viernes, 18 de marzo de 2011

Cuando la verdad es descortés. Por Andrés Sánchez Braun

Los políticos japoneses se aferran al uso social del 'tatemae' para ocultar información a sus ciudadanos
El Gobierno japonés ha insistido estos días en que tiene todo bajo control, pero las sucesivas explosiones y fugas en las centrales y la posición de distintos organismos y gobiernos que aseguran que la situación es más grave, hacen que hoy casi todos duden de la transparencia informativa de la administración nipona y de su capacidad para manejar esta crisis. Aunque algunos expertos señalen que pocos gobiernos serían capaces de actuar con total transparencia en una situación semejante, para así no desatar el pánico, los precedentes de la administración nipona hacen pensar en que la gravedad de la situación se podría haber ocultado.

El estadounidense Alex Kerr explica a la perfección en su libro Dogs and Demons: Tales from the Dark Side of Japan cómo la actitud de los nipones ante la información difiere de la de los occidentales. Decir la verdad en muchos contextos resulta descortés, y los propios nipones aprenden y desarrollan desde pequeños su tatemae 1 (pensamientos que se expresan en público y que no deben ofender a los demás) y honne 1 (lo que se piensa de verdad, y que solo se emplea con gente muy cercana). Un ejemplo claro de uso del tatemae es que un "lo pensaremos..." en el ámbito de los negocios nipones significa en realidad "No insista, no nos interesa".

Un caso concreto que el estadounidense desvela en su libro es que en los noventa el gobierno de la prefectura de Fukui no vaciló a la hora de borrar la central nuclear de Mihama, que se alza junto a la playa de Suishohama, de una foto promocional turística. En occidente se habría tildado como un fraude, pero en este caso los funcionarios explicaron que la belleza de la playa se apreciaba mejor sin elementos que distorsionaran su hermosura.

El problema, como dice Kerr, es que en Japón el tatemae se ha empleado gustosamente en el último siglo y medio para proteger a las élites políticas y empresariales y mantener en la inopia al pueblo japonés, que en estos días se está mostrando, como siempre, intachable en cuanto estoicidad y civismo.

Entre los años treinta y sesenta la administración permitió y encubrió los vertidos masivos de metilmercurio de la compañía química Chisso en la bahía de Minamata. Estos acabaron matando a más de 1.500 personas y causaron daños neurológicos irreversibles a más de 500.

En años recientes, la supresión de los crímenes cometidos por el ejército imperial en la Segunda Guerra Mundial de los libros de texto por parte del Partido Liberal Demócrata supone otra muestra del gusto por maquillar los acontecimientos. Las empresas que gestionan centrales nucleares también han seguido este patrón en las últimas décadas; Tepco, Hokuriku Electric o Chugoku Electric Power han facilitado cientos de informes técnicos falsos y han ocultado deliberadamente accidentes y situaciones de emergencia en las plantas.

El que aún existan los llamados clubes de prensa -círculos de periodistas y políticos donde prima el amiguismo y se restringe el acceso a informaciones oficiales a terceros, incluidos medios extranjeros- y de que los tres grandes periódicos publiquen a diario prácticamente las mismas noticias, muchas provenientes de estos clubes, hacen dudar del todo el entramado político e informativo nipón y certifican las conclusiones de Kerr: "Los hechos sobre gran parte de la vida política, social y financiera de Japón se esconden tan bien que la verdad es casi imposible de conocer".




Fuente: ElPais.com
Autor: Andrés Sánchez Braun, analista del diario El País de España.
Referencias: 1. Más sobre "Tatemae and Honne" (en ingles): wikipedia / wordiQ
Fotografía: Jon Berkeley para portada The Economist (detalle) / 19 marzo 2011


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viernes, 11 de marzo de 2011

La conexión El Cairo-Wisconsin. Por Noam Chomsky

El 20 de febrero, Kamal Abbas, líder sindical egipcio y figura prominente del Movimiento 25 de Enero, envió un mensaje a los “trabajadores de Wisconsin”: “Estamos con ustedes, así como ustedes estuvieron con nosotros”.

Los trabajadores egipcios han luchado mucho tiempo por los derechos fundamentales que les denegaba el régimen de Hosni Mubarak respaldado por EEUU. Kamal tiene razón en invocar la solidaridad, que ha sido durante mucho tiempo la fuerza orientadora del movimiento de los trabajadores en el mundo, y en equiparar sus luchas por los derechos laborales y por la democracia.

Las dos están estrechamente interrelacionadas. Los movimientos de trabajadores han estado en la vanguardia de la protección de la democracia y los derechos humanos y en la expansión de sus dominios, razón elemental que explica por qué son venenosos para los sistemas de poder, sean públicos o privados.

