lunes, 27 de junio de 2011

Inmigrantes, periódicos y periodistas. Por Moisés Naím

Esta columna le va a sorprender.

La primera sorpresa es que The New York Times acaba de publicar un importante artículo1 que fue originalmente conseguido, revisado y preparado por su rival, The Washington Post. La segunda sorpresa es que esto ocurrió con el consentimiento del Post. La tercera es que un joven periodista estrella, ex empleado del Post, utiliza ese artículo para confesar un delito que lo puede llevar a la cárcel o a ser deportado de Estados Unidos, país donde vive desde los 12 años. La cuarta sorpresa es que todo esto ilustra los prejuicios colectivos, las tragedias personales y los espinosos dilemas que afrontan los Gobiernos a la hora de tratar a los inmigrantes. Por ello, y finalmente, esta es una sorprendente historia individual con enormes repercusiones globales: pocos países saben cómo manejar la cuestión migratoria, a pesar de que cada año se torna más problemática.

Comencemos por el principio. José Antonio Vargas2 es un periodista nacido en Filipinas, que ha trabajado para los más prestigiosos diarios estadounidenses, compartido un premio Pulitzer y entrevistado a importantes personalidades, incluyendo a Marc Zuckerberg, el fundador de Facebook. Desde marzo pasado venía trabajando con el director de la sección dominical de The Washington Post, Carlos Lozada, en un importante artículo que iba a ser publicado este domingo. En él, Vargas confiesa que es un inmigrante ilegal y que ha falsificado documentos y mentido sobre su nacionalidad desde los 16 años. Había decidido hacer pública su historia con el propósito de ilustrar vívidamente al público estadounidense sobre las contradicciones y crueldades de las actuales leyes migratorias.

Pocos días antes de la publicación, Lozada fue informado de que sus jefes habían decidido no publicar el artículo. Al enterarse, Vargas contactó The New York Times. Sus directores se dieron cuenta inmediatamente de que les había caído del cielo un tesoro periodístico. Cambiaron los planes para su revista dominical y publicaron allí el texto de Vargas, ya diligentemente revisado, corregido y verificado por Lozada y sus colegas. Los jefes de Lozada aún no han explicado por qué tomaron esa decisión, que ha provocado un encendido debate en círculos periodísticos.

Pero aún más feroz es el debate que ha suscitado la revelación de Vargas. Para muchos fue una sorpresa descubrir que no todos los inmigrantes se dedican a cuidar niños o a recoger tomates. Se han enterado, por ejemplo, de que desde 2007, en EE UU, los inmigrantes con títulos universitarios son más numerosos que aquellos que no terminaron la secundaria. Otros no saben cómo responder a lo que plantea Vargas: "He crecido aquí. Esta es mi casa. No obstante, a pesar de que me considero americano y considero que América es mi país, mi país no me trata como a uno de los suyos". Vargas cuenta cómo, al ganar el premio Pulitzer, telefoneó a su abuela. En vez de felicitarlo, su primera reacción fue preguntarle: "¿Y qué pasa si la gente se entera?". Vargas no pudo responder: "Dejé el teléfono, corrí al baño de la redacción de The Washington Post, me encerré y me puse a llorar", escribe. También cuenta que, al igual que muchos indocumentados en todas partes, hace 18 años que no ve a su madre o a su hermana. Nunca se ha encontrado con su hermano de 14 años.

Vargas forma parte de los millones de inmigrantes que -siguiendo una vieja tradición estadounidense- están transformando el país y contribuyendo a su progreso. La población hispana, por ejemplo, se va a triplicar en los próximos 50 años. Su poder adquisitivo se incrementa a una tasa tres veces mayor que el promedio nacional, al igual que su ritmo de creación de nuevas empresas. La clase media hispana de Estados Unidos es hoy una de las de mayor crecimiento del mundo: en 20 años aumentó un 80%.

El problema, por supuesto, es que de acuerdo con las leyes vigentes, cerca del 28% son delincuentes: son inmigrantes ilegales.

Por lo tanto, para algunos estadounidenses, la situación de Vargas es clara: violó varias leyes, debe ser enjuiciado, penalizado y luego deportado. Estados Unidos, dicen, es un país cuyo éxito se debe al respeto por el imperio de la ley -the rule of law-. Otros, en cambio, enfatizan que ese éxito también se debe a que Estados Unidos es un melting pot, un país que se fortalece gracias a su capacidad para atraer y absorber a gente de todas partes.

En todo caso, Vargas está apostando por otra característica del país: su flexibilidad política. Acaba de lanzar un amplio movimiento nacional cuyo objetivo es cambiar las leyes inmigratorias. El artículo es solo su primera salva.





Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.
Referencia: 1. My Life as an Undocumented Immigrant / The New York Times 2. http://en.wikipedia.org/wiki/Jose_Antonio_Vargas
Fotografía: Detalle de la portada de The New York Times, del 22 de junio de 2011 / Hufftington Post






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viernes, 10 de junio de 2011

Un mundo distraído, Entrevista a Nicholas Carr

La tercera parte de la población mundial ya es 'internauta'. La revolución digital crece veloz. Uno de sus grandes pensadores, Nicholas Carr, da claves de su existencia en el libro 'Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes?' El experto advierte de que se "está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma".

El correo electrónico parpadea con un mensaje inquietante: "Twitter te echa de menos. ¿No tienes curiosidad por saber las muchas cosas que te estás perdiendo? ¡Vuelve!". Ocurre cuando uno deja de entrar asiduamente en la red social: es una anomalía, no cumplir con la norma no escrita de ser un voraz consumidor de twitters hace saltar las alarmas de la empresa, que en su intento por parecer más y más humana, como la mayoría de las herramientas que pueblan nuestra vida digital, nos habla con una cercanía y una calidez que solo puede o enamorarte o indignarte. Nicholas Carr se ríe al escuchar la preocupación de la periodista ante la llegada de este mensaje a su buzón de correo. "Yo no he parado de recibirlos desde el día que suspendí mis cuentas en Facebook y Twitter. No me salí de estas redes sociales porque no me interesen. Al contrario, creo que son muy prácticas, incluso fascinantes, pero precisamente porque su esencia son los micromensajes lanzados sin pausa, su capacidad de distracción es enorme". Y esa distracción constante a la que nos somete nuestra existencia digital, y que según Carr es inherente a las nuevas tecnologías, es sobre la que este autor que fue director del Harvard Business Review y que escribe sobre tecnología desde hace casi dos décadas nos alerta en su tercer libro, Superficiales. ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, acceda al pdf con las primeras páginas).

Cuando Carr (1959) se percató, hace unos años, de que su capacidad de concentración había disminuido, de que leer artículos largos y libros se había convertido en una ardua tarea precisamente para alguien licenciado en Literatura que se había dejado mecer toda su vida por ella, comenzó a preguntarse si la causa no sería precisamente su entrega diaria a las multitareas digitales: pasar muchas horas frente a la computadora, saltando sin cesar de uno a otro programa, de una página de Internet a otra, mientras hablamos por Skype, contestamos a un correo electrónico y ponemos un link en Facebook. Su búsqueda de respuestas le llevó a escribir Superficiales... (antes publicó los polémicos El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google y Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?), "una oda al tipo de pensamiento que encarna el libro y una llamada de atención respecto a lo que está en juego: el pensamiento lineal, profundo, que incita al pensamiento creativo y que no necesariamente tiene un fin utilitario. La multitarea, instigada por el uso de Internet, nos aleja de formas de pensamiento que requieren reflexión y contemplación, nos convierte en seres más eficientes procesando información pero menos capaces para profundizar en esa información y al hacerlo no solo nos deshumanizan un poco sino que nos uniformizan". Apoyándose en múltiples estudios científicos que avalan su teoría y remontándose a la célebre frase de Marshall McLuhan "el medio es el mensaje", Carr ahonda en cómo las tecnologías han ido transformando las formas de pensamiento de la sociedad: la creación de la cartografía, del reloj y la más definitiva, la imprenta. Ahora, más de quinientos años después, le ha llegado el turno al efecto Internet.

