad social son fuentes de este malestar cultural que impacta sobre los comportamientos políticos.

Quienes sacan mayor rédito de la crisis son figuras demagógicas y mensajes reactivos, con respuestas simplistas o falaces. Estas prédicas apuntan a las minorías musulmanas y los inmigrantes como responsables de la inseguridad. Se presentan como defensores de valores y conquistas que ven peligrar y no dudan en reclamar la expulsión de residentes extranjeros y leyes restrictivas contra la inmigración. La propia canciller alemana Angela Merkel se hizo eco de este discurso al señalar que el modelo multicultural ha fracasado.

Esto pone en serio entredicho pilares de la Unión Europea, como la igualdad de los ciudadanos ante la ley, la libertad religiosa y la universalidad de los derechos humanos. Existe una crisis social que atraviesa a los países europeos de distinta manera pero con un mismo hilo conductor. Los partidos de extrema derecha que han ingresado al Parlamento en países como Holanda, Suecia, Bélgica y Austria, en algunos casos definiendo la mayoría y el sostén de los gobiernos, expresan un serio llamado de atención y una señal de alarma.

El crecimiento de una nueva ultraderecha xenófoba, protagonizada por figuras demagógicas y mensajes reactivos, pone en entredicho pilares de las sociedades europeas.



Fuente: Clarin.com / Columna editorial del 25 de octubre de 2010
Fotografia: LaVozDelMigrante.com


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martes, 19 de octubre de 2010

La quiebra de la moralidad occidental. Por Paul Craig Roberts

Sí, lo sé. Muchos lectores van a apresurarse a informarme: Occidente nunca tuvo moral. Sin embargo las cosas han empeorado.

Con la esperanza de que se me permita exponer mis argumentos, me gustaría recordar que Estados Unidos lanzó bombas nucleares sobre dos ciudades japonesas; que Gran Bretaña y EE.UU. incineraron Tokio a base de bombas incendiarias; que Gran Bretaña y EE.UU. bombardearon Dresde y buen número de otras ciudades alemanas por el mismo método, empleando más fuerza destructiva, según algunos historiadores, contra la población civil alemana que contra los ejércitos nazis; que el presidente Grant y sus criminales de nuestra Guerra Civil, los generales Sherman y Sheridan, cometieron el genocidio de los indios de las llanuras; que Estados Unidos permite hoy día que Israel lleve a cabo sus políticas genocidas contra los palestinos que un funcionario israelí ha comparado a las políticas homónimas estadounidenses del siglo XIX contra los indígenas norteamericanos; que en pleno siglo XXI, EE.UU. ha invadido Iraq y Afganistán con pretextos banales, asesinando a un número incontable de civiles; y que el primer ministro británico Tony Blair prestó el ejército británico a sus amos estadounidenses, al igual que otros países de la OTAN, todos los cuales están cometiendo crímenes de guerra tipificados en Nuremberg en tierras en las que no tienen intereses nacionales pero por los reciben un estipendio estadounidense.

No pretendo que estos pocos ejemplos sean exhaustivos. Sé que la lista es mucho más larga. Sin embargo, a pesar de la extensa lista de horrores, la degradación moral está alcanzando nuevos mínimos. Ahora Estados Unidos tortura rutinariamente a los prisioneros, a pesar de la estricta ilegalidad de estos actos tanto con arreglo a las propias leyes del país como al derecho internacional, y una encuesta reciente muestra que el porcentaje de estadounidenses que aprueban la tortura va en aumento. De hecho es bastante alto, aunque esté todavía un poco por debajo de la mayoría.

Y ahora tenemos lo que parece una nueva experiencia emocionante: los soldados estadounidenses utilizan la cobertura de la guerra para asesinar civiles. Recientemente fueron arrestados soldados estadounidenses por el asesinato de civiles afganos por pura diversión y por hacer ostentación de trofeos como dedos y cabezas.