Las trayectorias de los movimientos en Egipto y EEUU están tomando direcciones opuestas: hacia la conquista de derechos, en Egipto, y hacia la defensa de derechos existentes, pero sometidos a duros ataques, en EEUU.

Los dos casos merecen una mirada más cercana.

La sublevación del 25 de enero fue encendida por los jóvenes usuarios de Facebook del Movimiento 6 de Abril, que se levantaron en Egipto en la primavera de 2008 en “solidaridad con los trabajadores textiles en huelga en Mahalla”, según señala el analista laboral Nada Matta. El Estado reventó la huelga y las acciones de solidaridad, pero Mahalla quedó como “un símbolo de revuelta y desafío al régimen”, añade Matta. La huelga se volvió particularmente amenazante para la dictadura cuando las demandas de los trabajadores se extendieron más allá de sus preocupaciones locales y reclamaron un salario mínimo para todos los egipcios.

Las observaciones de Matta son confirmadas por Joel Beinin, una autoridad estadounidense en materia laboral egipcia. Durante muchos años de lucha, informa Beinin, los trabajadores han establecido nexos y se pueden movilizar con presteza.

Cuando los trabajadores se sumaron al Movimiento 25 de Enero, el impacto fue decisivo y el comando militar se deshizo de Mubarak. Fue una gran victoria para el movimiento por la democracia egipcia, aunque permanecen muchas barreras, internas y externas.

Las barreras internas son claras. EEUU y sus aliados no pueden tolerar fácilmente democracias que funcionen en el mundo árabe.

Las encuestas de opinión pública en Egipto y a lo largo y ancho de Oriente Próximo son elocuentes: por aplastantes mayorías, la gente considera a EEUU e Israel, y no a Irán, las mayores amenazas. Más aún, la mayoría piensa que la región estaría mejor si Irán tuviese armas nucleares.

Podemos anticipar que Washington mantendrá su política tradicional, bien confirmada por los expertos: la democracia es tolerable sólo si se ajusta a objetivos estratégico-económicos. La fábula del “anhelo por la democracia” de EEUU está reservada para ideólogos y propaganda.

La democracia en EEUU ha tomado una dirección diferente. Después de la II Guerra Mundial, el país disfrutó de un crecimiento sin precedentes, ampliamente igualitario y acompañado de una legislación que beneficiaba a la mayoría de la gente. La tendencia continuó durante los años de Richard Nixon, hasta que llegó la era liberal.

La reacción contra el impacto democratizador del activismo de los sesenta y la traición de clase de Nixon no tardó en llegar mediante un gran incremento en las prácticas lobistas para diseñar las leyes, el establecimiento de think-tanks de derechas para capturar el espectro ideológico, y otros muchos medios.

La economía también cambió de curso hacia la financiarización y la exportación de la producción. La desigualdad se disparó, primordialmente por la creciente riqueza del 1% de la población, o incluso una fracción menor, limitada fundamentalmente a presidentes de corporaciones, gestores de fondos de alto riesgo, etc.

Para la mayoría, los ingresos reales se estancaron. Volvieron los horarios laborales más amplios, la deuda, la inflación. Vino entonces la burbuja inmobiliaria de ocho billones de dólares, que la Reserva Federal y casi todos los economistas, embebidos en los dogmas de los mercados eficientes, no lograron prever. Cuando la burbuja estalló, la economía se colapsó a niveles cercanos a los de la Depresión para los trabajadores de la industria y muchos otros.

La concentración del ingreso confiere poder político, que a su vez deriva en leyes que refuerzan más aún el privilegio de los superricos: políticas tributarias, normas de gobernanza corporativa y mucho más. Junto a este círculo vicioso, los costes de campañas electorales han aumentado drásticamente, llevando a los dos partidos mayoritarios a nutrirse en el sector de las corporaciones: los republicanos de manera natural y los demócratas (ahora muy equivalentes a los republicanos moderados de años anteriores) siguiéndoles no muy atrás.

En 1978, mientras este proceso se desarrollaba, el entonces presidente de los Trabajadores Autónomos Unidos (United Auto Workers), Doug Fraser, condenó a los líderes empresariales por haber “elegido sumarse a una guerra unilateral de clases en este país: una guerra contra el pueblo trabajador, los pobres, las minorías, los muy jóvenes y muy viejos, e incluso muchos de la clase media de nuestra sociedad”, y haber “roto y deshecho el frágil pacto no escrito que existió previamente durante un periodo de crecimiento y progreso”.