Pero no hay que equivocarse: Carr no defiende el conservadurismo cultural. Él mismo es un usuario compulsivo de la web y prueba de ello es que no puede evitar despertar a su ordenador durante una breve pausa en la entrevista. Descubierto in fraganti por la periodista, esboza una tímida sonrisa, "¡lo confieso, me has cazado!". Su oficina está en su residencia, una casa sobre las Montañas Rocosas, en las afueras de Boulder (Colorado), rodeada de pinares y silencio, con ciervos que atraviesan las sinuosas carreteras y la portentosa naturaleza estadounidense como principal acompañante.

PREGUNTA. Su libro ha levantado críticas entre periodistas como Nick Bilton, responsable del blog de tecnología Bits de The New York Times, quien defiende que es mucho más natural para el ser humano diversificar la atención que concentrarla en una sola cosa.

RESPUESTA. Más primitivo o más natural no significa mejor. Leer libros probablemente sea menos natural, pero ¿por qué va a ser peor? Hemos tenido que entrenarnos para conseguirlo, pero a cambio alcanzamos una valiosa capacidad de utilización de nuestra mente que no existía cuando teníamos que estar constantemente alerta ante el exterior muchos siglos atrás. Quizás no debamos volver a ese estado primitivo si eso nos hace perder formas de pensamiento más profundo.

P. Internet invita a moverse constantemente entre contenidos, pero precisamente por eso ofrece una cantidad de información inmensa. Hace apenas dos décadas hubiera sido impensable.

R. Es cierto y eso es muy valioso, pero Internet nos incita a buscar lo breve y lo rápido y nos aleja de la posibilidad de concentrarnos en una sola cosa. Lo que yo defiendo en mi libro es que las diferentes formas de tecnología incentivan diferentes formas de pensamiento y por diferentes razones Internet alienta la multitarea y fomenta muy poco la concentración. Cuando abres un libro te aíslas de todo porque no hay nada más que sus páginas. Cuando enciendes el ordenador te llegan mensajes por todas partes, es una máquina de interrupciones constantes.

P. ¿Pero, en última instancia, cómo utilizamos la web no es una elección personal?

R. Lo es y no lo es. Tú puedes elegir tus tiempos y formas de uso, pero la tecnología te incita a comportarte de una determinada manera. Si en tu trabajo tus colegas te envían treinta e-mails al día y tú decides no mirar el correo, tu carrera sufrirá. La tecnología, como ocurrió con el reloj o la cartografía, no es neutral, cambia las normas sociales e influye en nuestras elecciones.

P. En su libro habla de lo que perdemos y aunque mencione lo que ganamos apenas toca el tema de las redes sociales y cómo gracias a ellas tenemos una herramienta valiosísima para compartir información.

R. Es verdad, la capacidad de compartir se ha multiplicado aunque antes también lo hacíamos. Lo que ocurre con Internet es que la escala, a todos los niveles, se dispara. Y sin duda hay cosas muy positivas. La Red nos permite mostrar nuestras creaciones, compartir nuestros pensamientos, estar en contacto con los amigos y hasta nos ofrece oportunidades laborales. No hay que olvidar que la única razón por la que Internet y las nuevas tecnologías están teniendo tanto efecto en nuestra forma de pensar es porque son útiles, entretenidas y divertidas. Si no lo fueran no nos sentiríamos tan atraídos por ellas y no tendrían efecto sobre nuestra forma de pensar. En el fondo, nadie nos obliga a utilizarlas.

P. Sin embargo, a través de su libro usted parece sugerir que las nuevas tecnologías merman nuestra libertad como individuos...

R. La esencia de la libertad es poder escoger a qué quieres dedicarle tu atención. La tecnología está determinando esas elecciones y por lo tanto está erosionando la capacidad de controlar nuestros pensamientos y de pensar de forma autónoma. Google es una base de datos inmensa en la que voluntariamente introducimos información sobre nosotros y a cambio recibimos información cada vez más personalizada y adaptada a nuestros gustos y necesidades. Eso tiene ventajas para el consumidor. Pero todos los pasos que damos online se convierten en información para empresas y Gobiernos. Y la gran pregunta a la que tendremos que contestar en la próxima década es qué valor le damos a la privacidad y cuánta estamos dispuestos a ceder a cambio de comodidad y beneficios comerciales. Mi sensación es que a la gente le importa poco su privacidad, al menos esa parece ser la tendencia, y si continúa siendo así la gente asumirá y aceptará que siempre están siendo observados y dejándose empujar más y más aún hacia la sociedad de consumo en detrimento de beneficios menos mensurables que van unidos a la privacidad.

P. Entonces... ¿nos dirigimos hacia una sociedad tipo Gran Hermano?

R. Creo que nos encaminamos hacia una sociedad más parecida a lo que anticipó Huxley en Un mundo feliz que a lo que describió Orwell en 1984. Renunciaremos a nuestra privacidad y por tanto reduciremos nuestra libertad voluntaria y alegremente, con el fin de disfrutar plenamente de los placeres de la sociedad de consumo. No obstante, creo que la tensión entre la libertad que nos ofrece Internet y su utilización como herramienta de control nunca se va a resolver. Podemos hablar con libertad total, organizarnos, trabajar de forma colectiva, incluso crear grupos como Anonymous pero, al mismo tiempo, Gobiernos y corporaciones ganan más control sobre nosotros al seguir todos nuestros pasos online y al intentar influir en nuestras decisiones.

P. Wikipedia es un buen ejemplo de colaboración a gran escala impensable antes de Internet. Acaba de cumplir diez años...

R. Wikipedia encierra una contradicción muy clara que reproduce esa tensión inherente a Internet. Comenzó siendo una web completamente abierta pero con el tiempo, para ganar calidad, ha tenido que cerrarse un poco, se han creado jerarquías y formas de control. De ahí que una de sus lecciones sea que la libertad total no funciona demasiado bien. Aparte, no hay duda de su utilidad y creo que ha ganado en calidad y fiabilidad en los últimos años.

P. ¿Y qué opina de proyectos como Google Books? En su libro no parece muy optimista al respecto...

R. Las ventajas de disponer de todos los libros online son innegables. Pero mi preocupación es cómo la tecnología nos incita a leer esos libros. Es diferente el acceso que la forma de uso. Google piensa en función de snippets, pequeños fragmentos de información. No le interesa que permanezcamos horas en la misma página porque pierde toda esa información que le damos sobre nosotros cuando navegamos. Cuando vas a Google Books aparecen iconos y links sobre los que pinchar, el libro deja de serlo para convertirse en otra web. Creo que es ingenuo pensar que los libros no van a cambiar en sus versiones digitales. Ya lo estamos viendo con la aparición de vídeos y otros tipos de media en las propias páginas de Google Books. Y eso ejercerá presión también sobre los escritores. Ya les ocurre a los periodistas con los titulares de las informaciones, sus noticias tienen que ser buscables, atractivas. Internet ha influido en su forma de titular y también podría cambiar la forma de escribir de los escritores. Yo creo que aún no somos conscientes de todos los cambios que van a ocurrir cuando realmente el libro electrónico sustituya al libro.

P. ¿Cuánto falta para eso?

R. Creo que tardará entre cinco y diez años.

P. Pero aparatos como el Kindle permiten leer muy a gusto y sin distracciones...

R. Es cierto, pero sabemos que en el mundo de las nuevas tecnologías los fabricantes compiten entre ellos y siempre aspiran a ofrecer más que el otro, así que no creo que tarden mucho en hacerlos más y más sofisticados, y por tanto con mayores distracciones.

P. El economista Max Otte afirma que pese a la cantidad de información disponible, estamos más desinformados que nunca y eso está contribuyendo a acercarnos a una forma de neofeudalismo que está destruyendo las clases medias. ¿Está de acuerdo?

