domingo, 24 de abril de 2011

¿Quién perdió a México? Por Moisés Naím

Antes: México era percibido como el país latinoamericano con más probabilidades de llegar a ser un país desarrollado. Ahora: es percibido, si no como un Estado fallido, sí ciertamente como una nación en la que vastas regiones e importantes instituciones están controladas por algunos de los criminales más poderosos y crueles del planeta. ¿Qué pasó? La respuesta no concierne solamente a los mexicanos. Estados Unidos y Europa, por ser grandes consumidores de drogas, también están tocados por lo que sucede en México, al igual que el resto de América Latina.

Una respuesta frecuente es que la actual tragedia mexicana es el resultado de décadas de tolerancia frente a los narcotraficantes. Hubo un pacto tácito de no agresión que políticos, gobernantes, medios de comunicación y líderes empresariales mantuvieron con los carteles. Otros argumentan que esto es culpa del presidente Felipe Calderón, quien, sin un plan claro, le declaró la guerra a los narcotraficantes, rompiendo así el equilibrio que mantuvo al país en relativa calma durante años. Otra explicación es que la enfermedad de México es importada: "Son los gringos. Estados Unidos importa la droga, nos genera criminales riquísimos y nos exporta libremente las ametralladoras que nos están matando", me dijo un amigo mexicano. La mala situación económica también es señalada como causa. Es un problema de valores, dicen otros. El presidente Felipe Calderón, por ejemplo, declaró hace poco que hay que seguir combatiendo a los criminales y fortalecer las instituciones, pero insistió en que lo más importante es reconstruir los valores de la sociedad. "Les cuento algo que hace reflexionar", dijo el presidente. "Capturamos un criminal que tiene 19 años de edad y llegó a declarar que él ha asesinado a más de 200 personas".

¿Quién tiene razón? Todos. No hay duda de que, durante décadas, los dirigentes mexicanos sucumbieron a la tentación de creer que su país era tan solo un "lugar de tránsito" entre los productores andinos y los consumidores estadounidenses. La ilusión enmascara el hecho de que los criminales a cargo del "tránsito" se hacen ricos y poderosos e inevitablemente terminan por controlar a políticos, jueces, generales, gobernadores, alcaldes, policías, medios de comunicación y hasta bancos. Además, en todos los países "de tránsito" parte del inventario es consumido localmente y parte de las importaciones es sustituida por producción local. También es cierto que el presidente Calderón "alborotó el avispero" y, al atacar a los carteles, desencadenó esta terrible guerra. Pero igual de cierto es que, de no haberlo hecho, el secuestro del Estado mexicano por parte de los criminales hubiese sido completo. Los feroces críticos del presidente no parecen darle mucha importancia a la urgente necesidad de contener la criminalización del Estado. Según ellos, el precio que ha pagado el país ha sido demasiado alto y los éxitos de Calderón en recuperar las instituciones públicas tomadas por los criminales son limitados y serán, en todo caso, efímeros.

Lamentablemente, muchos mexicanos, espantados por los horrores cotidianos y seducidos por las promesas de un regreso a la calma "si se negocia con los carteles", han abandonado a su presidente. Así, una guerra que ha debido, y debe ser, de toda la sociedad decente se ha convertido en "la guerra de Calderón". Y Calderón no la puede ganar solo. Rescatar para la decencia espacios que ahora están en manos criminales requiere de tiempo, sacrificios y el concurso de todos -políticos y líderes sociales, periodistas y militares, sindicalistas y empresarios, amas de casa y universitarios-. Esta no es la guerra de Calderón; debe ser la guerra de todo México. Pero los mexicanos están agobiados por décadas de frustración económica, expectativas de progreso que no se cumplen y políticos y políticas mediocres. Las estadísticas de asesinatos ocupan, con razón, los titulares.