Esta revelación tuvo lugar poco después de que el soldado Bradley Manning, presuntamente, filtrase un vídeo del ejército de EE.UU. que mostraba a soldados de este país desde helicópteros y sus controladores a miles de kilómetros de distancia divirtiéndose en asesinar a miembros de la prensa y civiles afganos. Manning tiene sobre sí la maldición de una conciencia moral que tanto su gobierno como su ejercito han perdido, y ha sido arrestado por obedecer la ley e informar al pueblo estadounidense de la comisión de un crimen de guerra.

El diputado estadounidense por el estado de Michigan Mike Rogers –republicano, por supuesto–, que forma parte del Subcomité de Terrorismo de la Cámara de Representantes, ha pedido la ejecución de Manning. Según Rogers, ha cometido un acto de traición a la patria al reportar un crimen de guerra estadounidense.

En otras palabras, obedecer la ley constituye una “traición a los Estados Unidos”.

El diputado Rogers dijo que las guerras de Estados Unidos están siendo socavadas por “una cultura de la revelación” y que sólo podría ponerse fin a este “problema grave y creciente” mediante la ejecución de Manning.

Si Rogers representa realmente a Michigan, entonces Michigan es un estado del que podríamos prescindir.

El gobierno de Estados Unidos, una fuente de arrogancia imperial, considera que no hay acto que cometa, por vil que sea, que pueda constituir un crimen de guerra. Un millón de iraquíes muertos, un país en ruinas y cuatro millones de desplazados están justificados, ya que la “amenazada” superpotencia que es EE.UU.tuvo que protegerse de las inexistentes armas de destrucción masiva que el propio gobierno sabía a ciencia cierta que no estaban en Iraq, y que ni siquiera habrían sido una amenaza si hubieran estado allí.

Cuando otros países intentan hacer cumplir las leyes internacionales que los propios estadounidenses dictaron con el fin de ejecutar a los alemanes derrotados en la Segunda Guerra Mundial, el gobierno de Estados Unidos se pone en funcionamiento y bloquea el intento. Hace un año, el 8 de octubre, el Senado español, obedeciendo a su amo estadounidense, limitaba en España la ley de jurisdicción universal a fin de sabotear una acusación legítima de crímenes de guerra contra George W. Bush, Barack H. Obama, Tony Blair y Gordon Brown.

Occidente incluye a Israel y sus historias de horror que duran ya 60 largos años. Por otra parte, si usted menciona alguna de estas historias le van a colocar la etiqueta de antisemita. Yo sólo las menciono para demostrar que no soy ni antiestadounidense, ni antibritánico ni anti-OTAN, sino que simplemente estoy en contra de los crímenes de guerra. Fue el distinguido juez Richard Goldstone, judío y sionista, quien elaboró el informe de la ONU que establece que Israel cometió crímenes de guerra cuando atacó a la población civil y la infraestructura civil de Gaza. Por sus esfuerzos, Israel calificó al sionista Goldstone como “un judio que se desprecia a sí mismo”, y el Congreso de EE.UU., siguiendo instrucciónes del lobby israelí, votó a favor de ignorar el Informe Goldstone presentado a la ONU.

Como el funcionario israelí dijo, sólo estamos haciendo a los palestinos lo que los estadounidenses hicieron a los indios americanos.

El ejército israelí utiliza a mujeres soldado que se sientan delante de pantallas de vídeo y disparan sus ametralladoras por control remoto desde las torres de control, y con ello asesinan a palestinos que vienen a trabajar sus campos a 1.500 metros del perímetro que encierra el gueto de Gaza. No hay noticias de que estas mujeres israelíes reciban ninguna reprimenda por matar a tiros a niños pequeños y a ancianos que sólo vienen a cuidar de sus campos.

Si los delitos se limitaran a la guerra y el robo de tierras tal vez se podría decir que estamos ante un caso de desviación patriotera de una moralidad tradicional que por otra parte sigue en vigor.