R. Hasta cierto punto, sí. Cuando observas cómo el mundo del software ha afectado a la creación de empleo y a la distribución de la riqueza, sin duda las clases medias están sufriendo y la concentración de la riqueza en pocas manos se está acentuando. Es un tema que toqué en mi libro El gran interruptor. El crecimiento que experimentó la clase media tras la II Guerra Mundial se está revirtiendo claramente.

P. Internet también ha creado un nuevo fenómeno, el de las microcelebridades. Todos podemos hacer publicidad de nosotros mismos y hay quien lo persigue con ahínco. ¿Qué le parece esa nueva obsesión por el yo instigado por las nuevas tecnologías?

R. Siempre nos hemos preocupado de la mirada del otro, pero cuando te conviertes en una creación mediática -porque lo que construimos a través de nuestra persona pública es un personaje-, cada vez pensamos más como actores que interpretan un papel frente a una audiencia y encapsulamos emociones en pequeños mensajes. ¿Estamos perdiendo por ello riqueza emocional e intelectual? No lo sé. Me da miedo que poco a poco nos vayamos haciendo más y más uniformes y perdamos rasgos distintivos de nuestras personalidades.

P. ¿Hay alguna receta para salvarnos?

R. Mi interés como escritor es describir un fenómeno complejo, no hacer libros de autoayuda. En mi opinión, nos estamos dirigiendo hacia un ideal muy utilitario, donde lo importante es lo eficiente que uno es procesando información y donde deja de apreciarse el pensamiento contemplativo, abierto, que no necesariamente tiene un fin práctico y que, sin embargo, estimula la creatividad. La ciencia habla claro en ese sentido: la habilidad de concentrarse en una sola cosa es clave en la memoria a largo plazo, en el pensamiento crítico y conceptual, y en muchas formas de creatividad. Incluso las emociones y la empatía precisan de tiempo para ser procesadas. Si no invertimos ese tiempo, nos deshumanizamos cada vez más. Yo simplemente me limito a alertar sobre la dirección que estamos tomando y sobre lo que estamos sacrificando al sumergirnos en el mundo digital. Un primer paso para escapar es ser conscientes de ello. Como individuos, quizás aún estemos a tiempo, pero como sociedad creo que no hay marcha atrás.




Fuente: ElPais.es
Autor entrevista: Bárbara Celis
Entrevistado: Nicholas Carr (1959-), escribe sobre tecnología, cultura y economía. Autor de "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet a nuestras mentes?" (The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains), best-seller del New York Times y le permitió una nominación al Premio Pulitzer (2011). Autor de otros dos libros influyentes, "El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google" (The Big Switch: Rewiring the World, from Edison to Google) y Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva? Sus libros han sido traducidos a más de 20 idiomas.
Ha sido columnista de The Guardian y ha escrito para The Atlantic, The New York Times, The Wall Street Journal, la revista Wired, The Times de Londres, The New Republic, The Financial Times, Die Zeit y otras publicaciones periódicas.
Es miembro del consejo editorial de asesores de la Enciclopedia Británica, está en la junta directiva del proyecto "cloud computing" del Foro Económico Mundial, y escribe el popular blog en Rough Type. Ha hecho su residencia como escritor en la Universidad de California, y es una orador reconocido de eventos académicos y corporativos. Al principio de su carrera, fue editor ejecutivo de la Harvard Business Review. Tiene un B.A. en el Dartmouth College y una maestría en Inglés y Literatura de América, de la Universidad de Harvard.



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jueves, 2 de junio de 2011

EE UU: tres puntos ciegos. Por Moisés Naím

Todos tenemos temas sobre los cuales preferimos no hablar. Porque nos avergüenzan, porque son dolorosos, o porque son problemas para los cuales no vemos solución. O, simplemente, porque no los entendemos. Los países también sufren de esto. En todas partes hay temas que aparecen poco en la conversación nacional; esa que transcurre en las casas y en los Parlamentos, entre amigos y en los medios de comunicación o en los centros de poder. No es que estos problemas sean desconocidos o que ocasionalmente no aparezcan con fuerza en los debates nacionales. Aparecen, pero su discusión suele ser superficial, transitoria y sin mayores consecuencias prácticas. Son, en efecto, puntos ciegos: problemas cuya importancia es tan obvia como poco lo que se hace para enfrentarlos.

A pesar de su vibrante democracia y su vigorosa protección de la libertad de expresión, la conversación nacional en Estados Unidos también tiene muchos e importantes puntos ciegos. Hay tres en particular que me parecen dignos de destacar: se refieren a los militares, las finanzas y los hispanos.

• El fraudulento gasto militar de EE UU. Es sabido que Estados Unidos es el país con el mayor gasto militar. Gasta el 43% del total mundial y más que el conjunto de los diez países que le siguen en cuanto a gasto militar. El Pentágono consume cerca de un tercio del presupuesto nacional norteamericano y en los últimos diez años el gasto militar estadounidense ha venido aumentando al 9% cada año. En Washington ha comenzado recientemente un debate sobre la necesidad de reducir el gasto militar. Pero los montos máximos de los que se habla son, en realidad, mínimos. Y de lo que se habla poco -y este es un importante punto ciego- es del enorme desperdicio que hay en el gasto militar. Algunas estimaciones lo colocan en un 30% del total. O más. Pero la realidad es que no se sabe: "Los estados financieros del Departamento de Defensa son inauditables", concluyó la Oficina de Contabilidad del Gobierno hace poco. Esto significa que Estados Unidos gasta cada año alrededor de un billón de dólares sin saber cómo. Y, según los auditores, "la falta de controles hace difícil detectar los fraudes, desperdicios y abusos". Esto no forma parte de la conversación nacional.

• El debilitante gigantismo de Wall Street. Conozco una recién graduada universitaria, sin experiencia, que fue contratada por un banco en Wall Street. Su sueldo anual es de 80.000 dólares. Otro joven, recién graduado de ingeniero, fue contratado por una empresa manufacturera estadounidense por 40.000 al año. Los conozco a ambos y sé que no hay entre ellos mayores diferencias en talento, motivación o preparación académica. Sin embargo, la banquera gana el doble. El sector financiero se lo puede permitir: en los últimos diez años captó el 41% de todas las ganancias del sector privado estadounidense. Según Simon Johnson, un economista del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT), seis conglomerados financieros controlan activos equivalentes al 60% del Producto Nacional Bruto de Estados Unidos. A mediados de los noventa esta proporción era el 20% del PNB. Robert Creamer ha calculado que en 2007 los 50 más importantes gestores de Wall Street ganaron 588 millones de dólares cada uno. No hay duda de que el sector financiero ha alcanzado un peso económico y, por tanto, una influencia política enorme. Capta capital, talento y decisiones políticas favorables como quizás ningún otro sector. El crash de 2008 aumentó aun más la concentración de poder dentro del sector financiero y a pesar de que está ahora más regulado sigue teniendo enorme autonomía e influencia política. Este es otro tema que se discute de manera superficial y poco útil. Reinan el inocuo populismo de los políticos y la astuta manipulación de la conversación por parte de quienes no quieren que haya muchos cambios.

• La sorpresa hispana. Acaban de salir algunos resultados del más reciente censo poblacional de los Estados Unidos. Los hispanos, que eran 22 millones en 1990, son ahora 52 millones. En 2016 llegarán a 60 millones, el 18% del total de la población de EE UU. Los anglos han pasado de ser casi el 70% de los estadounidenses en el 2000 a ser ahora el 63%. La población hispana crece a una tasa cuatro veces mayor de lo que crece la población en su conjunto. Su poder adquisitivo también aumenta aceleradamente y los hispanos residentes en EE UU constituyen hoy la clase media de más rápido crecimiento en el mundo. En Estados Unidos se sabe que los hispanos son muchos y que cada vez son más. Pero aún no se sabe bien qué hacer con esta realidad. El aumento del peso económico y político de los hispanos en los EE UU cambiará al país. Es otro tema mal discutido que deparará muchas sorpresas.




Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.


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miércoles, 18 de mayo de 2011

¿Google nos está volviendo estúpidos? Por Nicholas Carr

Lo que Internet está haciendo a nuestros cerebros
¡Dave, no, por favor no, no hagas eso! ¡Para, Dave, por favor, no hagas eso!”, son las últimas palabras suplicantes que el supercomputador HAL le dirige al implacable astronauta Dave Bowman en aquella famosa, extraña y conmovedora escena hacia el final de la película 2001: Odisea del espacio, de Stanley Kubrick. Bowman (que acaba de escapar por un pelo de una muerte casi segura en el espacio profundo por culpa del computador defectuoso) con toda la tranquilidad y frialdad del mundo desconecta los circuitos de la memoria que controlan el cerebro artificial del aparato. “Dave, se me va la mente…, se me va”, dice HAL. “Siento que la mente se me va…”.

Yo también. Durante los últimos años he tenido la incómoda sensación de que alguien (o algo) ha estado cacharreando con mi cerebro, rehaciendo la cartografía de mis circuitos neuronales, reprogramando mi memoria. No es que ya no pueda pensar (por lo menos hasta donde me doy cuenta), pero algo está cambiando. Ya no pienso como antes. Lo siento de manera muy acentuada cuando leo. Sumirme en un libro o un artículo largo solía ser una cosa fácil. La mera narrativa o los giros de los acontecimientos cautivaban mi mente y pasaba horas paseando por largos pasajes de prosa. Sin embargo, eso ya no me ocurre. Resulta que ahora, por el contrario, mi concentración se pierde tras leer apenas dos o tres páginas. Me pongo inquieto, pierdo el hilo, comienzo a buscar otra cosa que hacer. Es como si tuviera que forzar mi mente divagadora a volver sobre el texto. En dos palabras, la lectura profunda, que solía ser fácil, se ha vuelto una lucha.

Y creo saber qué es lo que está ocurriendo. A estas alturas, llevo ya más de una década pasando mucho tiempo en línea, haciendo búsquedas y navegando, incluso, algunas veces, agregando material a las enormes bases de datos de internet. Como escritor, la red me ha caído del cielo. El trabajo de investigación, que antes me tomaba días inmerso en las secciones de publicaciones periódicas de las bibliotecas, ahora se puede hacer en cuestión de minutos. Un par de búsquedas en Google, un par de clics sobre los enlaces, y ya dispongo del hecho revelador o de la cita exacta que necesitaba. Incluso cuando no estoy trabajando, lo más probable es que esté explorando entre los matorrales de información de la red, leyendo y contestando correos electrónicos, escacaneando titulares y blogs, mirando videos y oyendo podcasts, o simplemente saltando de enlace en enlace. (A diferencia de las notas de pie de página, a las que a veces se les compara, los hiperenlaces no se limitan a sugerir obras pertinentes; nos catapultan sobre ellas.)

Para mí, como para muchos otros, la red se está convirtiendo en un medio universal, en el canal a través del cual me llega la mayor parte de la información visual y auditiva que se asienta en mi mente. Las ventajas de un acceso tan instantáneo a esa increíble y rica reserva de información son muchísimas, y ya han sido debidamente descritas y aplaudidas. “Tener una memoria artificial perfecta”, señaló Clive Thompson en la revista en línea Wired, “puede llegar a ser de gran utilidad en el proceso del pensamiento”. Pero tal ayuda tiene su precio. Como subrayó en la década del 60 el teórico de los medios de comunicación Marshall McLuhan, los medios no son meros canales pasivos por donde fluye información. Cierto, se encargan de suministrar los insumos del pensamiento, pero también configuran el proceso de pensamiento. Y lo que la red parece estar haciendo, por lo menos en mi caso, es socavar poco a poco mi capacidad de concentración y contemplación. Mi mente ahora espera asimilar información de la misma manera como la red la distribuye: en un vertiginoso flujo de partículas. Alguna vez fui buzo y me sumergía en océanos de palabras. Hoy en día sobrevuelo a ras sus aguas como en una moto acuática.

Y no soy el único. Cuando comparto mis problemas con la lectura entre amigos y conocidos, casi todos con inclinaciones literarias, muchos confiesan que les pasa lo mismo. Mientras más usan la red, más trabajo les cuesta permanecer concentrados cuando se trata de textos largos. Algunos de los bloggers que leo con regularidad también han empezado a mencionar el fenómeno. Scott Karp, quien escribe un blog sobre periodismo en línea confesó hace poco haber abandonado del todo la lectura de libros. “En la universidad me gradué en literatura y solía ser un lector voraz de libros”, escribe. “¿Qué ocurrió? , se pregunta, y aventura una respuesta: “¿Qué tal que hoy en día todas mis lecturas las haga en la red no tanto porque haya cambiado mi manera de leer, es decir, por comodidad y conveniencia, sino porque cambió mi manera de pensar?”.

Bruce Friedman escribe con regularidad un blog sobre el uso de computadores en medicina y también ha señalado cómo internet ha afectado sus hábitos mentales. “He perdido casi completamente la capacidad de leer y asimilar un texto largo en la red o incluso impreso”, escribió hace unos meses. Docente de patología de vieja data en la Escuela de Medicina de la Universidad de Michigan, Friedman se extendió un poco más en una conversación telefónica que sostuvo conmigo. Su manera de pensar, dijo, ha adquirido una cualidad entrecortada, como de staccato, que a su vez es reflejo de la manera como escanea apartes cortos de texto de muchísimas fuentes en línea. “Ya no sería capaz de leer 'Guerra y paz", admitió. “Perdí la capacidad para hacerlo. Es más, tengo dificultades a la hora de absorber un blog de más de tres o cuatro párrafos. Empiezo a leerlo en diagonal”.

Sin embargo, un par de anécdotas no prueban nada. Podemos seguir esperando los experimentos neurológicos y psicológicos que nos den un panorama más claro y definitivo sobre cómo el uso de la internet afecta la cognición. Con todo, un trabajo publicado sobre los hábitos investigativos en línea, realizado por académicos de University College de Londres, sugiere que bien podemos encontrarnos en medio de un mar de cambios en lo que concierne a la manera como leemos y pensamos. Como parte de un programa de investigación de cinco años, los académicos analizaron el comportamiento en línea de los visitantes de dos muy conocidos portales investigativos: uno, operado por la British Library, el otro, por un consorcio pedagógico del Reino Unido, portales que ofrecen acceso a artículos de publicaciones periódicas, libros electrónicos y otras fuentes de información textual. Encontraron que la gente que utilizaba los portales evidenciaba “una actividad similar a la que ocurre cuando se lee por encima…”, saltando de una fuente a otra y rara vez volviendo sobre una de las fuentes ya consultadas. Por lo general, los usuarios no leían más de una o dos páginas de un artículo o un libro antes de brincar a otra página. Algunas veces seleccionaban y descargaban un artículo largo, pero no se puede saber si volvieron sobre el texto y en efecto lo leyeron. Los autores de la investigación informan:

“Es evidente que los usuarios, cuando leen en línea, no lo están haciendo en el sentido tradicional del término; es más, hay indicios de que nuevas formas de ‘lectura’ están surgiendo en la misma medida que los usuarios examinan horizontalmente, a golpes de vista, títulos, tablas de contenido y resúmenes, en busca de resultados rápidos. Casi pareciera que entran en línea para evitar leer en el sentido convencional de la palabra”.