Hay otros datos sobre México que también son sorprendentes: en el 94% de los municipios del país no hay librerías y el índice de lectores de libros es uno de los más bajos de América Latina. Según la Universidad Johns Hopkins, México tiene uno de los porcentajes más bajos del mundo de población activa ocupada en organizaciones civiles (0,04% en México; más del 2% en Perú y Colombia). Traigo a colación estos datos solo para sugerir que el problema de México y su guerra tiene múltiples ramificaciones que van desde la política de Estados Unidos sobre drogas o venta de armas hasta el consumo de libros o la precariedad de su sociedad civil organizada.

Para todo esto no hay soluciones simples, rápidas y que quepan en un párrafo. Pero la ineludible realidad es que el problema no es del presidente de turno. Es del país.





Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.
Fotografía: Caricatura o viñeta que creo gran polémica "Violence in Mexico" / Daril Cagle MNSBC


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lunes, 18 de abril de 2011

Nadie al volante. Por Lluís Bassets

Vamos con piloto automático. Si nadie se sienta enseguida en el puesto de mando, el accidente está asegurado. Estamos en rumbo de colisión con la áspera orografía de un mundo en cambio. Una turbulencia así no se había visto desde hace más de 20 años, y entonces había piloto y dirección.

No hay una sola convocatoria internacional para resolver la crisis libia en la que no aparezcan las divisiones. Ayer fue en la primera reunión del llamado Grupo de Contacto en Doha (Catar) donde se apreciaron las diferencias que separan a los europeos, Francia y Reino Unido de un lado y Alemania del otro. Esta vez la discordancia se produjo sobre la oportunidad de facilitar fondos y armas a los rebeldes, al igual que en el Consejo de Seguridad fue sobre la resolución que permitió frenar por las armas el avance de Gadafi sobre Bengasi.

El final de la guerra fría tuvo un conductor eficaz y esmerado. Estados Unidos estaba al volante. Con las guerras en la antigua Yugoslavia la conducción siguió en manos de Washington, aunque con alguna duda pronto resuelta: Clinton se retiró de Somalia, no intervino en Ruanda y fue decisivo en la estabilización de los Balcanes y la derrota de Serbia; los europeos solos no hubieran llegado a resolver nada. Al conductor dubitativo le siguió otro atolondrado. Pasamos de las abolladuras a los accidentes graves: este fue el caso de Bush hijo, con sus dos guerras de imposible salida, el regalo a Irán de una hegemonía regional inesperada y la pérdida de pulmón geoestratégico en favor de China y de los otros emergentes.

La actual crisis árabe nos ofrece la cruda realidad del mundo sin dirección ni rumbo en el que estamos, expresada de forma práctica por la renuncia de Washington a favor de la OTAN para dirigir la operación de contención militar de Gadafi. Por primera vez, la Alianza Atlántica se halla comprometida en una operación militar sin el liderazgo de la superpotencia que está en el origen y en la razón de ser de la organización. Y no nos engañemos, una OTAN sin el liderazgo de Washington, no es la OTAN; es otra cosa. No es extraño que sea criticada por una cosa y la contraria: Francia y Reino Unido, por falta de resolución; Alemania y Turquía, por las víctimas civiles que hayan podido producirse por sus bombardeos.

Una OTAN con voces tan variadas y posiciones prácticas tan distintas es lo que más se parece a la Unión Europea. Para tener una OTAN que actúe como la UE ya tenemos a la UE. Y si la UE hubiera estado preparada y dispuesta a tomar el mando, no habría más que hablar. Era la oportunidad para dar el paso al frente. Una oleada de cambio en su flanco mediterráneo, que necesita de todo, desde el auxilio humanitario a la acción militar, pasando por el apoyo económico y político a las transiciones, era la ocasión para que surgiera al fin una política exterior y de defensa común europeas. No será así y de esta enorme crisis saldrán dos cadáveres políticos más: el de la OTAN, que no volverá a ser lo que fue, y el de la UE, que jamás llegará a ser lo único que podía dar todo el sentido a lo que todavía es.

