lunes, 5 de julio de 2010

Sudáfrica 2010: cuánto factura el Campeonato Mundial de los Negocios. Por Manuel Freytas

Ni deporte, ni espectáculo, ni medicina para el entretenimiento. Según un estudio de la consultora Deloitte & Touche, el fútbol es un un multimillonario negocio, equivalente a la 17a. economía del mundo, que mueve US$ 500.000 millones anuales. Facturaciones millonarias, sueldos millonarios, para un negocio multimillonario. Ni deporte, ni espectáculo, 22 robots corriendo un balón y una maquinaria mediática para seguir alienado al cerebro humano en un "show" funcional a la rentabilidad capitalista.

El sistema se "Mundializa". Y la inteligencia humana pierde por goleada.


Un análisis macroeconómico de la consultora Deloitte & Touche revela que sólo 25 países producen anualmente un PBI mayor que la industria del fútbol en su conjunto.

El fútbol, que mueve anualmente un negocio de US$ 500.000 millones, está en Sudáfrica, de cuyos 39,7 millones de habitantes, la mitad sobrevive por debajo de la línea de pobreza. Los más pobres sólo reciben un 6% del ingreso nacional total, y los más ricos, un 10%, se reparten más de la mitad de los ingresos nacionales.

De acuerdo con el Índice de Desarrollo Humano (IDH), elaborado por la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Sudáfrica es un país marcado por las desigualdades, donde un cuarto de la población oficialmente no tiene trabajo y vive con un euro al día y donde más de la mitad del país está atrapado entre los límites de la pobreza.

El fútbol, a escala mundial, es un macronegocio capitalista que maneja, miles de millones de dólares, que incluye a empresas patrocinantes, cadenas mediáticas y jugadores, que lo convierten en un multi-rubro de facturación con incidencia en toda la economía global.

El 11 junio, cuando comience el Mundial en Sudáfrica, la cabeza del alienado nivel promedio estadístico (las mayorías "seducidas" por el "espectáculo" del fútbol) adquirirá forma de pelota de fútbol.

Facturaciones millonarias, sueldos millonarios, para un negocio multimillonario. Ni deporte, ni espectáculo, 22 robots corriendo un balón y una maquinaria mediática para seguir convirtiendo al fútbol en un "show" funcional a la alienación del cerebro humano.

El objetivo no es divertir a las masas, sino generar rentabilidad capitalista con la alienación futbolera.

La consultora estadounidense Grant Thornton elaboró en diciembre pasado un informe en el que se estimaba que el impacto económico del mundial sería de unos US$7.325 millones.

Además, entre otras cifras, se prevé la visita de 480.000 turistas que dejarían cerca de US$1.117 millones durante el mes que durará la competencia.

Este año la gigantesca maquinaria comercial con el fútbol se montó en Sudáfrica, con 49 millones de habitantes, de los cuales la mitad está por debajo de la línea de pobreza.

La FIFA anunció el sábado que ya se vendieron dos millones de entradas de las 3.100.000 que se comercializarán.

A pocos días del mundial de fútbol, empiezan a circular cifras sobre las millonarias cotizaciones de los equipos "favoritos" y las cifras de los jugosos contratos con las marcas patrocinadoras.

La selección de España, ganadora de la Eurocopa 2008, es el equipo más cotizado de cara al Mundial Sudáfrica 2010.

La sumatoria de la cotización de sus once titulares, entre los que se destacan estrellas como Fernando Torres, Cesc Fabregas y Andrés Iniesta suman un total de 303 millones de euros.

Atrás de España está la selección de Argentina con Messi.

La selección de Maradona cotiza un total de 293 millones de euros, encabezados por el valor de mercado del astro mundial Lionel Messi cuyo pase esta valorado en 140 millones de euros.

Luego se encuentra el equipo inglés donde se destacan Frank Lampard del Chelsea, Steven Gerrard del Liverpool y Wayne Rooney del Manchester United, con un valor aproximado de 263 millones de euros.

Completando la primera línea se encuentra Brasil, el gigante del fútbol mundial. Kaka, Maicon, Lucio y demás estrellas suman un valor total de 223 millones de euros.

Más atrás se encuentra la selección portuguesa con Cristiano Ronaldo, y un valor aproximado de 201 millones de euros.

Luego sigue la selección ex-campeona del mundo Francia, con 180 millones de euros, con jugadores "estrellas" como Sidney Govou y Bacari Sagna

Continúan Alemania con 156 millones, Holanda con 156, y el equipo defensor del titulo, Italia, curiosamente solo ocupa el puesto número 10 con un valor aproximado de 127 millones de euros.

Curiosamente, la cotización de la selección anfitriona, Sudáfrica, suma 35 millones de euros, menos de la mitad del pase de Cristiano Ronaldo (93 millones), cuando fue transferido del Manchester United al Real Madrid.

Los países que comparten el ultimo lugar son Nueva Zelanda y Corea Del Norte valorizadas en 15 millones de euros.

En el área de los grandes beneficiarios económicos de la danza multimillonaria del Mundial, se anotan las firmas patrocinadoras, empresas trasnacionales como Adidas, Nike y Puma, que utilizan al evento como vitrina y como herramienta de facturación y de posicionamiento en el mercado.

Adidas "auspicia" a 12 selecciones, sobre todo europeas. Equipos como España, Alemania, Francia, Dinamarca son parte de las selecciones auspiciadas. Entre los auspiciados latinoamericanos se destacan Argentina, Paraguay y México. Patrocinar a los argentinos tiene para la transnacional un valor aproximado de 4.3 millones de euros al año, mientras que la Federación Mexicana de Fútbol firmó un contrato de 2007 a 2014 por un valor de 51 millones de euros.

Nike, el histórico rival de Adidas, auspicia a Brasil, uno de los favoritos para alzarse con el trofeo mundial. También se destaca el patrocinio a Portugal y Holanda, cuyos contratos oscilan entre lo 50 y 80 millones de euros.