Por desgracia, la quiebra de la moralidad está demasiado extendida. Algunos equipos deportivos mantienen ahora una actitud de ganar a toda costa que incluyen intenciones deliberadas para perjudicar a los jugadores estrella de los equipos rivales. Para evitar todas estas controversias, vamos a ver el caso de las carreras de Fórmula Uno en las que velocidades de 300 kilómetros por hora son habituales.

Antes de 1988, hace 22 años, las muertes se debían a errores del conductor, fallos mecánicos del coche o diseño deficiente de los circuitos, todo lo cual implicaba riesgos de seguridad. El campeón del mundo Jackie Stewart hizo mucho por mejorar la seguridad de las pistas, tanto para los conductores como para los espectadores. Pero en 1988 todo cambió. Un piloto de élite, Ayrton Senna, empujó a otro, Alain Prost, contra un muro mientras rodaban a 190 kilómetros por hora. Según AutoWeek (30.8.2010), nunca se había visto nada parecido. “Los funcionarios no castigaron la acción de Senna aquel día en Portugal, con lo que dieron inicio a un cambio significativo en las carreras”. Lo que el gran Stirling Moss calificó de “conducción sucia” se convirtió en la norma.

Nigel Roebuck, en un artículo publicado en AutoWeek, señala que el campeón del mundo de 1996 Damon Hill manifestó que la táctica de Senna de ganar a cualquier precio “fue la responsable de un cambio fundamental en la ética del deporte.” Los pilotos comenzaron a usar “tácticas terroristas en la pista.” Damon Hill afirmó: “Tuve que abandonar enseguida las actitudes que había aprendido al frecuentar las carreras con mi padre [el doble campeón del mundo Graham Hill] y con gente como él al darme cuenta de que nadie ponía coto a los individuos capaces de intentar matarte con tal de poder ganar”.

Cuando se le preguntó sobre la ética de las modernas carreras de Fórmula Uno, el estadounidense campeón del mundo Phil Hill manifestó: “En mi época, hacer ese tipo de cosas era impensable. En primer lugar, considerábamos ciertas tácticas inaceptables".

En el clima moral occidental imperante, estampar a otro buen piloto contra un muro a 300 kilómetros por hora es sólo parte de la victoria. Michael Schumacher, nacido en enero de 1969, ha sido siete veces campeón del mundo, un récord sin igual. El 1 de agosto en el Gran Premio de Hungría, AutoWeek informa de que Schumacher intentó empujar a su ex compañero de Ferrari Rubens Barrichello contra la pared a una velocidad 300 kilómetros por hora.

Frente a este intento de asesinato, Schumacher dijo: “Esto es la Fórmula Uno. Todo el mundo sabe que yo no hago regalos”. Tampoco los hace el gobierno de Estados Unidos, ni los de otros Estados o regiones, ni el gobierno del Reino Unido, ni el de la Unión Europea.

La deformación de una policía que muchos estadounidenses, en su ignorante existencia de ingenuos creyentes en el Estado de derecho, cree que está de su lado, ha adquirido nuevas dimensiones con la militarización de la fuerza pública para luchar contra los “terroristas” y “extremistas internos”.

La policía ha actuado impunemente desde que los conservadores consiguieron neutralizar las juntas municipales de control policial. Niños de sólo seis años han sido esposados y llevados detenidos por infracciones escolares que pueden o no haber ocurrido. También han detenido a madres que conducían un coche lleno de niños.



Cualquier persona que consulte en la red videos sobre la brutalidad policial en Estados Unidos tendrá acceso a decenas de miles de ejemplos, después de que se introdujeron leyes que hacen que la filmación de la brutalidad policial sea constitutiva de delito grave. Hace un año o dos, una búsqueda de este tipo daba como resultado cientos de miles de videos.

En uno de los más recientes abusos policiales, que se producen a miles cada día, un hombre de 84 años de edad acabó con el cuello roto porque se oponía a que la grúa se llevara su coche en plena noche. El matón uniformado de policía arrojó al anciano contra la pared y le rompió el cuello. El departamento de policía de Orlando, estado de Florida, asegura que el anciano era una amenaza para el bien armado matón, mucho más joven que él, porque le había mostrado el puño apretado.