Cuando los trabajadores ganaron derechos básicos en los años treinta, dirigentes empresariales advirtieron sobre “el peligro que afrontaban los industriales por el creciente poder político de las masas”, y reclamaron medidas urgentes para conjurar la amenaza, de acuerdo con el académico Alex Carey en Taking the risk out of democracy. Esos hombres de negocios entendían, al igual que lo hizo Mubarak, que los sindicatos constituyen una fuerza directriz en el avance de los derechos y la democracia. En EEUU, los sindicatos son el contrapoder primario a la tiranía corporativa.

De momento, los sindicatos del sector privado de EEUU han sido severamente debilitados. Los sindicatos del sector público se encuentran últimamente sometidos a un ataque implacable desde la oposición de derechas, que explota cínicamente la crisis económica causada básicamente por la industria financiera y sus aliados en el Gobierno.

La ira popular debe ser desviada de los agentes de la crisis financiera, que se están beneficiando de ella; por ejemplo, Goldman Sachs, que está “en vías de pagar 17.500 millones de dólares en compensación por el ejercicio pasado”, según informa la prensa económica. El presidente de la compañía, Lloyd Blankfein, recibirá un bonus de 12,6 millones de dólares mientras su sueldo se triplica hasta los dos millones.

En su lugar, la propaganda debe demonizar a los profesores y otros empleados públicos por sus grandes salarios y exorbitantes pensiones, todo ello un montaje que sigue un modelo que ya resulta demasiado familiar. Para el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, para la mayoría de los republicanos y muchos demócratas, el eslogan es que la austeridad debe ser compartida (con algunas excepciones notables).

La propaganda ha sido bastante eficaz. Walker puede contar con al menos una amplia minoría para apoyar su enorme esfuerzo para destruir los sindicatos. La invocación del déficit como excusa es pura farsa.

En sentidos diferentes, el destino de la democracia está en juego en Madison, Wisconsin, no menos de lo que está en la plaza Tahrir.





Fuente: Contracorriente / Publico.es
Autor: Noam Chomsky (Filadelfia, Estados Unidos,1928-) es un lingüista, filósofo y activista estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el MIT y una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, gracias a sus trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva. A lo largo de su vida, ha ganado popularidad también por su activismo político, caracterizado por una visión fuertemente crítica de las sociedades capitalistas y socialistas, habiéndose definido políticamente a sí mismo como un anarquista o socialista libertario.
Fotografía: Durante las revueltas en Egipto, protestante exibe cartel de apoyo a los obreros de Wisconsin. Diciendo, "Egipto apoya Wisconsin. Un mundo. Un dolor" (Egypt supports Wisconsin. One World. One Pain).


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lunes, 7 de marzo de 2011

Maquiavelo y el Pueblo Elegido. Por José Álvarez Junco

Quien llega a primera potencia mundial, como EE UU ahora o hace 500 años los Reyes Católicos, ha hecho méritos. Pero yerra si cree que tiene una especial relación con Dios o una "superioridad natural"

El reverendo Fred Phelps, líder de la Iglesia Baptista de Westboro, Kansas, ha colgado en YouTube un vídeo en el que bendice el acto del pistolero que ha intentado matar a la congresista Gabrielle Giffords en Arizona. Esta representante se merecía su suerte, explica el predicador, porque había apoyado las leyes que permiten el aborto y las bodas gais, pecados que tienen irritado a Dios con Estados Unidos. Phelps era ya conocido por su irrupción en los funerales de los soldados muertos en las guerras de Irak y Afganistán, donde repite su tesis del enfado divino con el pueblo norteamericano.

Este predicador es un caso extremo de locura y odio. Pero su idea del destino providencial de la nación americana es bastante más común de lo que se cree fuera de aquel país. Según ella, los americanos son los continuadores del Pueblo Elegido, y por eso reciben una recompensa superior a las de otros si siguen los mandatos divinos (el dominio del mundo, nada menos) y sufren mayores castigos que los demás si los desobedecen.