Puma, transnacional alemana que patrocinó a Italia en el mundial pasado, opera en el continente africano donde patrocina a Ghana, Costa de Marfil y Camerún. Los contratos de Puma no superan los 2 millones de euros pero su marca esta en franco ascenso de cara a la disputa del Mundial de Sudáfrica.

De acuerdo a la consultora estadounidense Grant Thornton, una de las más prestigiosas en Sudáfrica, de los 480.000 turistas, unos 100.000 desembarcarán en el país sin entradas. Este dato alerta sobre un mercado negro siempre activo: la reventa de tickets.

La audiencia estimada del Mundial de Fútbol será de 30 mil millones de personas repartidas en los medios informativos como televisión, periódicos e Internet, de los cuales el 70 por ciento consumirá algo durante los juegos, según los organizadores.

"Si el Mundial mueve al mundo entero los empresarios corren al mismo ritmo de un jugador en busca del gol. Es que no sólo 22 futbolistas son los que andan detrás de un balón. Mientras miles de fanáticos vibran con Sudáfrica 2010, los agentes de mercadeo se emocionan con hacer su negocio mundial por estos días", señala el diario El País de España.

Una de las primeras en cosechar dividendos fue Adidas, firma oficial de los implementos deportivos de la Copa del Mundo y patrocinador de 12 de los 32 equipos en competición en Sudáfrica 2010.

Firmas de servicios como la de televisión por suscripción DirecTv ofrece un paquete promocional por suscribirse antes del Mundial de Fútbol, del que transmitirá los 64 partidos en vivo y en alta definición. Y da tres meses gratis de programación.

Y las agencias de viaje no se quedan atrás. Algunas ofrecen el destino Sudáfrica con recorrido por Johannesburgo, Ciudad del Cabo, Durban, Sun City, las Cataratas Victoria, entre otras ciudades, desde US$2.344.

La firma belga Ice Watch elaboró la colección Ice World Team, una línea de relojes de diseño con los colores de las banderas de los 32 países participantes. “Los colombianos somos privilegiados porque ya que no fuimos al Mundial, vamos a tener una colección diseñada exclusivamente para Colombia”, dijo John Gaviria, distribuidor de la marca.

Estas son sólo puntas del multimillonario y polifuncional negocio con el Mundial de Fútbol en Sudáfrica. Ni deporte, ni espectáculo, 22 robots corriendo un balón y una maquinaria mediática para seguir alienando al cerebro humano en un "show" funcional a la rentabilidad capitalista. El sistema se "Mundializa". Y la inteligencia humana pierde por goleada.




Fuente: IARnoticias.com
Autor: Manuel Freytas es periodista, investigador, analista de estructuras del poder, especialista en inteligencia y comunicación estratégica. Es uno de los autores más difundidos y referenciados en la Web.

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jueves, 1 de julio de 2010

La tercera depresión. Paul Krugman

Las recesiones son comunes; las depresiones son raras. Por lo que yo puedo decir, sólo hubo dos épocas en la historia económica que se describen ampliamente como "depresiones": los años de deflación y la inestabilidad que siguió al pánico de 1873 y los años de desempleo masivo que siguieron a la crisis financiera de 1929-31.

Ni la Gran Depresión del siglo 19, ni la Gran Depresión de los 20 fue una época de declive imparable -por el contrario, ambos incluyeron períodos en que la economía creció. Pero estos episodios de mejora no fueron suficientes para deshacer el daño de la caída inicial, y fueron después seguidas de recaídas.

Pero estos episodios de mejoría nunca fueron suficientes para reparar el daño causado por el desplome inicial y fueron seguidos por recaídas. Me temo que ahora estamos en las etapas iniciales de una tercera depresión. Probablemente se parecerá más a la Larga Depresión que a la mucho más severa Gran Depresión. Pero el costo (para la economía mundial y, sobre todo, para los millones de vidas frustradas por la ausencia de empleos) será de todas maneras inmenso.

Y esta Tercera Depresión será principalmente un fracaso político. Alrededor del mundo (más recientemente en la profundamente desalentadora última reunión del G-20), los gobiernos se están obsesionando con la inflación, cuando la amenaza real es la deflación, y pregonan la necesidad de apretarse los cinturones, cuando el verdadero problema es el gasto inadecuado.

En 2008 y 2009, parecía que habíamos aprendido de la historia. Contrariamente a sus antecesores, que alzaban las tasas de interés ante las crisis financieras, los actuales líderes de la Reserva Federal estadounidense y del Banco Central Europeo recortaron las tasas y actuaron en apoyo de los mercados crediticios. Contrariamente a los gobiernos del pasado, que trataban de equilibrar los presupuestos ante una economía en baja, los gobiernos de hoy permitieron que aumentaran los déficits. Y mejores políticas ayudaron al mundo a evitar un colapso completo: la recesión generada por la crisis financiera presuntamente terminó el verano pasado (del hemisferio norte). Pero los historiadores del futuro nos contarán que éste no fue el fin de la Tercera Depresión, tal como la recuperación comercial que comenzó en 1933 no fue el fin de la Gran Depresión.

Después de todo, el desempleo (especialmente el desempleo de largo plazo) sigue en niveles que hubiesen sido considerados catastróficos no hace mucho tiempo, y no muestra señales de disminuir rápidamente. Y tanto Estados Unidos como Europa se encaminan hacia las trampas deflacionarias al estilo de Japón. Frente a este sombrío escenario, se podía esperar que los estadistas comprendieran que no han hecho todavía lo suficiente para promover la recuperación. Pero no: durante los últimos meses ha habido un asombroso resurgimiento de la ortodoxia monetaria y del presupuesto balanceado.

En lo que compete a la retórica, el renacimiento de la religión antigua es evidente en Europa, donde los funcionarios parecen estar extrayendo sus argumentos de la antología de discursos de Herbert Hoover, incluyendo la afirmación de que aumentar los impuestos y rebajar los gastos expandirá a la economía al mejorar la confianza de las empresas.