Los estadounidenses serán los primeros en ir directamente al infierno pensando que son la sal de la tierra. Los estadounidenses incluso han ideado un título para sí mismos que compite con el de los israelíes: la designación de “pueblo elegido de Dios”, los estadounidenses se llaman a sí mismos “los imprescindibles”.





Fuente: CounterPunch.com / The Collapse of Western Morality
Autor: Paul Craig Roberts (EEUU, 1939 -) Economista. Fue secretario adjunto del Tesoro en el gobierno de Ronald Reagan. Ademas fue redactor jefe del Wall Street Journal y Business Week. Ha escrito 8 libros, el último de ellos How the Economy Was Lost (Cómo perdimos la economía).
Traducción: S. Seguí / Rebelión.org

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lunes, 11 de octubre de 2010

Muerte por globalización. Por Paul Craig Roberts

¿Se han hecho los economistas a sí mismos irrelevantes? Si tiene alguna duda, eche un vistazo a la edición actual de la revista The International Economy, una publicación de excelente presentación que cuenta con el respaldo de los ex presidentes de la Reserva Federal Paul Volcker y Alan Greenspan, además del presidente del Banco Central Europeo Jean-Claude Trichet, el ex secretario de Estado George Shultz, el New York Times y el Washington Post, diarios que aseguran que la revista se encuentra “a la cabeza del pelotón.”

El artículo principal del último número es El gran debate sobre el estímulo (The Great Stimulus Debate) ¿Contribuye el estímulo fiscal de Obama a la mejora de la economía o es un obstáculo para ésta?

El profesor de economía de Princeton y columnista del New York Times Paul Krugman y el jefe economista de Moody's Analytics Mark Zandi representan la perspectiva keynesiana según la cual el gasto de público a cuenta del déficit es necesario para sacar la economía de la recesión. Zandi afirma que gracias al estímulo fiscal la economía ha hecho enormes progresos desde principios de 2009, una opinión compartida por el Consejo presidencial de asesores económicos y la Oficina de Presupuestos del Congreso.

El punto de vista opuesto, defendido por el profesor de economía de Harvard Robert Barro y otros economistas europeos como Francesco Giavazzi y Pagano Marco así como el Banco Central Europeo, asegura que los excedentes presupuestarios logrados por el Gobierno mediante el recorte del gasto estimulan la economía al reducir la ratio de la deuda respecto al producto Interno bruto. Se trata de la escuela de economía del tipo “[si no tienen pan,] que coman torta.”

Barro asegura que el estímulo fiscal no tiene ningún efecto, porque la gente anticipa los futuros incrementos fiscales que implica el déficit público y aumenta su ahorro personal para compensar la deuda pública. Giavazzi y Pagano llegan a la conclusión de que, dado que el estímulo fiscal no se extiende a la economía, la austeridad fiscal basada en un aumento de los impuestos y una reducción del gasto público podría ser la cura para el desempleo.

Si uno pasa por alto el mundo real y la necesidad vital de obtener un sustento, uno puede llegar a encandilarse con este debate. Sin embargo, en cuanto uno mira el mundo por la ventana se da cuenta de que los recortes de la Seguridad Social, Medicare, Medicaid, los cupones de comida y los subsidios a la vivienda en un momento en que 15 millones de estadounidenses han perdido sus empleos, su cobertura médica y sus hogares significan un camino seguro a la muerte por inanición, enfermedades curables o congelación, además de la pérdida de los insumos de mano de obra productiva de 15 millones de personas. Aunque algunos defensores de esta política anti keynesiana niegan que dé lugar a trastornos sociales, la observación de Gerald Celente está más cerca de la realidad: “Cuando la gente no tiene nada que perder, lo pierde.”