Washington actuó y se comprometió inicialmente por la insistencia de Francia y Reino Unido. Sin la decisión de Obama, Gadafi estaría ahora campando a sus anchas y con la rebelión liquidada. Pero después, Obama no ha podido resistir la presión interior, que le desaconsejaba el compromiso en una tercera guerra, rápidamente calificada desde su país como de elección y no de necesidad; para defender valores y no intereses. El nuevo Obama surgido de la derrota electoral de noviembre y de la torturada negociación presupuestaria con los republicanos es un presidente centrista, bajo la vigilancia y dictado del radicalismo del Tea Party, que le impone su agenda de restricción del gasto público y de los impuestos. Su despiste estratégico es colosal. Roger Cohen, comentarista del Washington Post, ha denominado la nueva orientación como la doctrina de la no-doctrina: Obama no tiene estrategia internacional y esta es su estrategia. Ian Bremmer, del think tank Euroasia Group, nos explica que el mundo está gobernado por el G-Cero, que viene a sustituir todas las variaciones sobre la dirección económica del mundo, G-8, G-20 o G-2 (EE UU y China): nadie está ahora al cargo.

Todo esto es de gran interés para comprender el nuevo mundo que surge ante nuestra mirada atónita. Pero luego hay un problema más práctico y urgente que la geopolítica no resuelve, porque debe ser la política la que lo haga. ¿Cómo terminamos de una vez con esta guerra que está desangrando a Libia y desestabilizando toda el área mediterránea?




Fuente: ElPaís.com
Autor: Lluís Bassets, periodista. Director adjunto de EL PAÍS / España. Se ocupa de las páginas, artículos de Opinión y también publica el blog "Del alfiler al elefante".



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martes, 12 de abril de 2011

El mundo cuando EE UU no manda. Por Antonio Caño

El ataque sobre Libia lo dirigen todavía dos mandos militares distintos. Las decisiones políticas las toma una reunión de más de 29 naciones de cuatro continentes. Los objetivos los fija la ONU. Este es el mundo cuando Estados Unidos no dirige, o dirige tímidamente, como es el caso. El resultado del experimento está por ver, pero las perspectivas son inquietantes.

"Así es como la comunidad internacional debería trabajar", dijo ayer Barack Obama en su semanal discurso radiofónico, "más naciones, no solo Estados Unidos, compartiendo la responsabilidad y el coste de mantener la paz y la seguridad".

Pese a esas palabras, si un conflicto similar al de Libia ocurriera en México, seguramente Estados Unidos habría asumido el peso de la crisis sin contar con nadie. Libia -como Marruecos o Argelia- es el México de Europa, por su influencia en dos asuntos estratégicos: el petróleo y la emigración. Europa debería, por tanto, haber cargado plenamente con la responsabilidad. Carece, sin embargo, de los recursos militares y la unidad política que se requieren para hacerlo. Sin la participación norteamericana, esta guerra no se habría producido.

La diferencia en esta ocasión es que, con un presidente elegido para acabar guerras más que para empezarlas, Estados Unidos ha querido participar a medias, sin verdadero liderazgo, con un compromiso corto y una voluntad política escasa.

Barack Obama no cumplió con el rito de dirigirse a sus ciudadanos desde el Despacho Oval para comunicarles las razones y circunstancias por las que había dado órdenes a sus tropas de entrar en combate en Libia. En lugar de eso, se fue de viaje a América Latina y dirigió las operaciones desde líneas de comunicación seguras instaladas en hoteles de Río de Janeiro, Santiago de Chile o San Salvador.

Desde el primer día del ataque confesó su deseo de transferir el mando cuanto antes, y si todavía no lo ha hecho por completo es porque nadie es capaz de asumirlo con plenas garantías. Obama quería hacer una miniguerra, una pequeña acción quirúrgica de 48 horas, y ceder después el terreno para que combatiesen otros. Si no ha ocurrido así aún, y quizá no llegue a ocurrir nunca, es porque su retirada hubiera significado el final también de la operación.

La lección que se extrae resulta, por tanto, desoladora: la de un mundo condenado a seguir la dirección de Estados Unidos o a sumergirse en la inacción.