Sin embargo, desde el punto de vista práctico, a Estados Unidos no le está yendo mucho mejor. La FED parece estar consciente de los riesgos deflacionarios, pero lo que propone hacer respecto de estos riesgos es, bueno, nada... La administración Obama comprende los peligros de una austeridad fiscal prematura, pero, debido a que los republicanos y los demócratas conservadores del Congreso no autorizarán ayudas adicionales a los gobiernos estaduales, esa austeridad se producirá de todas maneras, bajo la forma de recortes presupuestarios a nivel estadual y local.

¿Por qué este giro político equivocado? Los elementos de línea dura suelen invocar los problemas que enfrentan Grecia y otras naciones de las márgenes de Europa para justificar sus acciones. Y es verdad que los inversionistas en bonos se han vuelto en contra de los gobiernos con déficits inabordables. Pero no hay evidencias de que la austeridad fiscal de corto alcance ante una economía deprimida tranquilice a los inversionistas.

Por el contrario: Grecia ha optado por una austeridad severa, sólo para descubrir que sus spreads de riesgo se ampliaban aun más; Irlanda ha impuesto feroces recortes en el gasto público, sólo para ser tratada por los mercados como un riesgo peor que España, la que ha sido mucho más reacia a tomarse la medicina de los partidarios de la línea dura. Es casi como si los mercados financieros entendieran lo que los hacedores de políticas no entienden: que si bien la responsabilidad fiscal de largo plazo es importante, rebajar el gasto en medio de una depresión, lo que profundiza esa depresión y pavimenta el camino a la deflación, es en realidad una derrota auto inflingida.

Por eso, yo no pienso que se trata realmente de Grecia o de ninguna apreciación realista acerca de los sacrificios entre los déficits y los empleos. Es, en cambio, la victoria de una ortodoxia que tiene poco que ver con el análisis racional, cuyo postulado básico es que imponer sufrimientos a otras personas es la manera en que se muestra liderazgo en tiempos difíciles. ¿Y quién pagará el precio por este triunfo de la ortodoxia? La respuesta es: decenas de millones de trabajadores desempleados, muchos de los cuales estarán sin trabajo por años, y algunos de los cuales nunca volverán a trabajar.




Fuente: TheNewYorkTimes.com
Autor: Paul Krugman (28 de febrero de 1953) es un economista, divulgador y periodista norteamericano, cercano a los planteamientos neokeynesianos. En 2008 fue galardonado con el Premio Nobel de Economía. Actualmente profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton. Desde 2000 escribe una columna en el periódico New York Times.
Fotografía: Times / cover, october 13, 2009

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domingo, 13 de junio de 2010

¿Es posible otra guerra civil en Estados Unidos? Por Norman Birnbaum

Cuando, en 1865, Lincoln llegó a la Casa Blanca vio que en Virginia, al otro lado del Potomac, ondeaba una bandera de la Confederación. Envió allí a una unidad militar para que la quitase, pero mataron a su comandante. Hace algunas semanas, el presidente Obama podía haber visto manifestantes armados reuniéndose en un parque de Virginia -protegidos por agentes del gobierno federal a los que habían venido a denunciar-. La concentración (cuyo número de participantes casi era superado por el de periodistas) fue el punto culminante de una ola de protestas en la que ciudadanos armados y políticos republicanos han amenazado con utilizar la fuerza para evitar la "tiranía": cuanto más vulgar es el político, más estridente es el lenguaje. Líderes del partido republicano en el Congreso no les han hecho reproche alguno.

A día de hoy, las cosas están más tranquilas. El éxito del presidente al conseguir la legislación sobre el seguro sanitario y su inminente triunfo en la nueva regulación del sistema financiero han modificado el ambiente. Los periodistas han dejado de predecir la quiebra de su autoridad. El presidente ha contraatacado, defendiendo el papel positivo del gobierno y apelando a un debate con "civismo". Las encuestas han venido a mostrar que el supuestamente nuevo movimiento Tea Party está compuesto por personajes familiares, en tanto que viejos, adinerados y blancos. Están furiosos por tener que pagar impuestos y porque ciudadanos que difieren de ellos en color, cultura y rentas hayan elegido a un presidente. ¿Podría Estados Unidos sumirse en las condiciones propias de una guerra civil?

En lo referente a violencia política nuestras tradiciones son arraigadas. Tuvimos casi tres siglos de guerras contra los indios. Los Estados esclavistas tuvieron miedo a las revueltas de los negros y utilizaron el terror legalizado para imponer la segregación racial a los esclavos liberados. Los inmigrantes europeos durante los siglos XIX y XX fueron disciplinados a fuerza de brutalidad policial. Los grupos de voluntarios que "ayudan" a policías en la caza de inmigrantes en los Estados fronterizos con México viven una tradición de violencia privada legitimada. El número de armas, registradas o no, en manos privadas es casi de una por cada habitante, o sea unos 300 millones. Decenas de millones de nuevas armas fueron adquiridas tras la elección de Obama, por personas temerosas de un levantamiento de la gente de color.

Entretanto, el candidato republicano a gobernador por Oklahoma quiere que el Estado forme una milicia que se oponga al gobierno federal -a pesar de la experiencia sufrida en Oklahoma en 1995 por la explosión asesina de una bomba colocada por un terrorista blanco con formación militar-. Lo que inspira fantasías violentas a millones de personas es su creencia de que Obama es, diversamente, un "socialista", un musulmán, un no-ciudadano o (según un 10% a 15% de la población) el "anti-Cristo". Bebel calificó al antisemitismo como "socialismo de los imbéciles". En su confusa amalgama de odio a las élites y al gobierno, esos norteamericanos podrían ser calificados como "Milicianos de la Ignorancia".