La escuela keynesiana Krugman es igualmente ilusa. Ninguna de las partes participantes en El gran debate sobre el estímulo tiene idea de que el problema de los EE.UU. sea que una gran parte de su PIB y los empleos, ingresos y carreras profesionales ligadas a éste han sido trasladados a ultramar y entregados a chinos, indios y otros trabajadores extranjeros de bajo nivel de salarios. Los beneficios se han disparado en Wall Street, mientras que las perspectivas de empleo para la clase media han quedado destruidas.

La deslocalización de empleo en Estados Unidos fue resultado, en primer lugar, de las presiones de Wall Street para obtener “rendimientos accionariales más altos”, es decir, más beneficios, y, en segundo, de la influencia de economistas descerebrados, como los que participan en el debate sobre el estímulo fiscal, que asocian erróneamente la globalización con el libre comercio en lugar de su antítesis: la búsqueda de un factor de más bajo costo en el extranjero o factor de ventaja absoluta, lo contrario de la ventaja comparativa que es la base de la teoría del libre comercio. Incluso Krugman, que tiene algunas credenciales como teórico del comercio ha caído en trampa de igualar la globalización al libre comercio.

Como los economistas suponen, erróneamente según las teorías del comercio más recientes como las de Ralph Gomory y William Baumol, que el libre comercio siempre es mútuamente beneficioso, no han podido examinar los devastadores efectos nocivos de la deslocalización. Los más inteligentes de entre ellos que señalan este elemento son descartados con el sambenito de “proteccionistas”.

La razón de que los estímulos fiscales no puedan salvar la economía de estadounidense no tiene nada que ver con la diferencia entre Barro y Krugman. Tiene que ver con el hecho de que un gran porcentaje de empleos de alta productividad y alto valor añadido, y los ingresos y las carreras profesionales de la clase media se han entregado a personas de otros países. Lo que antes era PIB de EE.UU. es ahora PIB de China, India y otros países.

En los casos en que los empleos han sido trasplantados al extranjero, el estímulo fiscal no es una llamada a la vuelta al trabajo de los trabajadores con el fin de satisfacer la demanda de consumo creciente. Si el estímulo fiscal tiene algún efecto, será el estímulo del empleo en China y la India.

La escuela económica del tipo “que coman torta” está igualmente equivocada. A medida que la inversión, la investigación, el desarrollo tecnológico, etc. han sido trasladados a otros países, el recorte de derechos económicos simplemente hunde a la población nacional todavía más. Los estadounidenses no pueden pagar sus hipotecas, plazos del coche, matrículas escolares, facturas de servicios públicos o para el caso cualquier factura, sobre la base de las escalas salariales de China e India. Por lo tanto, los estadounidenses son expulsados del mercado de trabajo y se convierten en dependientes del presupuesto federal. La “consolidación fiscal” significa la cancelación de un gran número de seres humanos.

Durante la Gran Depresión, muchos asalariados eran recién llegados al mercado de trabajo, procedentes de explotaciones agrícolas familiares, donde muchos padres y abuelos seguían ganándose la vida. Cuando sus puestos de trabajo en la ciudad desaparecieron, muchos pudieron volver al campo.

Hoy la agricultura está en manos de la agroindustria. No hay granjas a las que los desempleados puedan regresar.

La escuela económica “que coman torta” nunca menciona el único punto a su favor. Estados Unidos, con toda su inflada fuerza e importancia, depende del dólar como moneda de reserva. Es este papel del dólar lo que permite a Estados Unidos pagar sus importaciones en su propia moneda. Para un país cuyo comercio es tan desequilibrado como el de Estados Unidos, este privilegio es lo que mantiene el país a flote.

Las amenazas al papel del dólar son los déficit presupuestario y comercial. Ambos son tan grandes y se han acumulado durante tanto tiempo que la perspectiva de corregirlos se ha evaporado. Como he escrito desde hace ya años, EE.UU. es tan dependiente del dólar como moneda de reserva que se ve obligado a tener como principal objetivo de sus políticas la preservación de este papel. De lo contrario, al ser un país dependiente de las importaciones, no será capaz de pagar por el exceso de importaciones sobre las exportaciones.