La tesis no es nueva. Hace 500 años finalizaba en España el reinado de los Reyes Católicos, con un balance espectacular. Habían unido las coronas de Castilla y Aragón, conquistado Granada y dado fin al dominio musulmán sobre la Península, descubierto unos territorios inmensos al otro lado del océano, derrotado a la invencible caballería francesa en Italia y tomado diversas plazas en el norte de África. Francesco Guicciardini, gran observador político, decía que estos sucesos habían alterado el orden europeo de los siglos anteriores. Lo mismo hacía Maquiavelo, que por aquellos años intentaba ofrecer una explicación moderna de esos y otros cambios políticos a partir de factores como la fortuna, la virtù y la necesita; por lo que le acusaban de inmoral. Pero los pensadores peninsulares, deslumbrados por los recientes triunfos, seguían anclados en el providencialismo medieval. Dios era el agente de la historia; no había fortuna, en el sentido de azar o casualidad, como no había virtù, en el de habilidad política, porque hasta el menor acontecimiento era producto de la voluntad divina, aunque sus razones fueran con frecuencia inaccesibles a la mente humana. Los éxitos de los reyes solo podían deberse a la protección providencial, por su decidida defensa de la verdadera fe. Como explicó al rey Fernando el doctor Palacios Rubios, hablando de la conquista de Navarra: "por razones solo a Él reservadas, ha decretado Dios quitar su reino a los reyes de Navarra y otorgarlo a Vuestra Majestad. Porque es Dios quien transfiere los reinos de gente en gente, como dice la Sagrada Escritura".

El providencialismo llevaba, lógicamente, al profetismo. Si lo ocurrido en el pasado había sido producto de la voluntad divina, era fácil adivinar por dónde avanzaría el futuro. Tanto Alonso de Cartagena como Sánchez de Arévalo dedujeron de la protección providencial sobre la monarquía castellano-aragonesa que la grandiosa misión a la que estaba destinada aún no había concluido. En el horizonte se veía, para empezar, la absorción de Portugal. Diego de Valera decía al rey Fernando que "es profetizado de muchos siglos acá que habréis la monarquía de todas las Españas".

La manifestación del favor divino sobre los monarcas hispánicos significaba, como poco, que había comenzado una nueva era histórica, que había nacido un nuevo imperio, comparable al persa o al romano. Pero muchos creían que se estaba instalando la monarquía universal, destinada a conquistar Jerusalén y entregar la corona terrenal a un Cristo esplendoroso que descendería sobre el Monte de los Olivos, con lo que terminaría la historia humana. Los imperios, observaron estos profetas con una lógica aparentemente impecable, se movían de Levante a Poniente, de acuerdo con el curso del sol: nacidos en Asiria y Persia, y encarnados sucesivamente en Grecia y Roma, culminaban ahora en España, un Finis Terrae que sería también el Finis Historiae.

Un siglo y pico más tarde, al comenzar el reinado de Felipe IV, aquel optimismo había flaqueado mucho. Fernando e Isabel no habían sido sucedidos por su hijo, el príncipe don Juan, que murió joven -quién sabe si por designio divino o golpe de la ciega fortuna-, sino por los Habsburgo, que habían construido, a partir de sus éxitos, un poderosísimo imperio. Pero, quizás porque se habían tomado en serio su destino de dueños del mundo, se habían embarcado en tantas empresas que estaban desbordados. A la altura de 1620-30, la monarquía española estaba en guerra con más de media Europa. En lugar de prolongar la tregua firmada por Felipe III con los holandeses, su sucesor optó por reanudar las actividades bélicas; y los rebeldes no solo dominaban el norte de Flandes, sino que habían ocupado territorios en Brasil, lo que irritaba a los portugueses, que veían su imperio mal protegido por sus nuevos dueños, los Habsburgo españoles. Felipe IV participaba también en la Guerra de los Treinta Años, en apoyo de sus primos austriacos frente a los belicosos luteranos daneses y suecos. A favor de estos acabaría por entrar igualmente Francia, pese a estar regida por el católico cardenal Richelieu. Hasta por la sucesión del ducado de Mantua se metió Olivares en una guerra absurda, que perdió.

Pese a que la monarquía recibía de América unas remesas de plata que le permitían mantener unos ejércitos muy superiores a los de cualquiera de sus rivales europeos, los recursos no daban para cubrir tantos frentes. La flota de Tierra Firme, además, se fue a pique en 1621 con grandes mermas para el tesoro real; al año siguiente sufrió pérdidas la de Nueva España; y el desastre fue completo en 1628, cuando todo el convoy mexicano fue capturado por el holandés Piet Heyn. Subir los impuestos sobre Castilla, principal proveedor de hombres y recursos para los tercios, era ya imposible, porque la voracidad del fisco real había arruinado y despoblado este reino desde hacía tiempo. El conde-duque decidió entonces presionar a portugueses y catalanes, que se aferraban comprensiblemente a sus privilegios para evitar que se repitiera allí el desastre castellano, y provocó las dos rebeliones de 1640, que acabaron en largas guerras internas y la independencia de Portugal.