En Michigan ha sido arrestado un pequeño grupo que planeaba acciones violentas, pero el peligro de confrontaciones serias no reside en los fanáticos locales. Una nueva ley ha dotado a la policía de Arizona de poderes anticonstitucionales sobre los inmigrantes, en usurpación de la jurisdicción federal. Eisenhower tuvo que enviar al ejército para hacer cumplir la abolición de la segregación racial en Arkansas en 1957. Supongamos que un demagogo de la televisión incita a un rechazo masivo al pago de impuestos federales o que una legislación estatal bloquea el nuevo programa federal sanitario. El mismo Tribunal Supremo provocó en otro tiempo una resistencia generalizada en materia de igualdad racial. Su mayoría republicana favorece ahora los derechos de los Estados.

En una nación tan extensa que en cierto modo es también un continente, el orden puede coexistir con el desorden. En amplias áreas del oeste que son propiedad del gobierno federal las autoridades han sido reacias al cumplimiento de la jurisdicción federal. Manifiestos brotes violentos se alternan con periodos de quietud. Hasta ahora lo que ha faltado es una organización centralizada de la protesta violenta. Constitucionalmente, los republicanos no pueden hacer de esos movimientos unos auxiliares directos de su política. Pero muchos de ellos no ocultan duda alguna en explotar las corrientes subyacentes de violencia de cualquier otro modo. El peligro reside en que cuando los Estados rechazan la supremacía federal, el obstruccionismo republicano del Congreso puede estar legitimando la violencia localizada.

La elección de Obama condujo a un estallido de opiniones y de comportamientos hasta entonces reprimidos, que los medios de comunicación exageraron. La polarización política, al combinarse con el desempleo y con la ansiedad económica generalizada, intensifica el conflicto ideológico por muy tosco que éste sea.

El presidente, sin embargo, necesita la ayuda de otros líderes políticos, de las élites del país y de la ciudadanía. Si recibirá o no la suficiente, a tiempo de que pueda evitar una crisis muy peligrosa, sigue siendo una cuestión pendiente.




Fuente: El País.com
Autor: Norman Birnbaum,(1926-) es un sociólogo, doctorado en la Harvard University. Es profesor emérito de la Georgetown University Law Center, y miembro del consejo editorial de La Nación. Ha enseñado en la London School of Economics and Political Science, Oxford University: y la Strasbourg University, Amherst College. Tambien ha servido en la Facultad de Posgrado de la New School for Social Research. Un miembro del consejo editorial de la fundación de la New Left Review, ha sido activo en la política a ambos lados del Atlántico. Ha sido asesor de los sindicatos de América y miembros del Congreso, así como a una serie de movimientos sociales y partidos políticos en Europa. Contribuye regularmente a una serie de publicaciones, entre ellas la Open Democracy, El País de España, y el diario alemán Tageszeitung. Actualmente, está escribiendo una memoria.

Nota: La fotografía es la portada del libro Soldiers Of God: White Supremacists and Their Holy War for America. Bushart, Craig y Barnes (Soldados de Dios: Supremacistas blancos y su Guerra Santa para Estados Unidos)
La lectura de este libro es un buen complemento y reafirmación de lo expresado por Norman Birnbaum en esta nota.
Este libro a través de docenas de entrevistas con los miembros que participan en diversas organizaciones supremacistas tales como el Ku Klux Klan y Nación Aria, los autores buscar las motivaciones que llevan a los individuos a apoyar estas asociaciones extremistas. Los hombres y las mujeres que son entrevistados son sinceros al expresar su creencia de que el gobierno de EE.UU. está bajo la influencia del Gobierno sionista de Trabajo (Zionist Occupational Government / ZOG), cuyo objetivo es crear un gobierno mundial donde los derechos de los americanos blancos se vería seriamente inhibida.
Aunque muchos ven conspiraciones detrás de casi todas las medidas adoptadas por el gobierno federal, los lectores podrán estar de acuerdo que algunas de las preocupaciones de estos grupos son reales: por ejemplo la creciente falta de intimidad de los ciudadanos debido a como el gobierno y las empresas privadas recolectan más y más datos sobre las personas.
Muy interesante es mencionar es la afirmación de los autores de que muchos miembros se rigen por los principios de la Identidad Cristiana, una religión que cree que los anglosajones son los únicos verdaderos descendientes de Adán. La mayoría de los miembros citados aquí proclaman que están haciendo la obra de Dios en la lucha, a través de la violencia si es necesario, para crear una patria blanca. Editor Ojo Adventista

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jueves, 3 de junio de 2010

12 acontecimientos que cambiarían el mundo. Según Scientific American

La revista Scientific American ha pedido la lista a los expertos un derroche de futurismo

La clonación humana, un conflicto nuclear, la vida extraterrestre inteligente...

Hay acontecimientos, tanto naturales como causados por el hombre, que pueden suceder en cualquier momento y tienen la capacidad de transformar el mundo, aunque normalmente ni nos acordemos de tales posibilidades.

Sobre esta reflexión la revista Scientific American -"12 Events That Will Change Everything"-ha pedido a los expertos que seleccionen y analicen 12 de las novedades que cambiarían nuestra sociedad sin remedio, así como la probabilidad de que se produzcan antes de 2050.

Como explica Malen Ruiz de Elvira en El País (ver mas abajo), tomando los datos de Scientific, muchas de ellas se incluyen en cualquier predicción pero probablemente no se desarrollarán de la forma en que la gente imagina.

Una posibilidad obvia es la clonación humana, que se cataloga como probable.

"Es muy difícil pero también parece ser inevitable", señala Charles Q. Choi.

Desde que se produjo en 1996 el nacimiento de la oveja Dolly, que fue el primer mamífero clonado, muchos lo han intentado pero el proceso ha resultado estar plagado de dificultades, al contrario de lo que sucede en otros mamíferos, como las vacas o los perros.

¿Y si se descubrieran dimensiones extras, que sumar a las cuatro establecidas por Einstein?

La probabilidad de que esto suceda está en la mitad de la escala que establece la revista y el acelerador LHC podría alcanzar la energía suficiente como para proporcionarnos un atisbo de otras dimensiones.

La prueba de que existen "alteraría drásticamente nuestra noción de la realidad", dice el cosmólogo Max Tegmark.