En los últimos años, Estados Unidos se ha embarcado, solo o con compañía, en varias aventuras militares de mejor o peor aceptación internacional. Actualmente, sin contar sus bases y centros de mando permanentes en todo el mundo, tiene todavía 50.000 soldados en Irak, 100.000 en Afganistán, 35.000 en el golfo Pérsico como fuerzas de apoyo en esos dos conflictos, además de un portaaviones y 17.000 marines en Japón ayudando en las labores de rescate. Sus soldados se ven obligados a rotar en el frente con mayor frecuencia de la debida porque sus recursos están al límite. Desde el ángulo económico, cada misil de crucero Tomahawk que ha lanzado contra Libia -unos 200- cuesta alrededor de un millón de euros, cada hora de vuelo de sus aviones, más de 20.000 euros, cantidades que no son insignificantes en un momento en el que se pretende una reducción de más de 50.000 millones de euros en el presupuesto del Pentágono.

Al mismo tiempo, desde el punto de vista estratégico, la Administración norteamericana presta mucha más atención a la situación en Bahréin y su vecina Arabia Saudí, donde está en juego la estabilidad del mercado mundial de crudo, o Yemen, epicentro de la lucha contra Al Qaeda.

Es decir, no es un buen momento para una guerra en un país del que Estados Unidos no importa petróleo y contra un régimen que hace tiempo que no representa una amenaza para la seguridad nacional. Solo razones humanitarias han movido a Obama a participar en esta operación, aunque él haya descrito esas razones también como intereses nacionales.

El ataque evitó probablemente una masacre en Bengasi, y desde ese punto de vista un importante objetivo ha sido cumplido. Pero la amenaza de una represión masiva probablemente persistirá mientras Muamar el Gadafi sobreviva. Es más dudoso que se mantenga también la voluntad de actuar de la comunidad internacional.

Obama se arriesga a una crisis política doméstica si no pone fin a la implicación de sus tropas o define claramente un compromiso a largo plazo. Todo indica que optará por lo primero. En su discurso de ayer recordó que "Estados Unidos no debe y no puede intervenir cada vez que hay una crisis en alguna parte del mundo".

Cierto. Es duro de admitir para los halcones norteamericanos, pero eso es una verdad que, en última instancia, debería actuar a favor de un mundo más equilibrado, democrático y justo. Para que así sea es imprescindible que otros puedan ocupar los vacíos que Estados Unidos deja en la atención a las buenas causas. Libia es, desde ese punto de vista, un desafío y una gran oportunidad.




Fuente: ElPais.com
Autor; Antonio Caño, periodista y analista de política internacional, con un enfoque en los Estados Unidos y América Latina. Corresponsal y jefe de la oficina de El País en Washington, Estados Unidos.



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miércoles, 30 de marzo de 2011

¿Qué tiene que ver Auschwitz con Bengasi? Por Moisés Naím

¿Qué hubiese pasado si en la II Guerra Mundial los aliados hubiesen bombardeado las cámaras de gas o las líneas de ferrocarril que llevaron a millones de inocentes a la muerte en Auschwitz y otros campos de exterminio? No se podía. No sabíamos. Hubiésemos distraído recursos de otros frentes. No era una prioridad estratégica. Estas son algunas de las respuestas que se le han dado a esta difícil pregunta. En Auschwitz fueron asesinados más de un millón de hombres, mujeres y niños.

En Bengasi pudo haber pasado algo parecido. Claro que las magnitudes y circunstancias son muy diferentes. En Bengasi viven 700.000 personas y, de haber entrado las tropas leales a Muamar el Gadafi a cumplir la misión que les encomendó -"eliminar a las ratas grasientas"- seguramente no hubiesen asesinado a toda la población de esa ciudad. Pero el dilema es el mismo. ¿Deben otros países intervenir militarmente en una nación para impedir el exterminio de miles de inocentes? No lo hicieron en Ruanda, donde 800.000 civiles fueron masacrados en 1994, ni tampoco en Srebrenica, donde las fuerzas armadas serbias asesinaron en 1995 a 8.000 hombres y adolescentes bosnios.