Gracias a la omnipresencia del texto en internet, por no hablar de la popularidad de los mensajes escritos en los teléfonos celulares, es probable que hoy estemos leyendo cuantitativamente más de lo que leíamos en las décadas del 70 y 80 del siglo pasado, cuando la televisión era nuestro medio predilecto. Pero, sea lo que sea, se trata de otra forma de leer, y detrás subyace otra forma de pensar… Quizás incluso, una nueva manera de ser. “No sólo somos lo que leemos”, dice Maryanne Wolf, psicóloga del desarrollo en la Universidad de Tufts y autora de Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain (Proust y el calamar: Historia y ciencia del cerebro lector). A Wolf le preocupa que el tipo de lectura que promueve la red, un modo de leer que da prioridad a la eficacia y la inmediatez sobre cualquier otra cosa, bien puede estar debilitando nuestra capacidad para ese otro tipo de lectura en profundidad que surgió cuando una tecnología remota, la imprenta, logró convertir largas y complejas obras escritas en prosa en objetos comunes. Cuando leemos en línea, dice, tendemos a convertirnos en “meros decodificadores de información”. Nuestra capacidad para interpretar un texto, para ejecutar las conexiones mentales que se constituyen cuando leemos en profundidad y sin distracciones, cuando leemos en línea, repito, se desconecta en buena parte.

Leer, dice Wolf, no es una habilidad innata en el ser humano. No está grabada en nuestros genes como sí lo está la facultad del habla. Tenemos que enseñarle a nuestra mente a traducir los caracteres simbólicos que ven nuestros ojos a un lenguaje que podemos entender. Y los medios y otras tecnologías que usamos para aprender y practicar el arte de leer juegan un papel importante en la configuración de los circuitos neuronales de nuestros cerebros. Varios experimentos han demostrado que quienes leen ideogramas, como los chinos, desarrollan sistemas de circuitos mentales para leer muy distintos a los que se encuentran entre quienes, como nosotros, tenemos un lenguaje escrito que recurre a un alfabeto. Y tales variantes se extienden a lo largo y ancho de muchas regiones del cerebro, incluyendo aquellas que gobiernan funciones cognitivas tan esenciales como la memoria y la interpretación de estímulos visuales y auditivos. Cabe esperar, por tanto, que los circuitos que se tejen al usar la red serán distintos de aquellos que se entretejen al leer libros y otros trabajos impresos.

En algún momento de 1882, Friedrich Nietzsche compró una máquina de escribir, una Malling-Hansen Writing Ball, para ser precisos. Su visión estaba fallando, y mantener su mirada fija en una página se había convertido en algo agotador y doloroso, a menudo provocandole fuertes dolores de cabeza. Se había visto obligado a reducir sus escritos, y temía que pronto tendría que renunciar a ello. La máquina de escribir lo rescató, al menos por un tiempo. Una vez que había dominado la mecanografía, fue capaz de escribir con los ojos cerrados, usando sólo la punta de los dedos. Las palabras podían una vez más fluir de su mente a la página.

Pero la máquina tuvo un efecto más sutil sobre su obra. Uno de los amigos de Nietzsche, un compositor, notó un cambio en el estilo de su escritura. Su prosa concisa se había transformado más fuerte aún, más telegráfica. "Tal vez a través de este instrumento aún lleve a un nuevo idioma", escribió el amigo en una carta, señalando que, en su propias palabras, "los 'pensamientos' en la música y el lenguaje a menudo dependen de la calidad de la pluma y el papel".

"Tienes razón", Nietzsche respondió, "nuestro equipo de escribir toman parte en la formación de nuestros pensamientos". Bajo el influjo de la máquina, escribe el erudito alemán en medios de comunicación Friedrich A. Kittler, la prosa de Nietzsche "cambió de argumentos a aforismos, de pensamientos a juegos de palabras, de la retórica al estilo telegrama".

El cerebro humano es casi infinitamente maleable. La gente solía pensar que nuestro tejido mental, esa compacta red de conexiones conformadas por cerca de 100.000 millones de neuronas dentro de nuestro cráneo, estaba ya en buena medida consolidada y fija para cuando alcanzáramos la edad adulta. Sin embargo, estudiosos del cerebro han encontrado que ese no es el caso. James Olds, profesor de Neurociencia y director del Instituto Krasnow para Ciencias avanzadas en George Mason University, dice que incluso la mente adulta es “muy plástica”. “El cerebro —según Olds— tiene la capacidad de reprogramarse por sí mismo al vuelo, y alterar por tanto su manera de funcionar”.

Cuando recurrimos a lo que el sociólogo Daniel Bell llama nuestras “tecnologías intelectuales”, es decir, aquellas herramientas que amplían nuestras habilidades mentales antes que las físicas, de manera ineludible empezamos a adoptar las cualidades de tales tecnologías. El reloj mecánico, que entró a ser de uso común durante el siglo XIV, constituye un ejemplo contundente. En su libro Technics and Civilization (Técnicas y civilización), el historiador y crítico Lewis Mumford describe cómo el reloj “disoció o desvinculó el tiempo del acaecer humano y contribuyó a generar la creencia en un mundo independiente de secuencias matemáticamente mensurables”. Así, el “marco general abstracto de un tiempo divido” se convirtió en “el punto de referencia tanto para la acción como para el pensamiento”.
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El tic-tac metódico del reloj contribuyó al surgimiento de la mente y el hombre científico. Pero también nos despojó de algo. Como observó el fallecido científico en informática del MIT, Joseph Weizenbaum, en su libro de 1976, Computer Power and Human Reason: From Judgment to Calculation (El poder del computador y la razón humana: del juicio al cálculo), la concepción del mundo que surgió a partir del uso extendido de instrumentos que miden el tiempo, “sigue siendo una versión empobrecida de la concepción más antigua, ya que descansa sobre la negación de todas aquellas experiencias directas que eran la base, la esencia misma de la vieja realidad”. Al optar por decidir a qué hora comer, trabajar, dormir y levantarnos, dejamos de escuchar a nuestro cuerpo y empezamos a obedecer al reloj.

El proceso de adaptación a las nuevas tecnologías intelectuales se refleja en las cambiantes metáforas a las que recurrimos para explicarnos a nosotros mismos. Con la llegada del reloj mecánico, la gente empezó a pensar que sus cerebros funcionaban “como un reloj”. Hoy, en la edad del software, hemos empezado a pensar en el cerebro como un aparato que funciona “como un computador”. Pero los cambios, nos advierte la neurociencia, van mucho más allá de la mera metáfora. Gracias precisamente a la plasticidad de nuestro cerebro, la adaptación también ocurre a nivel biológico.

Internet promete llegar a tener efectos de largo alcance sobre la cognición. En un ensayo publicado en 1936, el matemático británico Alan Turing comprobó que un computador digital, que por entonces sólo existía como máquina teórica, podría programarse de manera que cumpliera las funciones de cualquier artefacto capaz de procesar información. Y eso es lo que estamos viendo hoy. Internet, un sistema informático muy poderoso, está subyugando la mayoría de todas nuestras otras tecnologías intelectuales. Se está convirtiendo en nuestro mapa y reloj, nuestra imprenta y máquina de escribir, nuestra calculadora y nuestro teléfono, nuestra radio y televisión.

Cuando la red absorbe un medio, dicho medio se recrea a imagen y semejanza de la red. Inyecta el contenido del medio a través de hipervínculos, anuncios parpadeantes y otras baratijas digitales, rodeando así el contenido con el contenido de todos los otros medios que ha absorbido. Un nuevo correo electrónico, por ejemplo, puede anunciar su llegada mientras ojeamos los últimos titulares en el portal de un diario. Y el resultado es que dispersa nuestra atención y disipa nuestra concentración.

Y la influencia de la red no termina en los márgenes de la pantalla, tampoco. Al tiempo que nuestras mentes se ponen en sintonía con la enloquecedora colcha de retazos que es internet, los medios tradicionales se ven obligados a adaptarse a las nuevas expectativas de la audiencia. Los programas de televisión agregan textos y anuncios móviles, y revistas y periódicos reducen la longitud de sus artículos, introducen resúmenes encapsulados y atiborran sus páginas con trocitos fragmentarios de información fáciles de ojear a la ligera. Cuando, en marzo de este año, The New York Times optó por dedicar la segunda y tercera páginas de todas sus ediciones diarias a resúmenes de artículos interiores, su director de diseño, Tom Bodkin, explicó que dichos “atajos” le brindaban al lector agobiado por la prisa una “degustación” rápida de las noticias del día, evitándole así el “menos eficaz” método de en efecto pasar unas cuantas páginas y leer los artículos enteros. Los viejos medios no tienen más remedio que jugar siguiendo las reglas de los nuevos medios.