La vida inteligente extraterrestre es otro de los acontecimientos que alcanzarían la primera plana de los periódicos sin duda alguna.

¿Cómo responderíamos a una señal del espacio? se pregunta John Matson. El descubrimiento de sistemas planetarios distintos del nuestro da mayor base a la hipótesis de que existe vida en otros lugares del universo, pero la dificultad de comunicación y la de detectar vida primitiva hacen que la probabilidad de que suceda antes de 2050 se considere baja.

El miedo a que se produzca un conflicto nuclear sigue vivo, a pesar de los esfuerzos para controlar las armas atómicas. Si se da a escala local, no habría efectos globales a no ser que se tiraran docenas de bombas nucleares, recuerda Philip Yam, y entonces se produciría una pesadilla de alcance mundial, con miles de millones de víctimas directas e indirectas La probabilidad es baja.

La creación de vida es otra vieja aspiración todavía sin culminar, aunque se considere muy probable que se consiga.

Por ahora se sintetizan en laboratorio genes o incluso genomas completos, pero se insertan sólo en microorganismos y además estos son naturales. La biotecnología está en todas partes pero lo inanimado no se convierte en vivo.

Las enzimas de los detergentes se han modificado para que actúen en agua fría, por ejemplo, recuerda David Biello.

Los superconductores de alta temperatura, si existen, cambiarían radicalmente las redes eléctricas, por ejemplo, pero la probabilidad está solo en la mitad de la escala, lo mismo que una nueva pandemia letal, como la que hizo temer el nuevo virus de la gripe H1N1. Que la inteligencia artificial produzca máquinas con conciencia es probable y revolucionará el mundo.

La subida del nivel del mar (muy probable) redibujará los mapas y afectará de modo casi inimaginable a todo el planeta, mientras que conseguir explotar la fusión nuclear como fuente de energía se considera muy poco probable, menos que la colisión catastrófica de la Tierra con un asteroide, aunque se puedan producir eventos locales de gran gravedad.

Por último, existe la casi certeza de que se va a producir el gran terremoto tantas veces predicho en California, pero no se puede estimar la gravedad de sus consecuencias.*


La vida extraterrestre y las nuevas dimensiones se incluyen en el ejercicio de futurismo hecho por 'Scientific American'

Hay acontecimientos, tanto naturales como causados por el hombre, que pueden suceder en cualquier momento y tienen la capacidad de transformar el mundo, aunque normalmente ni nos acordemos de tales posibilidades. Sobre esta reflexión la revista Scientific American ha pedido a los expertos que seleccionen y analicen 12 de las novedades que cambiarían nuestra sociedad sin remedio, así como la probabilidad de que se produzcan antes de 2050. Muchos de ellas se incluyen en cualquier predicción pero probablemente no se desarrollarán de la forma en que la gente imagina, asegura la revista.

Una posibilidad obvia es la clonación humana, que se cataloga como probable. "Es muy difícil pero también parece ser inevitable", señala Charles Q. Choi. Desde que se produjo en 1996 el nacimiento de la oveja Dolly, que fue el primer mamífero clonado, muchos lo han intentado pero el proceso ha resultado estar plagado de dificultades, al contrario de lo que sucede en otros mamíferos, como las vacas o los perros.

¿Y si se descubrieran dimensiones extras, que sumar a las cuatro establecidas por Einstein? La probabilidad de que esto suceda está en la mitad de la escala que establece la revista y el acelerador LHC podría alcanzar la energía suficiente como para proporcionarnos un atisbo de otras dimensiones. La prueba de que existen "alteraría drásticamente nuestra noción de la realidad", dice el cosmólogo Max Tegmark.

La vida inteligente extraterrestre es otro de los acontecimientos que alcanzarían la primera plana de los periódicos sin duda alguna. ¿Cómo responderíamos a una señal del espacio? se pregunta John Matson. El descubrimiento de sistemas planetarios distintos del nuestro da mayor base a la hipótesis de que existe vida en otros lugares del universo, pero la dificultad de comunicación y la de detectar vida primitiva hacen que la probabilidad de que suceda antes de 2050 se considere baja.

El miedo a que se produzca un conflicto nuclear sigue vivo, a pesar de los esfuerzos para controlar las armas atómicas. Si se da a escala local, no habría efectos globales a no ser que se tiraran docenas de bombas nucleares, recuerda Philip Yam, y entonces se produciría una pesadilla de alcance mundial, con miles de millones de víctimas directas e indirectas La probabilidad es baja.

La creación de vida es otra vieja aspiración todavía sin culminar, aunque se considere muy probable que se consiga. Por ahora se sintetizan en laboratorio genes o incluso genomas completos, pero se insertan sólo en microorganismos y además estos son naturales. La biotecnología está en todas partes pero lo inanimado no se convierte en vivo. Las enzimas de los detergentes se han modificado para que actúen en agua fría, por ejemplo, recuerda David Biello.

Los superconductores de alta temperatura, si existen, cambiarían radicalmente las redes eléctricas, por ejemplo, pero la probabilidad está solo en la mitad de la escala, lo mismo que una nueva pandemia letal, como la que hizo temer el nuevo virus de la gripe H1N1. Que la inteligencia artificial produzca máquinas con conciencia es probable y revolucionará el mundo. La subida del nivel del mar (muy probable) redibujará los mapas y afectará de modo casi inimaginable a todo el planeta, mientras que conseguir explotar la fusión nuclear como fuente de energía se considera muy poco probable, menos que la colisión catastrófica de la Tierra con un asteroide, aunque se puedan producir eventos locales de gran gravedad.

Por último, existe la casi certeza de que se va a producir el gran terremoto tantas veces predicho en California, pero no se puede estimar la gravedad de sus consecuencias.**

- Recomendamos ver la presentación interactiva (en ingles) de Scientific American, haciendo clic aquí.