La “consolidación fiscal”, nuevo nombre dado a la austeridad, podría salvar el dólar. Sin embargo, a menos que el objetivo a alcanzar sea el hambre, la falta de vivienda y la agitación social, la austeridad debe recaer sobre el presupuesto militar. Estados Unidos no puede permitirse el lujo de mantener sus guerras, que le cuestan millones de millones de dólares, y que sólo sirven para enriquecer aún más a los inversores en la industria de armamentos. EE.UU. no puede permitirse el sueño neoconservador de una hegemonía mundial y un Oriente Medio vencido y abierto a la colonización israelí.

¿Sorprende a alguien que ni uno solo de los defensores de la escuela “que coman torta” mencione la reducción del gasto militar? Los derechos económicos, a pesar del hecho de que son pagados por impuestos destinados a este fin específico y de que han registrado superávit desde la época de Ronald Reagan, son siempre lo que los economistas ofrecen a la guillotina.

¿Y qué opinan ambas escuelas respecto al dilema entre inflación o deflación? No tenemos que preocuparnos. Martin Feldstein, uno de los economistas de primera fila de Estados Unidos afirma: “La buena noticia es que los inversores no deberían preocuparse por ninguna de las dos.” Su explicación resume bien la despreocupación de los economistas estadounidenses.

Feldstein dice que no puede haber inflación debido a la alta tasa de desempleo y la baja tasa de utilización de la capacidad. Por lo tanto, “hay poca presión al alza sobre los salarios y los precios en Estados Unidos.” Además, “el reciente aumento en el valor del dólar respecto al euro y la libra ayuda a reducir los costos de importación.”

En cuanto a la deflación, no hay riesgo tampoco ahí. El enorme déficit impide la deflación, “por lo que la buena noticia es que la posibilidad de una inflación o una deflación significativas en los próximos años figura en un lugar bajo en la lista de riesgos económicos que enfrenta la economía de EE.UU. y los inversores financieros.”

Tenemos ante nosotros una profesión económica desconocedora. Puede haber un período inicial de deflación a medida que las existencias de viviendas y los precios bajan con la economía, que están bajando y no subiendo. La deflación será de corta duración, porque como el déficit del gobierno aumenta con la economía en declive, la perspectiva de financiar un déficit de dos billones de dólares anuales se evapora una vez que los inversores individuales han completado su huida del mercado de valores a los bonos “seguros” del Estado, una vez que las crisis griega, española e irlandesa, anunciadas a bombo y platillo, han propiciado el traslado de los inversionistas del euro al dólar, y una vez que las excesivas reservas de los bancos creadas por el plan de rescate se han utilizado en la compra de bonos del Tesoro.

Así pues, ¿cómo se financia el déficit? No busque una respuesta a uno y otro lado del gran debate del estímulo. No tienen ni idea, a pesar de que la respuesta es obvia.

La Reserva Federal monetizará el déficit del gobierno federal, y el resultado será una elevada inflación –posiblemente hiperinflación– y un elevado desempleo, de forma simultánea.

El establishment de la economía descerebrada no tiene una respuesta de política económica para evitar la gran debacle, suponiendo que sean capaces de reconocerla.

Los economistas que han pasado sus vidas profesionales racionalizando la globalización como algo bueno para Estados Unidos no tienen ni idea del desastre que han provocado.




Fuente: CounterPunch.com
Autor: Paul Craig Roberts (EEUU, 1939 -) Economista. Fue secretario adjunto del Tesoro en el gobierno de Ronald Reagan. Ademas fue redactor jefe del Wall Street Journal y Business Week. Ha escrito 8 libros, el último de ellos How the Economy Was Lost (Cómo perdimos la economía).
Traducción: S. Seguí / Rebelión.org

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