Nunca antes un sistema de comunicación ha desempeñado tantos papeles en nuestra vida —o influido tanto en nuestra manera de pensar— como lo hace hoy por hoy internet. Con todo, y a pesar de lo mucho que se ha escrito sobre la red, muy poco se ha ponderado el asunto de cómo nos está reprogramando. La ética intelectual de la red es poco clara.

Casi al mismo tiempo que Nietzsche comenzó a usar su máquina de escribir, un hombre serio joven llamado Frederick Winslow Taylor llevó un cronómetro a la planta de Midvale Steel de Filadelfia y comenzó una histórica serie de experimentos encaminados a la mejora de la eficiencia de los operarios de la planta. Con la aprobación de los propietarios de Midvale, él contrató a un grupo de obreros de las fábricas, los puso a trabajar en varias máquinas para trabajar metales, registro y cronometro cada uno de sus movimientos, así como las operaciones de las máquinas. Al dividir cada puesto de trabajo en una secuencia de pequeños pasos, Enlacediferenciando y luego ensayando formas distintas de realizar cada una, Taylor creó un conjunto de instrucciones precisas -un "algoritmo" pudiéramos decir hoy- de cómo cada trabajador debe trabajar. Empleados de Midvale se quejaron de el nuevo estricto régimen, alegando que las convirtió en poco más que autómatas, pero se elevó la productividad de la fábrica.

Más de un centenar de años después de la invención de la máquina de vapor, la Revolución Industrial al fin había encontrado su filosofía y su filósofo. La apretada coreografía industrial de Taylor -su "sistema", como le gustaba llamarlo- fue aceptada por fabricantes de todo el país, y con el tiempo, por todo el mundo. Busco la velocidad máxima, la máxima eficiencia y máximo rendimiento, los dueños de fábricas utilizan estudios de tiempo y movimiento para organizar su trabajo y configurar los puestos de trabajo de sus trabajadores. El objetivo, como Taylor lo definió en su célebre tratado de 1911, The Principles of Scientific Management (Los Principios de la administración científica), era identificar y adoptar, para cada trabajo, el "mejor y único método" de trabajo y por lo tanto para efectuar "la sustitución gradual de la ciencia por reglas de oro a través de las artes mecánicas". Una vez que su sistema se aplicó a todos las actividades del trabajo manual, aseguró Taylor a sus seguidores, que daría lugar a una reestructuración no sólo de la industria, sino de la sociedad, la creación de una utopía de la eficiencia perfecta. "En el pasado el hombre ha sido el primero", declaró, "en el futuro el sistema debe ser el primero".

El sistema de Taylor sigue en gran medida con nosotros: sigue siendo la ética de la fabricación industrial. Y ahora, gracias al creciente poder que los ingenieros informáticos y programadores de software ejercen sobre nuestras vidas intelectuales, la ética de Taylor comienza a regir el reino de la mente también. El Internet es una máquina diseñada para la recolección eficiente y automatizada, la transmisión y manipulación de la información y sus legiones de programadores tienen la intención de encontrar el "mejor y único método" -el algoritmo perfecto- para llevar a cabo cada movimiento mental de lo que hemos llegado a describir como "trabajo del conocimiento".

Las oficinas centrales de Google, en Mountain View, California —el Googleplexes la catedral de internet, y la religión que practican tras sus muros, el taylorismo. Google, dice su presidente ejecutivo, Eric Schmidt, es “una compañía fundada en torno a la ciencia de la medición”, y pretende llegar a “sistematizar todo” lo que hace. A partir de los terabits (mil millones de bits) de información conductual que recoge a través de su buscador y otros portales, realiza miles de experimentos diarios, según el Harvard Business Review, y utiliza los resultados para pulir los algoritmos que cada vez controlan más la manera como la gente encuentra información y extrae o le da sentido a la misma. Lo que Taylor hizo para el trabajo manual, Google lo está haciendo para el trabajo de la mente.

La compañía ha declarado que su misión es “organizar toda la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Pretende desarrollar “el buscador perfecto”, el cual define como una cosa capaz de “entender de manera exacta qué queremos decir y darnos de vuelta exactamente lo que queremos”. Para Google, la información es una especie de materia prima, un recurso utilitarista que puede explotarse y procesarse con eficacia industrial. A mayor número de fragmentos de información a los que podamos acceder y a la mayor rapidez con la que podamos extraer su esencia, más productivos seremos en tanto pensadores.

¿Y dónde termina todo esto? Sergey Brin y Larry Page, los talentosos jóvenes que fundaron Google mientras terminaban sus doctorados en ciencias informáticas en Stanford, hablan con frecuencia de su deseo de convertir su buscador en una inteligencia artificial, una especie de máquina a lo HAL, que pueda conectarse a nuestro cerebro. “El buscador último, supremo, el no va más de los buscadores, sería algo como la gente inteligente… o quizá más inteligente”, dijo Page en una alocución hace un par de años. “Para nosotros, trabajar en la búsqueda es una manera de trabajar en la inteligencia artificial”. En una entrevista en 2004 para Newsweek, Brin dijo: “Con seguridad que si tuviéramos toda la información del mundo directamente conectada a nuestro cerebro o a un cerebro artificial más inteligente que el nuestro, estaríamos mejor”. El año pasado, Page dijo en un congreso de científicos que Google “está intentando construir una inteligencia artificial y hacerlo a gran escala”.

Tal ambición es natural, incluso admirable, para un par de matemáticos prodigio con mucho dinero a su disposición y un pequeño ejército de informáticos como empleados. Google, un empeño esencialmente científico, está sobre todo motivado por el deseo de utilizar la tecnología, en palabras de Eric Schmidt, “para resolver problemas que nunca antes han sido resueltos” y la inteligencia artificial es ciertamente el más difícil de los problemas que quedan por resolver en ese campo. ¿Por qué demonios no querrían Brin y Page ser quienes lo descifren?

Con todo, su suposición más bien facilista de que “todos estaríamos mejor” si nuestro cerebro tuviera un complemento, o incluso si fuera reemplazado del todo por una inteligencia artificial, resulta inquietante. Sugiere (o propone), algo como creer que la inteligencia es el producto de un proceso mecánico, una serie de pasos discretos que pueden ser aislados, medidos y optimizados. En el mundo de Google, el mundo al que accedemos cuando entramos en línea, hay poco espacio para la opacidad de la contemplación. Allí, la ambigüedad no constituye un umbral para el conocimiento y la intuición sino que se convierte en un virus que debe ser remediado. El cerebro humano no es más que un computador obsoleto que necesita un procesador más rápido y un disco duro más grande.

La idea de que nuestra mente debiera operar como una máquina-procesadora-de-datos-de-alta-velocidad no solo está incorporada al funcionamiento de internet, sino que al mismo tiempo se trata del modelo empresarial imperante de la red. A mayor velocidad con la que navegamos en la red, a mayor número de enlaces sobre los que hacemos clic y el número de páginas que visitamos, mayores las oportunidades que Google y otras compañías tienen para recoger información sobre nosotros y nutrirnos con anuncios publicitarios. La mayoría de los propietarios de internet comercial tienen suficientes intereses económicos en juego como para tomarse la molestia de recoger las migas de datos que vamos dejando como un rastro al tiempo que saltamos de enlace en enlace: mientras más migas, mejor. Lo último que estas empresas quisieran es alentarnos a leer a gusto y a nuestras anchas o invitarnos a lenta y concienzuda reflexión. Para bien de sus intereses económicos, les conviene distraernos a como dé lugar.