Estos conocidos episodios son relevantes para el debate sobre la intervención extranjera en Libia. A Barack Obama se le está criticando ferozmente tanto por haber intervenido como por haber tardado en hacerlo. Por haberse integrado en una coalición internacional, en vez de haber actuado unilateralmente. Por haber permitido que, en la etapa inicial de los bombardeos, los aviones y misiles norteamericanos tuviesen el protagonismo. Por haber intervenido sin saber quiénes son los rebeldes libios y cuáles sus motivaciones y alianzas. Por carecer de planes para una Libia pos-Gadafi. Por la hipocresía de actuar en Libia y no en Bahréin (donde EE UU tiene una importante base naval). Pero la crítica más fundamental a Obama es que la situación en Libia no afecta a los intereses vitales de Washington y, por tanto, es inaceptable gastar dinero y arriesgar vidas estadounidenses en ese conflicto. Ni siquiera el petróleo lo justifica, dicen los críticos. Libia extrae solo el 2% del total mundial, y Gadafi tenía excelentes relaciones con las petroleras extranjeras. ¿Y cómo termina esto? ¿Actuará EE UU, de aquí en adelante, como el gendarme mundial que interviene militarmente cada vez que un dictador masacra a su pueblo? ¿Lo haría en China, si hay una revuelta y el Gobierno la reprime como lo hizo Gadafi? ¿En Rusia o Venezuela?

Detrás de estas críticas hay tres suposiciones básicas: la primera es que un jefe de Estado solo debe actuar cuando dispone de información completa y confiable. La segunda es que la consistencia y los criterios universalmente aplicables son posibles (y deseables) en las relaciones internacionales. Y la tercera es que los criterios morales no pueden tener mayor peso en el brutal mundo de las relaciones de poder entre países. Las tres suposiciones son erradas.

Las decisiones importantes que se toman con una información completa y totalmente confiable son excepcionales. La norma es que los jefes de Estado actúen casi siempre sin tener todos los elementos, ya que el coste de esperar a tener información completa puede ser demasiado alto. Por otro lado, la consistencia en todas las actuaciones no es posible y, con frecuencia, es poco deseable. Por ejemplo: Estados Unidos hostiga a la Junta Militar de Myanmar por sus violaciones a los derechos humanos, pero recibe con honores a los mandatarios chinos. El doble rasero es obvio. ¿Preferimos entonces que, para evitar esta contradicción, Washington deje de presionar a los carniceros de Myanmar? ¿O que se agrave el conflicto con China? Todos los países que interactúan ampliamente con el resto del mundo se enfrentan a dilemas que no pueden ser resueltos tratando de ser totalmente consistentes.

Finalmente, está el peso que se le da a la decencia en la definición del interés nacional. Exigir que la moral sea la guía única en la conducta internacional de los Estados es ingenuo. Los intereses económicos, militares y geopolíticos siempre van a primar. Pero tenerlos como único factor y olvidarse de lo que nos define como seres humanos es inaceptable. Defender principios humanitarios fundamentales también debe ser parte del interés nacional de todo país decente. Afortunadamente para los libios, en este caso prevaleció la decencia. Y no importa que lo que venga después de Gadafi también sea indecente. Es un riesgo que vale la pena correr.