* Fuente: PeriodistaDigital.com
** Fuente: ElPais.com
Autor: Malen Ruiz de Elvira / Madrid

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miércoles, 19 de mayo de 2010

Miedo, rebelión, libertad. Por Federico Mayor Zaragoza

Todos deberíamos leer y releer la Declaración Universal de los Derechos Humanos para convencernos de que vale la pena seguir luchando en favor de los grandes valores éticos. Para que nos apercibamos de que estamos dotados de razón para remediar la tentación de la fuerza. Es apremiante esta lectura activa, porque no se están rectificando los rumbos. No se está yendo decididamente de la plutocracia al multilateralismo. No se está acabando con los paraísos fiscales, que hacen posible los tráficos de toda índole (drogas, armas, personas…). No se están erradicando ni la especulación ni la economía irresponsable. No se está contrarrestando la excesiva concentración del poder mediático. No se están iniciando los pasos conducentes a un nuevo modelo productivo de desarrollo global sostenible. Como antes de la crisis, lo único importante es negociar, vender, producir lo más barato posible mediante una deslocalización hacia el Este que no tiene en cuenta cómo viven los “productores” de estos países ni si se observan sus derechos humanos.

Las instituciones públicas como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, así como instituciones privadas de dudosa imparcialidad, están –cuando no supieron prever ni prevenir la crisis–actuando de forma interesada en favor de los mismos que originaron la grave situación presente. ¿Y qué hacen las comunidades científica, académica, artística? En general, son espectadores distraídos, que no reflexionan suficientemente sobre los grandes problemas ni actúan en consecuencia.

Ha llegado el momento de reaccionar frente a quienes pretenden que el mundo sea, simplemente, un inmenso mercado y los habitantes de la tierra tan sólo consumidores. Ha llegado el momento de aplicar el acervo del conocimiento disponible para encarar los desafíos de la naturaleza enfurecida.

Hay que sobreponerse a la apatía, al temor. Dice así el primer párrafo del preámbulo de la Declaración Universal: “… Se ha proclamado, como aspiración más elevada del hombre, el advenimiento de un mundo en el que los seres humanos, liberados del miedo y de la miseria, disfruten de la libertad de palabra y de la libertad de creencia…”.

Desde siempre, la existencia humana ha discurrido en espacios muy limitados, territorial y anímicamente, de tal modo que, con la excepción de grandes pensadores capaces de sobrellevar su confinamiento, las personas vivían temerosas de lejanos dioses y señores más próximos. Se ha hecho secularmente todo lo posible para que los ciudadanos no pudieran abandonar su condición de vasallos. La educación se ha limitado siempre –hasta la década de los noventa del siglo pasado– a la alfabetización y formación básica por parte de los países coloniales, y los sistemas autoritarios han propiciado el adoctrinamiento, la dependencia, la pertenencia sin discrepancias. La ignorancia –no hay mayor ignorancia que la del hombre cercado y el “pensamiento secuestrado”, en expresión de Susan George– conduce a la superstición. Y así se genera el fanatismo, el dogmatismo, la obcecación, el acobardamiento.

Cuando por fin hay quienes logran ser “educados”, es decir, “ser ellos mismos”, cuando se está a punto de no ser sólo contado en los comicios electorales, sino contar y ser tenido en cuenta, entonces se despliegan las inmensas alas del poder mediático que los reduce a espectadores impasibles, a testigos indiferentes a quienes se activa y desactiva como con la famosa campana de Pavlov.

Hasta que un día, después de años y años de democracias frágiles y maniobreras, llega, con la moderna tecnología de la comunicación, la posibilidad de construir en el ciberespacio lo que hasta ahora se ha podido evitar en la “vida real”. Hoy es ya posible modificar con la telefonía móvil, Internet, etc., la realidad tercamente acuñada, siempre imperturbable; movilizar a millones de seres humanos que pueden, por fin, unir sus voces y anhelos; y llevar a cabo la revuelta, pacífica pero firme, que los guardianes de la inercia y de los privilegios no dejaban ni siquiera esbozar. Y es que desconocían el próximo párrafo del preámbulo de la Declaración Universal: “Considerando esencial que los derechos humanos sean protegidos por un régimen de derecho, a fin de que el hombre no se vea compelido al supremo recurso a la rebelión contra la tiranía y la opresión…”. Todo aquello que sojuzgue y reduzca a los seres humanos debe eliminarse si se pretende evitar la justa reacción popular de quienes tanto han padecido, tanto padecen.

Pero pasar de receptores inocuos a emisores activos era muy difícil y, con frecuencia, arriesgado. Aparte –y no siempre– de las urnas, otras formas de expresión carecían de influencia y se hallaban con frecuencia trucadas. Pero con la participación no presencial, el panorama de la emancipación ciudadana en relación al poder cambiará radicalmente en muy pocos años.
De este modo, en menos tiempo del que muchos calculan, el siglo XXI será, por fin, el siglo de la gente, el siglo de la fuerza de la razón y nunca más de la razón de la fuerza, de la historia a la altura de las facultades que distinguen a todo ser humano único, terminando de este modo la historia descrita por Fukuyama, que tanto ha empañado la dignidad de la humanidad desde el origen de los tiempos. Se llevará así a efecto el último “considerando” del preámbulo de la Declaración que he querido comentar en este artículo: “Considerando que los pueblos de las Naciones Unidas han reafirmado en la Carta su fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona y en la igualdad de derechos de hombres y mujeres, y se han declarado resueltos a promover el progreso social y a elevar el nivel de vida dentro de un concepto más amplio de la libertad”.