En uno de los momentos de aquel catastrófico proceso, los consejeros del rey idearon convocar una Junta de Reformación para estudiar cómo resolver la situación. Y, tras mucha cavilación, se aprobó un plan que mezclaba medidas económicas, destinadas a incrementar la recaudación, con otras contra el lujo en la vestimenta y el consumo suntuario en la corte, que tenían un contenido más moral que económico; uno de los artículos, muy significativo, disponía, sin más, el cierre de burdeles. Como el propio Felipe IV confesó, había comprendido que Dios estaba enfadado con él, y con su pueblo, por sus pecados. La mejor manera de enfrentarse con los fracasos militares y las penurias económicas era, por eso, aplacarle purificando las costumbres del reino.

No hay que exagerar el paralelismo. El reverendo Phelps no es Felipe IV, ni por su poder ni por la representatividad de su discurso. Pero hay algo común en sus lógicas. Quien llega a primera potencia del mundo ha hecho, sin duda, muchos méritos. El error está en creerse que tiene una especial relación con la divinidad o una "superioridad natural" sobre los otros. Porque, a la hora de los fracasos, cuando alguna operación, por ejemplo militar, salga mal, no tendrá manera de explicarlo, salvo que piense que ha disgustado de algún modo a la Divina Providencia. Y la solución no será rectificar su política, mejorar sus técnicas militares o abandonar alguna empresa por su excesivo riesgo o coste, sino, por ejemplo, cerrar prostíbulos, como hizo Felipe IV; o castigar con dureza la homosexualidad, como propone Phelps.

Los discursos elaborados para consumo interno, a la mañana siguiente del triunfo, en plena euforia autocomplaciente, no deben tomarse en serio. Porque lleva a obcecarse en empresas imposibles y ruinosas. Más razonable sería estudiar situaciones precedentes que pudieran enseñar algo sobre la actual y aplicarse la lección. Un adulto debería ser capaz de prescindir de la idea de excepcionalidad, reconocer que su caso no es único, compararse con otros y pensar en términos terrenales, prácticos, de simple eficacia. Es lo que proponía Maquiavelo.



Fuente: ElPais.com
Autor: José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid. Entre 1992 y 2000 ocupó la cátedra Príncipe de Asturias de la Universidad Tufts (Boston), y dirigió el seminario de Estudios Ibéricos del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard. Fue también director del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales hasta mayo de 2008 y por virtud de ese cargo, Consejero de Estado. En 2002 recibió el Premio Nacional de Ensayo que concede el Ministerio de Cultura de España.
Fotografía: Detalle de un billete de dolar. "In God we trust" o "En Dios confiamos"

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miércoles, 23 de febrero de 2011

Vergüenza. Por Lluís Bassets

Ha sucedido en tantas ocasiones que no vamos a escandalizarnos por una más. Recordemos los Balcanes o Ruanda. Nunca más. En cada ocasión hemos recorrido los mismos penosos caminos. En cada ocasión los europeos hemos dado un bochornoso espectáculo de inhibición e indiferencia y luego, cuando ya no tenía remedio, entonado el mea culpa. Y, como si nada, de vuelta a las andadas. Ahora mismo. Justo cuando los pueblos del sur del Mediterráneo se levantan, nuestros gobiernos, la Unión Europea, el conjunto de las instituciones internacionales, demuestran que están en otras cosas. Aquella fosa mediterránea que nos separaba en desarrollo, rentas y demografía se hace estos días más ancha y más profunda. Ahora es un abismo de ignorancia y desinterés.

En todos y cada uno de los pasos, zancadas más bien, que está dando la revolución democrática en el mundo árabe, hemos reaccionado tarde y mal. Lastrados al principio por nuestras estrechas relaciones con los dictadores y reyezuelos. Después, por las malas excusas sobre la estabilidad y los peligros del islamismo. Y, finalmente, por una política exterior europea ya difunta. El colmo insoportable lo han facilitado los últimos acontecimientos de Libia, donde corre la sangre a raudales, vertida criminalmente por un protegido de occidente.

Navegar por las páginas en Internet de las instituciones internacionales y europeas es un ejercicio aleccionador sobre esta fosa y sobre la parsimonia con que unos y otros reaccionan ante la matanza que está perpetrando el coronel Gadafi entre su población. La presidencia semestral de la UE, a cargo ahora de Hungría, se ocupa de cualquier cosa menos de la revuelta árabe y de los centenares de víctimas de la represión que se están produciendo. El presidente del Consejo Herman van Rompuy todavía tiene el reloj en la hora en que Mubarak estaba tambaleándose. La representante europea para Asuntos Exteriores, Catherine Ashton, va un poco más adelantada: le pide a las autoridades de Bahrein que hagan el favor de evitar actuaciones violentas y viaja esta semana próxima a El Cairo.