Fuente: El País.com
Autor: Moisés Naím. Venezolano, ex ministro de Industria y Comercio de Venezuela entre 1989 y 1990 y antiguo director ejecutivo del Banco Mundial. Director en jefe de la edición norteamericana de Foreign Policy y columnista de El País, Financial Times, Newsweek, Corriere della Sera, L'Espresso, TIME, Le Monde, Berliner Zeitung entre otras publicaciones.
Fotografía: Dragan / Cartoon o viñeta



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viernes, 18 de marzo de 2011

Cuando la verdad es descortés. Por Andrés Sánchez Braun

Los políticos japoneses se aferran al uso social del 'tatemae' para ocultar información a sus ciudadanos
El Gobierno japonés ha insistido estos días en que tiene todo bajo control, pero las sucesivas explosiones y fugas en las centrales y la posición de distintos organismos y gobiernos que aseguran que la situación es más grave, hacen que hoy casi todos duden de la transparencia informativa de la administración nipona y de su capacidad para manejar esta crisis. Aunque algunos expertos señalen que pocos gobiernos serían capaces de actuar con total transparencia en una situación semejante, para así no desatar el pánico, los precedentes de la administración nipona hacen pensar en que la gravedad de la situación se podría haber ocultado.

El estadounidense Alex Kerr explica a la perfección en su libro Dogs and Demons: Tales from the Dark Side of Japan cómo la actitud de los nipones ante la información difiere de la de los occidentales. Decir la verdad en muchos contextos resulta descortés, y los propios nipones aprenden y desarrollan desde pequeños su tatemae 1 (pensamientos que se expresan en público y que no deben ofender a los demás) y honne 1 (lo que se piensa de verdad, y que solo se emplea con gente muy cercana). Un ejemplo claro de uso del tatemae es que un "lo pensaremos..." en el ámbito de los negocios nipones significa en realidad "No insista, no nos interesa".

Un caso concreto que el estadounidense desvela en su libro es que en los noventa el gobierno de la prefectura de Fukui no vaciló a la hora de borrar la central nuclear de Mihama, que se alza junto a la playa de Suishohama, de una foto promocional turística. En occidente se habría tildado como un fraude, pero en este caso los funcionarios explicaron que la belleza de la playa se apreciaba mejor sin elementos que distorsionaran su hermosura.

El problema, como dice Kerr, es que en Japón el tatemae se ha empleado gustosamente en el último siglo y medio para proteger a las élites políticas y empresariales y mantener en la inopia al pueblo japonés, que en estos días se está mostrando, como siempre, intachable en cuanto estoicidad y civismo.

Entre los años treinta y sesenta la administración permitió y encubrió los vertidos masivos de metilmercurio de la compañía química Chisso en la bahía de Minamata. Estos acabaron matando a más de 1.500 personas y causaron daños neurológicos irreversibles a más de 500.

En años recientes, la supresión de los crímenes cometidos por el ejército imperial en la Segunda Guerra Mundial de los libros de texto por parte del Partido Liberal Demócrata supone otra muestra del gusto por maquillar los acontecimientos. Las empresas que gestionan centrales nucleares también han seguido este patrón en las últimas décadas; Tepco, Hokuriku Electric o Chugoku Electric Power han facilitado cientos de informes técnicos falsos y han ocultado deliberadamente accidentes y situaciones de emergencia en las plantas.

El que aún existan los llamados clubes de prensa -círculos de periodistas y políticos donde prima el amiguismo y se restringe el acceso a informaciones oficiales a terceros, incluidos medios extranjeros- y de que los tres grandes periódicos publiquen a diario prácticamente las mismas noticias, muchas provenientes de estos clubes, hacen dudar del todo el entramado político e informativo nipón y certifican las conclusiones de Kerr: "Los hechos sobre gran parte de la vida política, social y financiera de Japón se esconden tan bien que la verdad es casi imposible de conocer".




Fuente: ElPais.com
Autor: Andrés Sánchez Braun, analista del diario El País de España.
Referencias: 1. Más sobre "Tatemae and Honne" (en ingles): wikipedia / wordiQ
Fotografía: Jon Berkeley para portada The Economist (detalle) / 19 marzo 2011


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viernes, 11 de marzo de 2011

La conexión El Cairo-Wisconsin. Por Noam Chomsky

El 20 de febrero, Kamal Abbas, líder sindical egipcio y figura prominente del Movimiento 25 de Enero, envió un mensaje a los “trabajadores de Wisconsin”: “Estamos con ustedes, así como ustedes estuvieron con nosotros”.