Fuente: Publico.es
Autor: Federico Mayor Zaragoza (1934-) destacado científico y alto funcionario internacional español. Fue Director General de la Unesco entre 1987 y 1999. Y actualmente es presidente de la Fundación Cultura de Paz.
Ilustración: Federico Yankelevich / Público.es

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viernes, 7 de mayo de 2010

Llega el fin del mundo... y nos gusta. Por Luis Muiño

Prevemos la catástrofe, pero creemos que no nos afectará

En los próximos meses, una auténtica batería de películas no sólo catastrofistas, sino directamente apocalípticas, aterriza en nuestras pantallas. Por alguna razón, parece que el fin del mundo y el exterminio de la especie humana venden
Uno de los textos más antiguos de la historia de la humanidad es una tablilla babilónica en la cual el autor se lamenta del rumbo que está tomando la sociedad. Con tono de queja, explica que todo está lleno de corrupción, que la juventud ha perdido los valores y que "las cosas ya no son como antes". Al final del texto, el autor vaticina que el mundo está tocando a su fin. Se avecina una gran catástrofe que acabará con todos estos problemas…

Tiempo después, el zoroastrismo hablaba también del fin de los tiempos. Según Zaratustra, este acontecerá cuando Ahura Mazda derrote a Angra Mainyu (el dios del caos). Por las alusiones que dejó en el Avesta, Zaratustra debió de pensar que el gran apocalipsis ocurriría poco después de su muerte. Pero como eso no sucedió, dejó a sus fieles conviviendo con la inquietante sensación de que uno de estos siglos el mundo llegará a su catastrófico fin. Después del zoroastrismo, cientos de religiones han usado imágenes escatológicas para mantener a sus adeptos en vilo. Las pesadillas dantescas del Libro de Daniel del Antiguo Testamento y el Tanaj hebreo, las catástrofes anunciadas por el Libro del Apocalipsis, las continuas alusiones a la inminencia del fin del mundo en los primeros tiempos del luteranismo o los sucesivamente aplazados cataclismos de los Adventistas del Séptimo Día son sólo algunos de los ejemplos más famosos.

Millones de personas han aceptado a lo largo de la historia el sentimiento de que el fin del mundo era inminente. Ya juzgar por el éxito actual del catastrofismo, la atracción por las imágenes de destrucción sigue vigente. En el cine, Roland Emmerich nos vuelve a asustar este año con otra película de catástrofes. Esta vez se basa en el supuesto cataclismo previsto por los mayas, allá por diciembre del año 2012. A pesar de la supuesta excusa histórica, la película es tan fantástica como todas sus realizaciones anteriores: esa fecha era simplemente la última del ciclo en el calendario maya - semejante a nuestros 31 de diciembre- y nunca tuvo para aquella cultura andina connotaciones negativas. Pero seguro que las imágenes impactarán como lo hicieron las de Independence Day o El día después.



En la literatura, Cormac McCarthy - el último outsider de las letras estadounidenses- ha hecho un éxito de su última novela, La carretera de nuevo (The Road), el atractivo de lo catastrófico- adictiva. Y el libro se ha acabado convirtiendo en uno de los más vendidos en todo el mundo.

Y en la cultura popular, el último gran fenómeno en EE.UU. es Left behind, una trilogía de películas de bajo presupuesto en la que se desarrollan en narraciones literales de los pasajes más espectaculares del Apocalipsis. Las películas han recaudado millones de dólares para las arcas evangelistas, a los que habrá que sumar el dinero que se consiga con los videojuegos y otros productos de mercadotecnia.

El filón del catastrofismo sigue dando dividendos. Parece que la fascinación por el fin del mundo es atemporal: algo hay en los seres humanos que nos hace proclives al atractivo de la destrucción.

Una primera pista acerca de la razón que nos lleva a recrearnos en los apocalipsis es que nunca son completamente destructivos. Si nos fijamos en los ejemplos anteriores, tanto históricos como actuales, es fácil darse cuenta de que siempre hay personas que se salvan de la catástrofe. Por supuesto, los elegidos son los buenos. El siguiente paso parece obvio: esos supervivientes seremos nosotros.

El atractivo del milenarismo tiene que ver con un fenómeno psicológico paradójico pero comprensible: los seres humanos podemos ser, a la vez, pesimistas con respecto al mundo y optimistas cuando pensamos en nosotros mismos. De hecho, la contradicción entre nuestra visión global del futuro y la que tenemos de nosotros mismos ha llamado siempre la atención a los que nos dedicamos a la salud mental. La contradicción está ahí y, por lo visto, forma parte de la idiosincrasia del ser humano. Las estadísticas lo reflejan: mientras que la mayoría de la gente es optimista con respecto a sí misma, un porcentaje elevado de las personas juzga que las cosas (en la sociedad, en la política, en la naturaleza…) no van tan bien.

Un ejemplo de este fenómeno enlaza con el gusto por el catastrofismo. En una reciente investigación, el psicólogo Martin Seligman descubrió que cuando se pregunta a los estadounidenses cuáles son la posibilidades de una guerra nuclear en los próximos diez años, un gran porcentaje las sitúan en el 50%. Pero cuando el interrogante es qué esperan de sus vidas en ese mismo periodo de tiempo, el 80% contesta que confía en que las cosas le vayan mejor que en la actualidad. Es decir: la mayoría de las personas cree que el fin del mundo va a llegar, porque "las cosas van muy mal". Pero el drama sólo afectará a los demás: ellos estarán entre los elegidos para seguir viviendo.

¿A qué se debe esta discrepancia entre nuestra visión benévola de nuestro futuro y nuestra previsión crítica y acerada de la marcha de la humanidad? Aunque desde el punto de vista lógico esta dicotomía resulte contradictoria, el dilema es fácil de resolver si pensamos que nuestra mente no está hecha para alcanzar la verdad. Su sentido adaptativo real es darnos una imagen del mundo que nos sirva para sobrevivir. Por eso, el pesimismo ante las personas y ante el mundo puede ser adaptativo: nos permite protegernos, nos permite estar alerta ante los peligros. La inquietante sensación de que las cosas van a peor nos ayuda a ser precavidos. Sin embargo, con nosotros mismos es mejor que seamos optimistas, para tener la motivación y las fuerzas suficientes para seguir adelante.