El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas se ha quedado en el voto mayoritario y el veto estadounidense sobre los asentamientos israelíes en territorio palestino. Fue el viernes por la noche y estamos en fin de semana. La diplomacia tiene naturalmente derecho al descanso. No entremos en las comedidas reacciones de la Conferencia Islámica y de la Liga Arabe. ¿Y nuestra querida Unión para el Mediterráneo, con sede en Barcelona, presidida todavía por el depuesto Mubarak y por Nicolas Sarkozy? Sin secretario general, dimitido, y con esta copresidencia sonrojante, lleva dos años largos desde su fundación sin hacer nada. ¿No hay nadie en Bruselas o en Pedralbes para hacer un simple comunicado que tape un poco nuestra vergüenza? ¿Nadie en ningún organismo internacional que convoque una reunión de urgencia para evitar que siga la matanza?

Los ministros de Exteriores de los 27 que se reúnen hoy en Bruselas en su consejo mensual tienen la oportunidad de demostrar que por una vez saben estar a la altura de las circunstancias. ¿Harán algo más que encargar a sus funcionarios la redacción de un sentido e inútil comunicado sobre la sangrienta represión en Libia? La UE debiera convocar una cumbre extraordinaria para frenar la matanza y preparar los planes de ayuda a las transiciones democráticas. Estamos dirigidos por lo que se ve por cansinos comentaristas de la actualidad (que no aciertan ni siquiera a llegar a tiempo en sus comentarios) y no por personas dispuestas a tomar decisiones, auxiliar a las poblaciones y enfrentarse a las dificultades que plantea el mayor acontecimiento histórico que se produce a nuestras puertas desde 1989.




Fuente: ElPaís.com / Del alfiler al elefante
Autor: Lluís Bassets es periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".



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domingo, 13 de febrero de 2011

¿Madres tigres o madres elefantes? Por Peter Singer

Hace muchos años, mi esposa y yo nos dirigíamos hacia algún lugar con nuestras tres hijitas, cuando una de ellas preguntó: “¿Que prefieren, qué seamos inteligentes o que seamos felices?”

Me acordé de este momento el mes pasado cuando leí el artículo “Por qué las madres chinas son superiores” de Amy Chua (foto) en el Wall Street Journal, que generó más de 4.000 comentarios en www.wsj.com y más de 100.000 comentarios en Facebook. El artículo promocionaba el libro de Chua, Battle Hymn of the Tiger Mother (Himno de batalla de la madre tigre), que se convirtió en un éxito editorial al instante.

La tesis de Chua es que, cuando se los compara con sus pares norteamericanos, los chicos chinos tienden a ser más exitosos porque tienen “madres tigres”, mientras que las madres occidentales son gatitos, o peor. A Sophie y Louise, las hijas de Chua, nunca se les permitió mirar televisión, jugar juegos en la computadora, quedarse a dormir en la casa de alguna amiga o participar en una obra de teatro de la escuela. Tenían que pasar horas todos los días tocando el piano o el violín. Se esperaba que fueran las mejores alumnas en todas las materias excepto en gimnasia y en teatro.

Las madres chinas, según Chua, creen que los hijos, una vez que pasan los primeros años de vida, necesitan que les digan, en términos precisos, si no cumplieron con los niveles altos que sus padres esperan de ellos. (Chua dice conocer a madres coreanas, indias, jamaiquinas, irlandesas y ghanesas que son “chinas” en su enfoque, al igual que a algunas madres chinas étnicas que no lo son). Sus egos deben ser lo suficientemente fuertes como para soportarlo.

Pero Chua, profesora en la Facultad de Derecho de Yale (al igual que su marido), vive en una cultura en la que se considera que la autoestima de un chico es tan frágil que los equipos deportivos infantiles les dan el premio al “jugador más valioso” a todos los integrantes del equipo. Por eso no sorprende que muchos norteamericanos reaccionen con horror ante su estilo de crianza.

Un problema que se presenta al analizar la estrategia de criar a un hijo como una madre tigre es que no podemos separar su impacto del de los genes que los padres les transmiten a sus hijos. Si quiere que sus hijos sean los mejores de su clase, ayudaría si usted y su pareja tuvieran la inteligencia para convertirse en profesores de universidades de elite. No importa el esfuerzo que haga una madre tigre, no todos los alumnos pueden terminar primeros (excepto, claro, que dijéramos que todos son “los mejores de la clase”).

La crianza de madre tigre apunta a que los chicos maximicen las habilidades que poseen, y por ende pareciera inclinarse por la parte “inteligente” de la opción “inteligente o feliz”. También es ésa la visión de Betty Ming Liu, que escribió en un blog en respuesta al artículo de Chua: “Los padres como Amy Chua son la razón por la cual los norteamericanos de origen asiático como yo hacemos terapia”.