Quizá soy un exagerado: después de todo, así como se da la tendencia a glorificar a ultranza el progreso tecnológico, también se da la contra-tendencia a esperar lo peor de cada nueva herramienta o máquina. En el Fedro, de Platón, Sócrates lamenta el desarrollo de la escritura. Temía que, a medida que la gente empezara a confiar y depender de la palabra escrita como sustituto del conocimiento que solía tener en su cabeza, así mismo, en palabras de uno de los personajes del diálogo, “dejarían de ejercitar la memoria y pronto se tornarían olvidadizos”. Y debido a que, por lo tanto, estarían en capacidad de “recibir una buena cantidad de información sin la debida instrucción”, los susodichos “se considerarían muy entendidos siendo en el fondo ignorantes”. Es decir, “serían seres llenos de presunción de sabiduría en vez de seres poseedores de sabiduría auténtica”. Sócrates no estaba equivocado: la nueva tecnología sí tuvo a menudo los efectos que él temía. Pero fue un poco miope: no pudo anticipar las muchas maneras en las que la escritura y la lectura contribuirían a la divulgación de información, a propagar nuevas ideas y a extender el conocimiento humano (si bien no necesariamente la sabiduría).

La llegada de la imprenta de Gutenberg en el siglo XV, desató otra ronda de pánico. Al humanista italiano Hieronimo Squarciafico le preocupaba que el fácil acceso a los libros condujese a la pereza intelectual e hiciese que los hombres “estudiasen menos” debilitando así sus facultades mentales. Otros alegaban que los libros y pasquines impresos y baratos minarían la autoridad religiosa, mancillarían el trabajo de estudiosos y escribas, y propagarían la sedición y el libertinaje. Una vez más, como señala el profesor Clay Shirky de la Universidad de Nueva York, “la mayoría de los argumentos en contra de la imprenta fueron acertados, incluso clarividentes”. Pero, una vez más, también, los profetas del juicio final no fueron capaces de ver ni imaginar la miríada de bendiciones que la palabra impresa iba a repartir y suministrar.

De manera que sí, más vale mostrarse escéptico con mi escepticismo. Quizá quienes hoy desestiman a los críticos de internet como nostálgicos, terminen por tener la razón y así, a partir de nuestras hiperactivas mentes saturadas de datos, tal vez surja una nueva edad dorada de descubrimiento intelectual y sabiduría universal. Con todo, repito una vez más, la red no es el alfabeto y, aunque quizá reemplace a la imprenta, igual produce algo completamente distinto. El tipo de lectura en profundidad que se promueve mediante una secuencia de páginas impresas es valiosa no solo por el conocimiento que adquirimos de las palabras del autor sino por las vibraciones y resonancias intelectuales que tales palabras desencadenan dentro de nuestra mente. En los silenciosos espacios que la sostenida y concentrada lectura de un libro (o cualquier otra forma de contemplación, para el caso) abre, posibilita, allí hacemos nuestras personales asociaciones, sacamos nuestras propias conclusiones, hacemos nuestras propias analogías, promovemos nuestras propias ideas. La lectura profunda, como alega Maryanne Wolf, no se puede distinguir del pensamiento profundo.

Si perdemos esos espacios de silencio y sosiego o si los llenamos de “contenido”, estaremos sacrificando algo muy importante no solo para nosotros mismos sino para nuestra cultura. En un ensayo reciente, el dramaturgo Richard Foreman señala con elocuencia lo que está en juego:

“Vengo de una tradición de la cultura occidental en la que el ideal (mi ideal) era la compleja, compacta y catedralicia estructura de una personalidad muy culta y bien articulada: un hombre o una mujer que cargaba dentro de sí una versión única y personalmente elaborada de todo el patrimonio cultural de Occidente. Pero ahora veo dentro de todos nosotros (yo incluido) la sustitución de dicha compleja densidad interior por una nueva forma de ser uno mismo, que evoluciona bajo la presión de una sobrecarga de información y de la tecnología de lo “instantáneamente asequible”.

A medida que nos vaciamos de nuestro “compacto repertorio interior de herencia cultural”, concluye Foreman, corremos el riesgo de convertirnos en “‘gente plana y achatada como pancakes gracias a nuestro esfuerzo por conectar más y más con aquella vasta red de información a la que accedemos apenas tocando un botón”.

Aquella escena de 2001. (Odisea del espacio) no me abandona, me ronda. Y lo que la hace tan conmovedora y tan extraña es la emotiva reacción del computador ante el desmantelamiento de su mente, su entendimiento: su desesperación a medida que circuito tras circuito va cayendo en la oscuridad, su desconsolada súplica infantil al astronauta: “Lo estoy sintiendo. Tengo miedo” y su final regresión a lo que no podemos menos que llamar un estado de inocencia. La profusa e intensa emanación de emociones de HAL contrasta con la fría insensibilidad que caracteriza a los personajes humanos de la película, quienes cumplen con sus asuntos casi se diría que con robótica eficiencia. Sus pensamientos y actos parecen preparados de antemano, como si siguieran los pasos de un algoritmo. En el universo de 2001, la gente se ha hecho tan parecida a las máquinas, que el personaje más humano termina siendo una máquina. He ahí la esencia de la oscura profecía de Kubrick: en tanto empezamos a depender de los computadores para entender el mundo, es nuestra propia inteligencia la que se achata convirtiéndose en inteligencia artificial.



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Fuente: TheAtlantic.com / Is Google Making Us Stupid?
Copyright 2008 The Atlantic Monthly Group. Distribuido por Tribune Media Services.
Autor: Nicholas Carr (1959-), escribe sobre tecnología, cultura y economía. Autor de "Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet a nuestras mentes?" (The Shallows: What the Internet Is Doing to Our Brains), best-seller del New York Times y le permitió una nominación al Premio Pulitzer (2011). Autor de otros dos libros influyentes, "El gran interruptor. El mundo en red, de Edison a Google" (The Big Switch: Rewiring the World, from Edison to Google) y "Las tecnologías de la información. ¿Son realmente una ventaja competitiva?" Sus libros han sido traducidos a más de 20 idiomas.
Ha sido columnista de The Guardian y ha escrito para The Atlantic, The New York Times, The Wall Street Journal, la revista Wired, The Times de Londres, The New Republic, The Financial Times, Die Zeit y otras publicaciones periódicas.
Es miembro del consejo editorial de asesores de la Enciclopedia Británica, está en la junta directiva del proyecto "cloud computing" del Foro Económico Mundial, y escribe el popular blog en Rough Type. Ha hecho su residencia como escritor en la Universidad de California, y es una orador reconocido de eventos académicos y corporativos. Al principio de su carrera, fue editor ejecutivo de la Harvard Business Review. Tiene un B.A. en el Dartmouth College y una maestría en Inglés y Literatura de América, de la Universidad de Harvard.

Traducción:
Editor / OjoAdventista.com. Tomando como base la traducción parcial realizada por Juan Manuel Pombo
Nota: Este ensayo ha recibido diversos reconocimientos, entre ellos The Best American Science and Nature Writing 2009, The Best Spiritual Writing 2010, y The Best Technology Writing 2009.



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viernes, 6 de mayo de 2011

La segunda muerte de Osama bin Laden. Por Paul Craig Roberts

Si hoy fuera 01 de abril y no 02 de mayo, podríamos descartar como una broma del April Fool’s (Día de los bufones de abril) los titulares de esta mañana en donde Osama Bin Laden murió en un tiroteo en Pakistán y rápidamente fue enterrado en el mar. Como es, debemos tomar esto como una evidencia más de que el gobierno de EE.UU. tiene una creencia ilimitada en la credulidad de los estadounidenses.

Piense en ello. ¿Cuáles son las probabilidades de que una persona que supuestamente sufre de una enfermedad renal y que requiera diálisis y, además, sufre de diabetes y presión arterial baja, sobreviva en refugios en la montaña por una década? Si Bin Laden fue capaz de adquirir equipos de diálisis y la atención médica que su estado requiere, ¿no se hubiese trasladado el equipo de diálisis a esta ubicación? ¿Por qué tomó diez años encontrarlo?