Los trabajadores egipcios han luchado mucho tiempo por los derechos fundamentales que les denegaba el régimen de Hosni Mubarak respaldado por EEUU. Kamal tiene razón en invocar la solidaridad, que ha sido durante mucho tiempo la fuerza orientadora del movimiento de los trabajadores en el mundo, y en equiparar sus luchas por los derechos laborales y por la democracia.

Las dos están estrechamente interrelacionadas. Los movimientos de trabajadores han estado en la vanguardia de la protección de la democracia y los derechos humanos y en la expansión de sus dominios, razón elemental que explica por qué son venenosos para los sistemas de poder, sean públicos o privados.

Las trayectorias de los movimientos en Egipto y EEUU están tomando direcciones opuestas: hacia la conquista de derechos, en Egipto, y hacia la defensa de derechos existentes, pero sometidos a duros ataques, en EEUU.

Los dos casos merecen una mirada más cercana.

La sublevación del 25 de enero fue encendida por los jóvenes usuarios de Facebook del Movimiento 6 de Abril, que se levantaron en Egipto en la primavera de 2008 en “solidaridad con los trabajadores textiles en huelga en Mahalla”, según señala el analista laboral Nada Matta. El Estado reventó la huelga y las acciones de solidaridad, pero Mahalla quedó como “un símbolo de revuelta y desafío al régimen”, añade Matta. La huelga se volvió particularmente amenazante para la dictadura cuando las demandas de los trabajadores se extendieron más allá de sus preocupaciones locales y reclamaron un salario mínimo para todos los egipcios.

Las observaciones de Matta son confirmadas por Joel Beinin, una autoridad estadounidense en materia laboral egipcia. Durante muchos años de lucha, informa Beinin, los trabajadores han establecido nexos y se pueden movilizar con presteza.

Cuando los trabajadores se sumaron al Movimiento 25 de Enero, el impacto fue decisivo y el comando militar se deshizo de Mubarak. Fue una gran victoria para el movimiento por la democracia egipcia, aunque permanecen muchas barreras, internas y externas.

Las barreras internas son claras. EEUU y sus aliados no pueden tolerar fácilmente democracias que funcionen en el mundo árabe.

Las encuestas de opinión pública en Egipto y a lo largo y ancho de Oriente Próximo son elocuentes: por aplastantes mayorías, la gente considera a EEUU e Israel, y no a Irán, las mayores amenazas. Más aún, la mayoría piensa que la región estaría mejor si Irán tuviese armas nucleares.

Podemos anticipar que Washington mantendrá su política tradicional, bien confirmada por los expertos: la democracia es tolerable sólo si se ajusta a objetivos estratégico-económicos. La fábula del “anhelo por la democracia” de EEUU está reservada para ideólogos y propaganda.

La democracia en EEUU ha tomado una dirección diferente. Después de la II Guerra Mundial, el país disfrutó de un crecimiento sin precedentes, ampliamente igualitario y acompañado de una legislación que beneficiaba a la mayoría de la gente. La tendencia continuó durante los años de Richard Nixon, hasta que llegó la era liberal.

La reacción contra el impacto democratizador del activismo de los sesenta y la traición de clase de Nixon no tardó en llegar mediante un gran incremento en las prácticas lobistas para diseñar las leyes, el establecimiento de think-tanks de derechas para capturar el espectro ideológico, y otros muchos medios.

La economía también cambió de curso hacia la financiarización y la exportación de la producción. La desigualdad se disparó, primordialmente por la creciente riqueza del 1% de la población, o incluso una fracción menor, limitada fundamentalmente a presidentes de corporaciones, gestores de fondos de alto riesgo, etc.

Para la mayoría, los ingresos reales se estancaron. Volvieron los horarios laborales más amplios, la deuda, la inflación. Vino entonces la burbuja inmobiliaria de ocho billones de dólares, que la Reserva Federal y casi todos los economistas, embebidos en los dogmas de los mercados eficientes, no lograron prever. Cuando la burbuja estalló, la economía se colapsó a niveles cercanos a los de la Depresión para los trabajadores de la industria y muchos otros.