Stanley Sue, profesor de Psicología de la Universidad de California, Davis, ha estudiado el suicidio, que es particularmente común entre mujeres norteamericanas de origen asiático (en otros grupos étnicos, se suicidan más hombres que mujeres). El cree que la presión familiar es un factor importante.

Chua respondería que alcanzar un alto nivel de logros aporta una gran satisfacción y que la única manera de lograrlo es mediante el esfuerzo. Quizás, ¿pero no se puede alentar a los chicos a que hagan cosas porque intrínsecamente valen la pena, y no por temor a la desaprobación de los padres?

Coincido con Chua hasta este punto: Negarse a decirle a un chico qué hacer puede llegar demasiado lejos. Una de mis hijas, que ahora tiene sus propios hijos, me cuenta historias asombrosas sobre los estilos de crianza de sus amigos. Uno de ellos le permitió a su hija dejar tres jardines de infantes distintos porque no quería ir. Otra pareja cree en el “aprendizaje auto-dirigido” hasta tal punto que una noche se fueron a acostar a las 11 de la noche y dejaron a su hija de cinco años mirando su novena hora consecutiva de videos de Barbie.

La crianza de madre tigre puede parecer un contrapeso útil para semejante permisividad, pero ambos extremos dejan algo afuera. El enfoque de Chua es implacable en cuanto a las actividades solitarias en el hogar, sin ningún aliento de las actividades grupales, ni ninguna preocupación por los demás, ni en el colegio ni en la comunidad en general. Por lo tanto, parece pensar que las obras de teatro escolares son una pérdida de tiempo que se podría aprovechar mejor estudiando o tocando música.

Sin embargo, participar en una obra escolar implica contribuir al bien de la comunidad. Si los chicos talentosos se quedan afuera, la calidad de la producción se verá afectada, en detrimento de los otros que forman parte (y de la audiencia que la verá). Y todos los chicos cuyos padres les prohíben participar en estas actividades pierden la oportunidad de desarrollar habilidades sociales que son igualmente importantes y gratificantes --y cuyo dominio resulta igualmente demandante-- que aquellas que monopolizan la atención de Chua.

Deberíamos apuntar a que nuestros hijos sean buenas personas, y que vivan vidas éticas que manifiesten preocupación por los demás así como por sí mismos. Este enfoque de crianza de los hijos está relacionado con la felicidad: Existe abundante evidencia de que aquellos que son generosos y amables están más contentos con sus vidas que aquellos que no lo son. Pero también es un objetivo importante en sí mismo. Los tigres viven vidas solitarias, excepto por las madres con sus cachorros. Nosotros, por el contrario, somos animales sociales como los elefantes. Las madres elefantes no se focalizan solamente en el bienestar de sus propias crías. Juntas, protegen y cuidan a todos los jóvenes de su manada, creando una especie de guardería infantil.
Si todos pensamos solamente en nuestros propios intereses, vamos camino al desastre colectivo --sólo basta mirar lo que le estamos haciendo al clima de nuestro planeta--. Cuando se trata de criar a nuestros hijos, necesitamos menos tigres y más elefantes.




Fuente: TheJapanTimes.co.jp / The world needs more elephant mothers
Autor: Peter Singer (Australia, 1946-) filosofo. Profesor de bioética en la Universidad de Princeton y profesor laureado en la Universidad de Melbourne. Su libro más reciente es The Life you Can Save.
Traducción: LosTiempos.com


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lunes, 7 de febrero de 2011

¿Dónde han ido a parar los islamistas? Por Oliver Roy

El joven vendedor ambulante tunecino que desencadenó la revuelta al quemarse en público nos recuerda a los monjes budistas vietnamitas en 1963 o a Jan Palach en Checoslovaquia en 1969, unos actos de naturaleza precisamente opuesta a la de las bombas suicidas que son la marca registrada del actual terrorismo islámico.

Incluso en este acto sacrificial no ha habido nada de religioso: ningún turbante verde o negro, ninguna túnica blanca, nada de ¡Alá Akbar!, nada de llamamientos a la yihad. Se ha tratado, por el contrario, de una protesta individual, desesperada y absoluta, sin una palabra sobre el paraíso o la salvación. En este caso el suicidio era el último acto de libertad dirigido a avergonzar al dictador y a instar a la gente a reaccionar. Era un llamamiento a la vida, no a la muerte.