Considere también los alegatos, repetidos por medios triunfalistas de EE.UU. celebrando la muerte de Bin Laden, asegurando que "Bin Laden utiliza sus millones para financiar campos de entrenamiento terrorista en Sudán, Filipinas y Afganistán, el envío de"guerreros santos" para fomentar la revolución y la lucha con las fuerzas fundamentalistas musulmanes en el norte de África, en Chechenia, Tayikistán y Bosnia". Son un montón de actividades para financiar (tal vez los EE.UU. deben haberlo puesto a cargo del Pentágono), pero la pregunta principal es: ¿cómo pudo Bin Laden poder mover su dinero en esto? ¿Qué sistema bancario le está ayudando? El gobierno de EE.UU. consigue apoderarse de los bienes de la población y de países enteros, Libia es el caso más reciente. ¿Por qué no Bin Laden? ¿Estuvo cargando con él 100 millones de dólares en monedas de oro y enviándolo a emisarios para distribuir los pagos a sus operaciones remotas?

Los titulares de esta mañana tiene el olor de un evento organizado. El hedor de los informes de las noticias triunfalistas cargadas de exageraciones, de banderas ondeando celebrantes gritando "¡USA, USA!" ¿Podría estar pasando algo más?

Sin duda, el presidente Obama se encuentra en la desesperada necesidad de una victoria. Cometió el tonto error de reiniciar la guerra en Afganistán, y ahora, después de una década de lucha los EE.UU. se enfrentan a un punto muerto, o si no la derrota. Las guerras de los regímenes Bush y Obama han quebrado a los EE.UU., dejando un enorme déficit y la caída del dólar a su paso. Y el tiempo de re-elección se acerca.

Las mentiras y diversos engaños, tales como "armas de destrucción masiva" de las últimas administraciones han tenido consecuencias terribles para los EE.UU. y el mundo. Pero no todos los engaños son los mismos. Recuerde, la única razón para invadir Afganistán en primer lugar fue para atrapar a Bin Laden. Ahora que el presidente Obama ha declarado que Bin Laden han recibido un disparo en la cabeza por las fuerzas especiales de EE.UU. que operan en un país independiente y ha sido enterrado en el mar, no existe razón para continuar la guerra.

Tal vez la abrupta caída en el dólar en los mercados de divisas ha obligado a algunas reducciones de presupuesto real, que sólo pueden venir para detener las guerras abiertas. Hasta que la caída del dólar alcanzara el punto de ruptura, Osama Bin Laden, que muchos expertos creen que ha muerto desde hace años, era “el coco o el viejo de la bolsa” útil a utilizar para alimentar los beneficios del complejo de seguridad militar de EE.UU.




Fuente: GlobalResearch.ca / Osama bin Laden’s Second Death
Autor: Paul Craig Roberts (EEUU, 1939 -) Economista. Fue secretario adjunto del Tesoro en el gobierno de Ronald Reagan. Ademas fue redactor jefe del Wall Street Journal y Business Week. Ha escrito 8 libros, el último de ellos How the Economy Was Lost (Cómo perdimos la economía).
Fotografía: Times, 20 de mayo de 2011 / Portada


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domingo, 24 de abril de 2011

¿Quién perdió a México? Por Moisés Naím

Antes: México era percibido como el país latinoamericano con más probabilidades de llegar a ser un país desarrollado. Ahora: es percibido, si no como un Estado fallido, sí ciertamente como una nación en la que vastas regiones e importantes instituciones están controladas por algunos de los criminales más poderosos y crueles del planeta. ¿Qué pasó? La respuesta no concierne solamente a los mexicanos. Estados Unidos y Europa, por ser grandes consumidores de drogas, también están tocados por lo que sucede en México, al igual que el resto de América Latina.

Una respuesta frecuente es que la actual tragedia mexicana es el resultado de décadas de tolerancia frente a los narcotraficantes. Hubo un pacto tácito de no agresión que políticos, gobernantes, medios de comunicación y líderes empresariales mantuvieron con los carteles. Otros argumentan que esto es culpa del presidente Felipe Calderón, quien, sin un plan claro, le declaró la guerra a los narcotraficantes, rompiendo así el equilibrio que mantuvo al país en relativa calma durante años. Otra explicación es que la enfermedad de México es importada: "Son los gringos. Estados Unidos importa la droga, nos genera criminales riquísimos y nos exporta libremente las ametralladoras que nos están matando", me dijo un amigo mexicano. La mala situación económica también es señalada como causa. Es un problema de valores, dicen otros. El presidente Felipe Calderón, por ejemplo, declaró hace poco que hay que seguir combatiendo a los criminales y fortalecer las instituciones, pero insistió en que lo más importante es reconstruir los valores de la sociedad. "Les cuento algo que hace reflexionar", dijo el presidente. "Capturamos un criminal que tiene 19 años de edad y llegó a declarar que él ha asesinado a más de 200 personas".

¿Quién tiene razón? Todos. No hay duda de que, durante décadas, los dirigentes mexicanos sucumbieron a la tentación de creer que su país era tan solo un "lugar de tránsito" entre los productores andinos y los consumidores estadounidenses. La ilusión enmascara el hecho de que los criminales a cargo del "tránsito" se hacen ricos y poderosos e inevitablemente terminan por controlar a políticos, jueces, generales, gobernadores, alcaldes, policías, medios de comunicación y hasta bancos. Además, en todos los países "de tránsito" parte del inventario es consumido localmente y parte de las importaciones es sustituida por producción local. También es cierto que el presidente Calderón "alborotó el avispero" y, al atacar a los carteles, desencadenó esta terrible guerra. Pero igual de cierto es que, de no haberlo hecho, el secuestro del Estado mexicano por parte de los criminales hubiese sido completo. Los feroces críticos del presidente no parecen darle mucha importancia a la urgente necesidad de contener la criminalización del Estado. Según ellos, el precio que ha pagado el país ha sido demasiado alto y los éxitos de Calderón en recuperar las instituciones públicas tomadas por los criminales son limitados y serán, en todo caso, efímeros.

Lamentablemente, muchos mexicanos, espantados por los horrores cotidianos y seducidos por las promesas de un regreso a la calma "si se negocia con los carteles", han abandonado a su presidente. Así, una guerra que ha debido, y debe ser, de toda la sociedad decente se ha convertido en "la guerra de Calderón". Y Calderón no la puede ganar solo. Rescatar para la decencia espacios que ahora están en manos criminales requiere de tiempo, sacrificios y el concurso de todos -políticos y líderes sociales, periodistas y militares, sindicalistas y empresarios, amas de casa y universitarios-. Esta no es la guerra de Calderón; debe ser la guerra de todo México. Pero los mexicanos están agobiados por décadas de frustración económica, expectativas de progreso que no se cumplen y políticos y políticas mediocres. Las estadísticas de asesinatos ocupan, con razón, los titulares.

Hay otros datos sobre México que también son sorprendentes: en el 94% de los municipios del país no hay librerías y el índice de lectores de libros es uno de los más bajos de América Latina. Según la Universidad Johns Hopkins, México tiene uno de los porcentajes más bajos del mundo de población activa ocupada en organizaciones civiles (0,04% en México; más del 2% en Perú y Colombia). Traigo a colación estos datos solo para sugerir que el problema de México y su guerra tiene múltiples ramificaciones que van desde la política de Estados Unidos sobre drogas o venta de armas hasta el consumo de libros o la precariedad de su sociedad civil organizada.

Para todo esto no hay soluciones simples, rápidas y que quepan en un párrafo. Pero la ineludible realidad es que el problema no es del presidente de turno. Es del país.





Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.
Fotografía: Caricatura o viñeta que creo gran polémica "Violence in Mexico" / Daril Cagle MNSBC


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