La concentración del ingreso confiere poder político, que a su vez deriva en leyes que refuerzan más aún el privilegio de los superricos: políticas tributarias, normas de gobernanza corporativa y mucho más. Junto a este círculo vicioso, los costes de campañas electorales han aumentado drásticamente, llevando a los dos partidos mayoritarios a nutrirse en el sector de las corporaciones: los republicanos de manera natural y los demócratas (ahora muy equivalentes a los republicanos moderados de años anteriores) siguiéndoles no muy atrás.

En 1978, mientras este proceso se desarrollaba, el entonces presidente de los Trabajadores Autónomos Unidos (United Auto Workers), Doug Fraser, condenó a los líderes empresariales por haber “elegido sumarse a una guerra unilateral de clases en este país: una guerra contra el pueblo trabajador, los pobres, las minorías, los muy jóvenes y muy viejos, e incluso muchos de la clase media de nuestra sociedad”, y haber “roto y deshecho el frágil pacto no escrito que existió previamente durante un periodo de crecimiento y progreso”.

Cuando los trabajadores ganaron derechos básicos en los años treinta, dirigentes empresariales advirtieron sobre “el peligro que afrontaban los industriales por el creciente poder político de las masas”, y reclamaron medidas urgentes para conjurar la amenaza, de acuerdo con el académico Alex Carey en Taking the risk out of democracy. Esos hombres de negocios entendían, al igual que lo hizo Mubarak, que los sindicatos constituyen una fuerza directriz en el avance de los derechos y la democracia. En EEUU, los sindicatos son el contrapoder primario a la tiranía corporativa.

De momento, los sindicatos del sector privado de EEUU han sido severamente debilitados. Los sindicatos del sector público se encuentran últimamente sometidos a un ataque implacable desde la oposición de derechas, que explota cínicamente la crisis económica causada básicamente por la industria financiera y sus aliados en el Gobierno.

La ira popular debe ser desviada de los agentes de la crisis financiera, que se están beneficiando de ella; por ejemplo, Goldman Sachs, que está “en vías de pagar 17.500 millones de dólares en compensación por el ejercicio pasado”, según informa la prensa económica. El presidente de la compañía, Lloyd Blankfein, recibirá un bonus de 12,6 millones de dólares mientras su sueldo se triplica hasta los dos millones.

En su lugar, la propaganda debe demonizar a los profesores y otros empleados públicos por sus grandes salarios y exorbitantes pensiones, todo ello un montaje que sigue un modelo que ya resulta demasiado familiar. Para el gobernador de Wisconsin, Scott Walker, para la mayoría de los republicanos y muchos demócratas, el eslogan es que la austeridad debe ser compartida (con algunas excepciones notables).

La propaganda ha sido bastante eficaz. Walker puede contar con al menos una amplia minoría para apoyar su enorme esfuerzo para destruir los sindicatos. La invocación del déficit como excusa es pura farsa.

En sentidos diferentes, el destino de la democracia está en juego en Madison, Wisconsin, no menos de lo que está en la plaza Tahrir.





Fuente: Contracorriente / Publico.es
Autor: Noam Chomsky (Filadelfia, Estados Unidos,1928-) es un lingüista, filósofo y activista estadounidense. Es profesor emérito de Lingüística en el MIT y una de las figuras más destacadas de la lingüística del siglo XX, gracias a sus trabajos en teoría lingüística y ciencia cognitiva. A lo largo de su vida, ha ganado popularidad también por su activismo político, caracterizado por una visión fuertemente crítica de las sociedades capitalistas y socialistas, habiéndose definido políticamente a sí mismo como un anarquista o socialista libertario.
Fotografía: Durante las revueltas en Egipto, protestante exibe cartel de apoyo a los obreros de Wisconsin. Diciendo, "Egipto apoya Wisconsin. Un mundo. Un dolor" (Egypt supports Wisconsin. One World. One Pain).


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