En las sucesivas manifestaciones en las calles, no se invocó un Estado islamista, ni los manifestantes se pusieron sudarios blancos frente a las bayonetas, como en Teherán en 1978. Ninguna referencia a la sharía ni a la ley islámica. Y, lo más sorprendente, ningún "¡abajo el imperialismo de Estados Unidos!". El odiado régimen era percibido como indígena, como el resultado del miedo y de la pasividad, y no como la marioneta del neocolonialismo francés o norteamericano, a pesar del refrendo que había obtenido por parte de la élite política francesa.

En vez de ello, los manifestantes pedían libertad, democracia y elecciones con pluralidad de partidos. Dicho sencillamente, querían verse libres de la cleptocrática familia gobernante ("¡dégage!", o sea "¡despeja!", ha sido la popular expresión francesa utilizada como consigna).

En esta sociedad musulmana nada se ha puesto de manifiesto acerca de "un excepcionalismo islámico". Y, al final, cuando los líderes islamistas reales han vuelto de su exilio en Occidente (sí, estaban en Occidente, no en Afganistán ni en Arabia Saudí) estos, como Rachid Ghanuchi, han hablado de elecciones, Gobierno de coalición y de estabilidad, al tiempo que mantenían un bajo perfil.


¿Han desaparecido los islamistas?

No. Pero, al menos en África del Norte, muchos de ellos se han convertido en demócratas. Es verdad que grupos marginales han seguido la senda de una yihad global y nómada, y que vagabundean por el Sahel en busca de rehenes, pero no cuentan con el apoyo real de la población. Esa es la razón por la que se han ido al desierto.

Sin embargo, esos salteadores de caminos siguen estando considerados por los Gobiernos occidentales como una amenaza estratégica que dificulta el diseño de una política a largo plazo. Otros islamistas sencillamente han dejado la política y se han encerrado en casa para seguir un piadoso y conservador, aunque apolítico, estilo de vida. Al igual que a sus mujeres, le han puesto un burka a sus vidas.

Pero el grueso de los antiguos islamistas ha llegado a la misma conclusión que la generación que fundó el Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) en Turquía: no hay tercera vía entre democracia y dictadura. Solamente hay dictadura y democracia.

Este reconocimiento del fracaso del islam político ha coincidido con el talante de esa nueva generación de manifestantes en Túnez. La nueva generación árabe no está motivada por la religión o la ideología, sino por la aspiración a una transición pacífica hacia un Gobierno decente, democrático y "normal". Tan solo quieren ser como los demás.

La revuelta tunecina ayuda a aclarar una realidad respecto del mundo árabe: el terrorismo que hemos contemplado estos últimos años, que es un milenarismo utópico, no proviene de las sociedades reales de Oriente Próximo. Es mucho más fácil encontrar radicales islámicos en Occidente que en estos países.

Naturalmente, el cuadro difiere entre un país y otro. La generación posislamista es más visible en el norte de África que en Egipto o Yemen, por no hablar de Pakistán, que es un país que se derrumba. Pero en todo el Oriente Próximo árabe, la generación que está liderando la protesta contra la dictadura no tiene un carácter islámico.

Eso no quiere decir que no queden grandes desafíos a los que enfrentarse. De hecho, son muchos: cómo encontrar líderes políticos que puedan estar a la altura de las expectativas populares; cómo evitar los escollos de la anarquía; cómo reconstruir los vínculos políticos y sociales que han sido deliberadamente destruidos por los regímenes dictatoriales y reconstruir una sociedad civil.

Pero hay al menos una cuestión inmediatamente suscitada por la revolución tunecina.

¿Por qué sigue apoyando Occidente a la mayoría de las dictaduras de Oriente Próximo incluso cuando esta oleada democrática agita la región? En el pasado, por supuesto, la respuesta ha sido que Occidente ha visto en los regímenes autoritarios el mejor baluarte contra el islamismo.

Esa fue la razón oculta de su apoyo a la cancelación de las elecciones de Argelia en 1990, de que se hiciera la vista gorda con el tinglado de las elecciones egipcias y de que se ignorara lo que los palestinos eligieron en Gaza.

A la luz de la experiencia tunecina ese planteamiento tiene que volver a ser evaluado. En primer lugar, porque esos regímenes ya no constituyen un baluarte fiable. Podrían simplemente desmoronarse en cualquier momento. En segundo lugar, ¿contra qué son un baluarte si la nueva generación es posislamista y prodemocrática?

Del mismo modo que Túnez ha supuesto un momento decisivo para el mundo árabe tiene también que suponer un momento decisivo en la política occidental respecto a la región. La realpolitik de hoy significa apoyar la democratización de Oriente Próximo.




Fuente: ElPais.com
Autor: Olivier Roy, profesor en el Instituto Universitario Europeo de Florencia, es autor de Holy Ignorance y The Failure of Political Islam.
Traducción: Juan Ramón Azaola.



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