El catastrofismo es, de alguna manera, el clímax de este fenómeno de "todo-acabará-mal-menos-lomío". Cuando no vemos nuestras posturas triunfar en el mundo o cuando observamos cómo otros tienen lo que nosotros anhelamos, la idea de un final de los tiempos catastrófico que ponga las cosas en su sitio (es decir, en el sitio en que nos gustaría que estuviesen) es reconfortante. Como nos recuerda el historiador Damian Thompson en su libro El fin del tiempo, "el apocaliptismo es un género nacido de la crisis, destinado a afirmar la resolución de una comunidad sitiada, haciendo oscilar ante sus ojos la visión de una liberación repentina y permanente de su cautividad. Se trata de literatura clandestina, el consuelo de los perseguidos".

Las imágenes catastrofistas tienen un efecto relajante. Cuando conectamos con el mensaje de alguna película o libro de este género, sentimos que estamos en un escenario en el que ya ha acabado todo lo malo que había en el planeta Tierra. El principio de este tipo de narrativas nos sitúa en un mundo nuevo lleno de posibilidades.

Un contexto que no es nuevo. De hecho, es semejante a lo que trasmitía el milenarismo religioso: el Apocalipsis iba seguido de la resurrección de los muertos y la felicidad de los que salían bien parados del juicio divino. Otro historiador, George Duby, habla así en su libro Año 1000, año 2000. La huella de nuestros miedos acerca del sentimiento que embargaba a los habitantes de Europa cuando se acercaba el final del primer milenio: "Tengo la certeza de que existía una espera permanente, inquieta, del fin del mundo: el Evangelio anuncia que Cristo volverá algún día, que los muertos resucitarán y que Él apartará a los buenos de los malos. Todo el mundo lo creía, y esperaba ese día de la ira que provocaría sin duda la confusión y la destrucción de todo lo visible. (…) El apocalipsis producía temor, pero también esperanza; después de las tribulaciones empezaría un lapso de paz que precedería al Juicio Final, un periodo más fácil de vivir que el cotidiano. Cuando se desgarrara el velo, iba a empezar un largo tiempo en que los hombres por fin vivirían felices en paz e igualdad. El hombre medieval se hallaba en estado de debilidad ante las fuerzas de la naturaleza, vivía en un estado de precariedad material comparable al de los pueblos más pobres de África de hoy. A la mayoría, la vida le resultaba dura y dolorosa. Pero la gente esperaba que, acabado un lapso de terribles penurias, la humanidad iría hacia el paraíso o bien hacia ese mundo, liberado del mal, que debería instaurarse después de la venida del Anticristo".

El atractivo del catastrofismo consiste en esa esperanza que proporciona un mundo que empieza de nuevo. Pero, evidentemente, no todo es positivo en esa táctica de optimismo egoísta. Creer que todo va mal y pensar que se avecina el colapso mundial nos lleva a una sensación de inquietud que desemboca fácilmente en falta de solidaridad. En el momento en que pensamos que los demás están provocando una catástrofe, nos alejamos emocionalmente de ellos. Los despersonalizamos y dejan de darnos pena, porque "ellos han merecido su final". Nosotros, los buenos, no podemos hacer nada por aquellos que provocan su propia catástrofe…

Hay mucha investigación acerca de este egoísmo del estrés previo a la catástrofe. Los experimentos consisten en crear ese estado en sujetos voluntarios y luego evaluarles. El resultado es rotundo: las personas que sienten esa angustia agorera son más remisas a la hora de ayudar a un extraño, están menos dispuestas a reconocer diferencias individuales entre personas - síndrome de desindividuación, "todos son iguales"- y, quizás por eso, son más proclives a administrar unas pequeñas descargas eléctricas a otros individuos. Es decir, si alguien cree que se avecina una catástrofe, se instala en la psicología del sálvese-quien-pueda. Por eso hay analistas como Naomi Klein - en su último libro, La doctrina del shock -que advierten contra la gestión oportunista del desastre por los gobiernos y empresas, que usan la cultura del miedo para eliminar los derechos civiles. El miedo, según esta autora, nos hace menos solidarios. La idea de que los demás se acercan a su perdición puede parecer consoladora: "Cada paso que da el zorro le acerca a la peletería", reza un terrible dicho. Pero recrearnos en el fin de los malos es un error en un mundo en el que todos vamos en el mismo barco.

En una reciente entrevista para la televisión panameña, le preguntaban a Ronald Emmerich si alguna vez pensaba destruir el canal de Panamá en una de sus películas. El director de cine responde que no y el entrevistador sonríe aliviado. Parece pensar que en un mundo devastado ese paso servirá para algo. Es lo que tiene el egoísmo: parece una táctica útil, pero a medio plazo es absurda.


Recomiendo los siguientes artículos relacionados a este:
- Adiós, mundo cruel... Cuando las malas noticias arrecian, Hollywood se apunta al cine apocalíptico. Por Rocío Ayuso / El País, España.
- Luz, cámara... apocalipsis. Tendencia: el cine vuelve a mirar el futuro con pesimismo. Por Marcelo Stiletano / La Nación, Argentina. Tato


Fuente: Vanguardia.es
Autor: Luis Muiño, psicoterapeuta, periodista y escritor español. Trabajado con Médicos Sin Fronteras en El Salvador anteriormente, con Médicos del Mundo, en campos de refugiados después de la guerra de Kósovo. En Madrid, ha trabajado con Médicos del Mundo en la Unidad Móvil que atiende a Toxicómanos y en la que atiende a mujeres que ejercen la prostitución. Actualmente colabora con la Casa de Refugiados de los Mercedarios desarrollando un proyecto de psicoterapia con menores desde una orientación transcultural. Tiene un programa en Radio 5 "Todo Noticias" (RNE) titulado "El factor humano". Escribe para la revista ”Muy Interesante”, el suplemento ES del periódico “La Vanguardia” y en la revista “Mi pediatra”.
Fotografía: 2012 / Roland Emmerich / Sony Pictures

Operación Redimensionamiento / Ojo Adventista: vale mencionar que este articulo fue originalmente publicado el viernes 9 de octubre de 2009 en Estatologico y Ojo Adventista.

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